Por qué ‘Quo Vadis’ es el mejor péplum para Semana Santa

Golferío romano, Technicolor y un Peter Ustinov glorioso como Nerón: a falta de procesiones, revisa este año la obra maestra del cine 'semanasantero'.

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10 de abril de 2020

Desde hace unos años, por cosas de la TV digital y el VOD, la costumbre se está perdiendo. Pero nosotros, firmes en nuestra fe, no pensamos renunciar a esta bonita tradición, y, cada primavera, esperamos ansiosos esa infinita ración de péplums con los que las cadenas generalistas nos obsequian cada Semana Santa. Una filmografía entre cuyos títulos tenemos un claro favorito: Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951).

¿Por qué le profesamos esa devoción a Quo Vadis? A ello vamos. En general, las películas consideradas ‘de Semana Santa’ son, bien biopics de su protagonista (Rey de reyes, La historia más grande jamás contada, Jesucristo Superstar…), bien filmes que cuentan con él como secundario (Ben-Hur). Y también están otras (La túnica sagrada) que, si bien no le hacen aparecer ante la cámara, sí cuentan con otro ingrediente principal: docenas de cristianos siendo pasto de los leones en el Circo. Lo que hace especial a la cinta de LeRoy, pues, es que tiene todo lo que le pedimos a un filme de la especialidad… y, además, una capacidad para reírse de sí misma que la vuelve cara a nuestros corazones.

Entre este sentido del cachondeo bíblico-pasional y su maravillosa estética (¿hortera? pues sí, y a mucha honra), Quo Vadis es una delicia. Y sus 171 minutos de nada entretienen cualquier tarde aburrida, bien porque la procesión de turno no te deja circular por la calle, bien porque hay razones de fuerza mayor que imponen quedarse en casa. No es extraño que la cinta fuera un megablockbuster que salvó a la Metro-Goldwyn-Mayer de la quiebra… ni que a nosotros nos haya resultado tan fácil encontrar razones para recomendar su visionado.

Como Ben-Hur, pero te ríes

Tal vez MGM pretextara la producción de Quo Vadis con su intención de ofrecer un edificante relato sobre los primeros cristianos. Incluso es posible que, para dejar esto claro, los gerifaltes del estudio se citaran con un pastor protestante, un cura católico y un rabino en una reunión como la que nos mostraron los Coen en ¡Ave, César! Pero, si bien la novela original de Henryk Sienkiewicz (que ya había sido adaptada al cine tres veces) ofrecía materia prima para una película de esa índole, también la proporcionaba para realizar aquello que acabó siendo este filme: un desparrame kitsch de agárrate y no te menees.

A diferencia de Ben-Hur, el otro best seller de época por antonomasia (y que regresaría al cine en 1959, ocho años después de esta versión de Quo Vadis), la historia de Marco Vinicio, Ligia y ese Nerón tan perverso no necesitó la mano sibilina de un Gore Vidal para infiltrar su relato con homoerotismo y dobles lecturas. Si sumamos el colorín del Hollywood de los 50 a los músculos del forzudo Ursus (Buddy Baer) y a una leoparda como la Popea de Patricia Laffan, el resultado es una película cuyo desafuero y desenfreno puede convencer tanto al más fervoroso creyente como a quien profese un ateísmo sin fisuras, siempre que estén dispuestos a no tomarse en serio lo que ven en la pantalla.

La Roma imperial en Technicolor

Como es sabido, Quo Vadis estuvo nominada a ocho Oscar, de los que no ganó ninguno. Y, si bien aquel año la competición estaba reñida (La reina de África, Un lugar en el sol Un americano en París eran rivales duros de pelar), a nosotros nos duelen mucho tres de esas derrotas: las correspondientes a Mejor fotografía, Mejor vestuario y Mejor diseño de producción.

No hace falta ser un experto para saber que el rigor histórico de Quo Vadis tiende a cero, pero esa pobre fidelidad a los hechos es parte de su encanto. La deliciosa gama cromática que podía obtenerse con el antiguo Technicolor de tres bandas tiene aquí uno de sus ejemplos más logrados, junto a El mago de Oz, Lo que el viento se llevó Robín de los bosques (la versión de 1938 con Errol Flynn). Justo lo que un público que acababa de dejar a sus espaldas la II Guerra Mundial necesitaba para empaparse de maravillas.

