El proceso creativo de Pixar: “¿Y esto no lo hacen todo los ordenadores?”

'Montamos un taller de construcción de Forkys': Por el estreno de 'Toy Story 4', os guiamos a través del estudio del flexo saltarín para ver cómo trabajan.

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21 de junio de 2019

Forky, la estrella secreta de Toy Story 4, la secuela Pixar que llega hoy a los cines, nace a través de un proceso nada ortodoxo en el universo de esta saga: una clase de preescolar en la que Bonnie, la propietaria de nuestros protagonistas, decide construir su propio juguete a partir de un tenedor de plástico, dándole vida por el camino. Resulta adecuado, pues, que la creación del personaje dentro de las paredes de Pixar fuera igual de poco convencional.

“Forky, como personaje, es un proyecto de manualidades”, cuenta el diseñador de producción de la película, Bob Pauley. “Así que en vez de diseñarlo de un modo tradicional, cogimos los bocetos iniciales del director y montamos un taller de construcción de Forkys entre todos los empleados de Pixar.”

El resultado final brilla con luz propia durante todo el metraje, guiando el arco de Woody mediante una simplicidad visual absurdamente carismática. Pero no es la primera vez que Pixar se salta las normas en un proceso creativo que, según han declarado repetidas veces, aún les siguen preguntando si “lo hacen los ordenadores solos”. La compañía, ahora más que nunca, cree en una colaboración constante entre todos los miembros del proceso de producción, y en ningún lugar está más presente esto que en su narrativa inicial.

“Al principio se molestaban en darte un guión”, bromeaba Tom Hanks hace unos días en su rueda de prensa de Barcelona. “¡Ahora ya ni eso! Te ponen delante de unos dibujos y te van narrando lo que sucede.” En efecto, mientras la Toy Story original se forjó a partir de un guión al uso (firmado, entre otros, por un jovencísimo Joss Whedon), Pixar ha ido adoptando con los años un sistema muy cercano al instaurado por el propio Walt Disney en Blancanieves, su primer largometraje: un diálogo constante entre sus guionistas (en este caso Stephany Folsom, coautora de Thor: Ragnarok, y Andrew Stanton, pilar del estudio y coguionista de toda entrega de Toy Story hasta la fecha) y su equipo de storyboard.

La comunicación entre ambos bandos se sucede imparable, con los responsables del storyboard (bautizados de forma afectuosa como Story Team) revisando escenas a medio escribir y aportando tanto decisiones visuales cruciales como diálogos completos, todo bajo la supervisión del director del proyecto, hasta lograr un relato cohesivo. Puede resultar sorprendente al compararlo con el funcionamiento de un largometraje de imagen real, pero la animación como tal lleva siendo un proceso particularmente colaborativo desde sus inicios, y el matrimonio de palabra e imagen resulta aún más decisivo de lo habitual cuando un equipo ha de crear un universo entero a partir de cero.

Josh Cooley, director de Toy Story 4, destaca con frecuencia que lo primero que oyó de su mentor en el estudio, el legendario Joe Ranft, fue “confía en tu proceso”. Pocos procesos, a día de hoy, se ansía imitar en la industria de la animación tanto como aquellos de Pixar – pero a menudo se olvida que sus mejores ideas no surgen de un intento de ceñirse a patrones preestablecidos. Surgen, apropiadamente, de jugar con ellos.

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