¿Qué está pasando con el cine islandés?

El cine islandés reclama su lugar gracias al auge de su presencia en el circuito de festivales y a los muchos rodajes que recalan en su territorio.

Por - 09 de septiembre de 2016

Volcanes, fiordos y tierra natal de la iconoclasta artista Björk, Islandia lleva al menos cinco años intentando demostrar que en sus poco más de 100.000 kilómetros cuadrados se hace buen cine. El próximo 9 de septiembre llega a nuestras pantallas Sparrows, el segundo largometraje de Rúran Rúrarsson –uno de los nombres más punteros de ese país gracias a sus contundentes cortometrajes–, filme que se llevó la Concha de Oro en la edición de 2015 del Festival de San Sebastián. Y con otro nuevo año del Zinemaldi a la vuelta de la esquina, el certamen donostiarra vuelve a confiar en la cinematografía de ese país escandinavo al incluir The Oath, de Baltasar Kormákur, quien tras coquetear con el cine americano en Contraband (2012) o 2 Guns (2013) vuelve al país que lo vio crecer en calidad de cronista noir de la isla con otro de los thrillers retorcidos por los que es conocido.

Rúnarsson y Kormákur son sólo dos ejemplos de una cinematografía en auge que nos lleva a preguntarnos si estamos ante una nueva ola de cine escandinava que, en total consonancia con la buena marcha de la ficción audiovisual o incluso de la literatura que producen países vecinos, busca reclamar su lugar en el mapa del cine contemporáneo.

“El futuro se nos presenta igual de brillante”, decía en 2008 el crítico Eddie Cockrell acerca del cine islandés realizado ese año en el país nórdico. Y es que si tuviéramos que marcar un punto de inflexión en el cine islandés del nuevo milenio habría que subrayar precisamente ese año como la fecha en que comenzó a re-despegar la cinematografía de un país con una tradición fílmica muy breve (muchos críticos señalan que fue en 1979 cuando se inició la producción cinematográfica islandesa per se después de que el año anterior se fundara el fondo islandés de ayuda al cine para promover el sector) pero consciente de su singularidad.

Aunque Kórmakur, quizá el nombre más conocido y más influyente del actual cine que se realiza en ese meridiano, debutara como director con su 101 Reykjavik (2000) con el nuevo milenio, no será hasta 2008 cuando el talento de la isla comienza a explosionar. Y justo cuando la crisis económica se llevaba a tres bancos por delante y hacía caer a un gobierno. Para empezar, en 2008 se estrenó Reykjavik-Rotterdam, de Óskar Jónasson y protagonizado por Baltasar Kormákur, que acabaría traspasando fronteras y llegando a Hollywood transmutada en el remake Contraband (2012), firmado por Kórmakur y con Mark Whalberg y Kate Beckinsale como protagonistas.

Asimismo, en 2008 Kórmakur estrenó trabajo como director, la comedia White Night Wedding, mientras que ese año también vio la luz Country Wedding, el debut de la reputada montadora Valdis Óskarsdóttir (Julien Donkey-Boy, ¡Olvidate de mí!). Por su parte, Rúnarsson recorría triunfante el circuito de festivales gracias a su cortometraje Two Birds; Benedikt Erlingsson, que acabaría dirigiendo en 2013 la sensacional De caballos y hombres, presentaba The Nail; y el cortometraje Wrestling (2007), de Grímur Hákonarson, futuro artífice de Rams (El valle de los carneros) (2015), seguía girando de festival en festival.

No obstante, entre 2013 y 2015 las películas con denominación de origen islandés volvieron a copar los line-up de muchos certámenes cinematográficos; algunas logrando máximos galardones, en lo que vendría a interpretarse como la recuperación (lenta) de la apuesta del país por el cine que producen y una pujanza creativa de la industria. En el Festival de Toronto de 2013 tuvo lugar la puesta de largo de Metalhead, de Ragnar Bragason, una historia de iniciación adolescente con una chica que lidera un grupo de heavy-metal; en el Festival de San Sebastián de 2013, Benedikt Erlingsson se llevó el premio Kutxa al mejor director novel por De caballos y hombres; mientras que meses antes el cortometraje Whale Valley, a cargo de Gudmundur Arnar y Guðmundur Arnar Guðmundsson lograba una mención especial en Cannes.

