Por qué ‘Whiplash’ no debería ganar el Oscar

La tapada 'indie' del año lleva haciendo mucho ruido desde Sundance pero hay argumentos de sobra para cortarle el 'groove'.

Por - 20 de febrero de 2015

Como ya es tradición en CINEMANÍA cada vez que se aproximan los Premios de la Academia de Hollywood, continuamos sacando punta a las ocho nominadas al Oscar a la mejor película. Aún sabiendo que los académicos ya han votado y no hay manera de cambiar el resultado, los miembros de la redacción esgrimimos cada uno por turno los motivos por los que las candidatas no deberían llevarse la preciada estatuilla el próximo domingo 22 de febrero. Wes Anderson y su cuento pastel con pasteles no se la merece, tampoco La teoría del todo y su desprecio a Jane Hawking, la épica mínima de Richard Linklater en Boyhood se ha salvado de nuestra cruzada e incluso Selma y su telefilmero recuerdo de Martin Luther King han sufrido nuestro durísimo juicio. De él hoy no se salva el fenómeno indie del año, Whiplash, un duelo jazzístico coronado en el último Festival de Sundance y que ha recibido cinco nominaciones en total.

Siente un pobre en su gala

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Si, como es no sólo deseable sino también presumible, Whiplash no consigue el Oscar en la categoría de mejor película sus productores podrán irse a casa con un diploma que colgar en el despacho: es la película nominada a este premio con la recaudación más baja de la historia. Sus 10 millones de dólares pelados –unos 8,8 millones de euros– en la taquilla mundial representan en frío la relevancia de esta película-anécdota. Al margen de su calidad, resulta doloroso pensar que otros filmes tan buenos como este hayan quedado relegados en el olvido este año sólo porque había que cubrir la misma maldita cuota de cine independiente que en ediciones anteriores sirvió de coladero para Bestias del sur salvaje. ¿A que ya no te acordabas de ella?

Pero… ¿cuándo sale Spider-Man?

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Todos los que han visto Whiplash coinciden: J. K. Simmons está sensacional en la piel de Fletcher, el profesor que atormenta a los estudiantes del conservatorio que han tenido la desgracia de ser aceptados en su banda de jazz. Además del Oscar que puede llevarse en la categoría de mejor actor de reparto deberían darle otro al intérprete que mejor se cabrea en pantalla. Lástima que no sea una sorpresa, porque ya le habíamos visto hacer de energúmeno vociferante en la saga Spider-Man de Sam Raimi, dando vida al editor del Daily Bugle John Jonah Jameson, el periódico al que Peter Parker vendía sus fotos. Las instrucciones del director Damien Chazelle para afrontar este personaje debieron ser bastante sencillas: “Lo mismo pero dilo más alto y con más tacos”. Será cosa de algunas extrañas conexiones mentales, pero viendo a Simmons en acción resulta raro que el trepamuros no haga un cameo en algún ensayo.

Un corto alargado

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Damien Chazelle no encontraba los 3,5 millones de dólares que costaba financiar su guión. ¿Qué hizo? Coger una de las broncas más espectaculares del profesor Fletcher y rodar un corto con eso para mostrar el potencial de su historia. Lo presentó en Sundance, ganó el premio gordo y no tardó en llegar el dinero. Excelente estrategia comercial, pero pobrísima capacidad de planificación. Otros lo han hecho antes para rodar una película –por ejemplo, el argentino Andy Muschetti con Mamá– pero han modificado luego sustancialmente su historia para no quemar la idea original. Chazelle no, él ha preferido repetir su gran apuesta, un duelo que podría haberse librado con pistolas en el Lejano Oeste, y engordar la trama con una historia de amor, comidas familiares y consejos del padre más moñas que se recuerda. Lo importante de Whiplash ya estaba contado, todo esto de ahora es redundante.

Tocar rápido no es tocar bien

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No es cuestión de ponerse pesados ni ver en Whiplash una oportunidad para que los bateristas profesionales nos digan cómo se falsea todo lo relacionado con la técnica y su instrumento. Pero, vamos, que nadie tenga la menor duda de que está tan peliculizado que daría para hacer una lista de errores o exageraciones bastante apañada. Resumiendo mucho y en un ejercicio tan deshonesto como el pretendido realismo del filme, podría decirse que el mejor batería no es el que toca más rápido. Esos tempos aceleradísimos podrían garantizar al personaje de Miles Teller un lugar en el circo como mono tamborilero pero no le abrirían las puertas de los grandes combos de jazz repartidos por el mundo. La prueba evidente es que el actor, que lleva tocando en grupetes de rock la batería desde los 15 años, sólo necesitó un par de semanas para que le enseñarán a que su golpeo pareciera más espectacular de lo que en realidad es.

¿Sacrificio o tortura?

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¿Está justificado comportarse como un auténtico desgraciado para sacar lo mejor de un pupilo? ¿El talento sólo se puede regar con miedo? ¿Todos los grandes genios han tenido que sufrir para explotar todo su potencial? ¿Cómo sabemos que el encargado de pulir esos diamantes en bruto no es en realidad un sádico con coartada didáctica? Que cada cual responda lo que quiera después de ver Whiplash, pero la conclusión de la película deja entrever que hasta cierto punto Chazelle justifica algo que en otros contextos podría calificarse de tortura. Puede que una tortura voluntaria o, como les gusta decir entre eufemismos a algunos expertos, una muestra de la cultura del esfuerzo. Sólo por mensajes tan confusos y para prevenir que algunos iluminas veanen Fletcher un modelo didáctico, Whiplash no puede ver premiados sus planteamientos con una estatuilla dorada. En un arrebato, este profesor podría lanzársela a algún alumno.