Cuesta creer que Robert Surtees, el director de fotografía que capturó esta Roma en tonos pastel, fuera más adelante el responsable visual de filmes tan diferentes como El graduado y, en fin, Ben-Hur. Y también da bastante pena que todo ese esplendor termine estallando en llamas. Claro que, si abordamos ese monstruoso hecho, tenemos que hablar también de su responsable… y entonces sí que estamos vendidos.

¡Ese Nerón!

Justamente nominado al Oscar por su interpretación en esta película, Peter Ustinov se lo pensó muchas veces antes de aceptar su papel de emperador majara. Una cosa, debía pensar el actor, era encarnar a Nerón para John Huston, el primer director asociado al proyecto, y otra ponerse a tocar la lira frente a la cámara de un hortera como Mervyn LeRoy. Menos mal que se lo pensó dos veces, porque así Quo Vadis ganó su mayor atractivo.

Si bien los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el personaje histórico (los viboreos de Suetonio y la inquina de los cristianos podrían haberlo pintado mucho peor de lo que fue), el Nerón interpretado por Ustinov es uno de esos villanos a los que uno adora odiar. Principalmente, porque con él te partes de risa: su estupidez flagrante, su carrerón musical y su peculiar sentido estético nos hacen pensar, de hecho, que hoy en día el personaje estaría arrasando en el Circo. Es decir, en Instagram, que viene a ser lo mismo.

Pero aquí habíamos venido a hablar del incendio de Roma, ¿no? Pues, aunque la catástrofe histórica sea difícil de atribuir a Nerón, nos encanta ver cómo el villano de Quo Vadis planea achicharrar la Ciudad Eterna para inspirarse artísticamente… y para edificar sobre sus cenizas otra urbe más de su gusto.  Conocemos un par de promotoras inmobiliarias donde les encantaría tenerle de CEO.

Los buenos son tontos, pero da igual

Según rezan los libros de historia (del cine), John Huston contaba con Gregory Peck Elizabeth Taylor (quien acabó haciendo un cameo) para dar vida al cachas Marco Vinicio y la pura y virginal Ligia. Por suerte o por desgracia, un desencuentro político entre el director y Louis B. Mayer dio al traste con esta idea… y al final tuvimos a Robert Taylor Deborah Kerr. Es decir, a un caracartón profesional y a una actriz cuya carrera tuvo momentos mucho mejores.

Pero eso, una vez más, esto no es una desventaja, sino lo contrario. Los diálogos de Quo Vadis son dignos de mención por lo over the top, no por lo bien escritos, y si los personajes interpretados por Taylor y Kerr destacan por algo, ese “algo” no es su elocuencia y su agilidad mental, que digamos. Así pues, interpretaciones más afinadas (como las que hubieran ofrecido Peck y Taylor) habrían desmerecido frente a esos cristianos que, a punto de servir de merienda a los leones, se ponen a cantar cual orfeón burgalés.

Ahora bien: en esta película sí hay un ‘bueno’ que rebosa carisma. ¿De quién estamos hablando?

¡Ese Petronio!

Abogado convertido en actor por avatares del destino, el inglés Leo Genn alternó con los más grandes durante su carrera, pero no ganó nunca ni un solo premio. De hecho, pese a haber trabajado junto a Laurence Olivier, Spencer Tracy, Ava Gardner y otros titanes, su única nominación al Oscar fue gracias a Quo Vadis. ¿Una candidatura merecida? ¡Por supuestísimo!

Si bien Peter Ustinov batió todos los récords del camp interpretando a Nerón, su trabajo como el emperador corría peligro de resultar cargante. Hacía falta un contrapeso que equilibrara tanto histrionismo, y Genn lo ofreció como Cayo Petronio, ese cortesano que, no contento con tener un sobrino tan corto de entendederas como Marco Vinicio, lleva a cuestas la tarea de ser amigo y consejero de Nerón. Pronto aprendemos que su gesto de suficiencia esconde un hondo y apesadumbrado facepalm frente a la estupidez de su soberano, y mientras lo oculta se gana la corona del laurel a los mejores zascas de Roma.

Una vez más, el Petronio histórico es un enigma: aunque se ganó fama como el ‘árbitro de las elegancias’ (un influencer, vamos) en la Roma de Nerón y se le atribuye la autoría del Satiricón (libro del que hablaremos cuando toque pasar revista a Fellini), los historiadores de su época le atribuyen también sagacidad y energía como político. Lo único más o menos seguro sobre él, tal y como aparece en la película, es su final: toda una lección sobre cómo reír el último cuando no se tiene nada que perder.

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