Al año siguiente, en Karlovy Vary se veía Paris of the North, de Hafsteinn Gunnar Sigurðsson, y en el Festival de Toronto de 2014 se celebró la première de Life in a Fishbowl, segunda película de Baldvin Z. Del mismo modo, 2015 acabaría por ser un año de cosecha magnífica con Corazón gigante, de Dagur Kári, pisando la alfombra roja de la Berlinale o Tribeca (de donde se llevó para casa tres premios), con Rams, de Grímur Hákonarson, alzándose con el premio Un Certain Regard del Festival de Cannes, con Sparrows haciendo lo propio en el Zinemaldi y con Everest, película producida por Kórmakur inaugurando el Festival de Venecia. Nada mal para un país de menos de 325.000 habitantes.

Semejante cartilla es una indudable evidencia de que algo está pasando en Islandia. Al hecho de que los principales festivales del mundo cuenten en sus programaciones con filmes islandeses hay que sumarle la estupenda promoción del país como escenario cinematográfico de unas cuantas grandes superproducciones, tanto para el cine como para la televisión.

Con sus paisajes volcánicos y lunares, su luz tenue y sus glaciares, la conocida como tierra de fuego y hielo lleva atrayendo desde 2010 superproducciones como Prometheus, de Ridley Scott, El árbol de la vida, de Terrence Malick, Oblivion, con Tom Cruise, Thor, La vida secreta de Walter Mitty, de Ben Stiller, Star Trek: En la oscuridad, Interstellar o Star Wars Episodio VII: El despertar de la fuerza, entre muchas otras. También el equipo de Juego de tronos se ha ido desplazando al país nórdico para filmar, temporada a temporada, parte de la trama de la serie y está previsto, en este sentido, que recale allí la séptima y penúltima temporada. Por supuesto, el negocio de visitas turísticas a sets y escenarios está a la orden del día.

Pero los magníficos paisajes de Islandia no son motivo suficiente por sí solos para atraer tanta producción extranjera: la deducción de al menos el 20 por ciento de los costes de producción a cualquier rodaje realizado en el país es a todas luces una medida muy atractiva que, unida a unos escenarios únicos en el mundo, han logrado captar la atención de Hollywood.

No obstante, los cineastas del país siguen lamentando que los presupuestos para el cine patrio son todavía insuficientes, sobre todo tras el hecho de que con la crisis económica las ayudas se redujeran en un 40 por ciento. Aún y así, pocas reservas cabe señalar de unos cineastas que han conseguido imprimir a sus historias de poco presupuesto un tono peculiar, apoyadas todas en un paisaje que se transforma en un personaje más. Sparrows, por ejemplo, que se estrena el próximo 9 de septiembre, tiene lugar durante los días del solsticio veraniego y la luz asfixiante que envuelve esta historia de iniciación adolescente transforma el panorama al que se enfrenta el protagonista en un ambiente siniestro.

Sea como fuere, mucho ha pasado desde que Gudmundur Kamban filmara el que se considera primer filme islandés, Hadda Padda (1923), basado en la novela del escritor Gunnar Robert Hansen, realizado cuando el país todavía pertenecía a Dinamarca. Y aunque aún es pronto para hablar de un canon del cine de Islandia, los ávidos en descubrir nuevas cinematografías pueden navegar por la página del Icelandic Film Centre, el organismo dedicado al cine del país, o bien hacer caso del British Film Institute y visionar su propuesta de 10 grandes películas islandesas. Avisamos de que, al ritmo de la buena producción fílmica que mantiene el país, esa lista podría cambiar.

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