Por qué ‘Philomena’ no debería ganar el Oscar

¿Un sensible drama humano, o un trabajo 'telefilmero' de lágrima fácil? Judi Dench, Steve Coogan y Stephen Frears son las siguientes víctimas de nuestro asalto a las nominadas. Por YAGO GARCÍA

22 de febrero de 2014

Como marca nuestra tradición particular, en CINEMANÍA calentamos motores antes de los Oscar 2014 poniendo en solfa a las candidatas a Mejor Película. Y esta vez, tras haberle buscado las cosquillas a un trabajo tan aparentemente intocable como 12 años de esclavitud, hemos optado por un blanco más reposado. Algunos dirían, incluso, que demasiado fácil. Se trata de una señora de edad avanzada, que además ha padecido una de las peores tragedias que pueden asolar a un ser humano: el robo de su hijo, en forma de adopción forzosa. Pero no nos engañemos, porque la señora de marras no es otra que Judi Dench, y con ella como mascarón de proa Philomena aspira a cuatro estatuillas doradas. Sin más dilación, ni miedo a los bolsazos, comenzamos nuestro asalto. 

La sombra de lo que fue Frears

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A través de sus hitos, la carrera de Stephen Frears nos ofrece la imagen de un director extremadamente versátil: puede ser costumbrista (Mi hermosa lavandería), esteta (Las amistades peligrosas), minucioso (The Queen)… Y también, como nos demuestra Philomena, tan funcional y tan vacío de personalidad como un realizador de telefilmes de sobremesa. El cineasta inglés pasaba por un momento de relativa sequía desde su última candidatura al Oscar en 2007, y está muy bien que haya vuelto a ganar el favor de los académicos, pero no nos parece tan positivo que se haya ganado dicho favor a través de uno de sus trabajos más acomodaticios, tan desprovisto de riesgo formal que la etiqueta de “para todos los públicos” le supone una tacha en lugar de un logro.

Tan sutil como un pellizco de monja

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La ordalía que la protagonista de Philomena sufrió en su adolescencia tuvo lugar en una de las llamadas ‘Magdalene Laundries’, internados en los que al menos 30.000 jóvenes irlandesas fueron condenadas a la reclusión y el trabajo forzoso hasta su cierre definitivo en 1996. Tras haber visto cómo Peter Mullan retrataba el interior de uno de esos infiernos en Las hermanas de la Magdalena, Philomena podría habernos ofrecido un estudio sobre las secuelas que dejaron en la psique de sus víctimas. Pero que si quieres arroz, Catalina: el filme acaba ofreciéndonos una perspectiva en blanco y negro cuyos matices caen víctimas de la ausencia de sutileza. Ítem más: describiendo a uno de los personajes más importantes de la película, ésta podría haber indagado sobre los conflictos de un hombre gay, y enfermo de sida, que trabaja para el Partido Republicano durante el muy homofóbico mandato de Ronald Reagan. Pero de dicha cuestión, también jugosa, sólo nos llegan leves ecos. 

El listo (pero menos) y la tonta (pero no tanto)

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Estamos seguros de que la auténtica Philomena Lee debe ser un personaje fascinante en sus contradicciónes, al igual que Martin Sixsmith (el periodista que la acompañó y que narró su historia). Lástima que Philomena reduzca dichas contradicciones a la mínima expresión: a lo largo del relato, el guión de Steve Coogan se limita a ofrecernos una ‘extraña pareja’ como ya ha habido miles en la historia del cine. Cuando, en el planteamiento del filme, observamos el contraste entre la anciana (con su religiosidad elemental, su bonhomía y su incultura) y el reportero intelectual, ateo y bilioso, podemos apostar a cómo acabará la cosa: la primera atravesará un periplo que la hará enfrentarse a los fantasmas de su pasado, mientras que el segundo aprenderá el valor de los sentimientos y todas esas cosas gracias a presenciar ese trance. ¿Nos sorprende Philomena a este respecto? Pues va a ser que no… 

¿Alguien dijo “condescendencia”?

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Sí, ya sabemos que Judi Dench está fantástica en su papel, pero dediquémosle unas líneas a cómo Philomena retrata a su protagonista. Así como el periodista Sixsmith y su redactora jefe se complacen en subestimar a esta mujer (para ellos, no deja de ser “una ancianita irlandesa” más simple que un cubo sin asas), la película se complace en mostrarnos esa sencillez a base de brochazos. ¿Cuál es el resultado? Pues que Philomena apenas aparece como un ser pensante, siendo definida casi por completo desde la dimensión emocional a través, por ejemplo, de su afición por las novelas románticas. Algo que, si bien sirve para despertar la empatía en parte del público,  también delata una molesta condescendencia por parte de los guionistas: “Ay, pobrecita, que aparte de ser tonta del haba le robaron al niño”, parecen querernos decir.

Un vehículo de lucimiento

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Como hemos visto, las debilidades que hacen a Philomena indigna del Oscar son básicamente dos: la pereza formal de un Stephen Frears en piloto automático, y un guión que esquiva las complejidades en pro de lo lacrimógeno. Y, ¿quién es -parcialmente- responsable de ese guión? Pues quién va a ser: Steve Coogan. Hasta el corvejón, suponemos, de que el público de habla inglesa le vea sólo como un comediante (la sombra de Alan Partridge, su personaje más famoso, pesa demasiado), el intérprete de Manchester ha trazado una historia de esas que pueden elevarte al Olimpo de la seriedad y el interés humano, produciendo además el filme y reservándose un rol a su medida. Tal vez Coogan consiga dar un salto a Hollywood con todas las de la ley gracias a esta maniobra, pero a nosotros nos parecería injusto: Steven, asume que cuando mejor estás es cuando tu amigo Michael Winterbottom te hace interpretarte a ti mismo (Tristram Shandy, The Trip) y déjate de zarandajas telefilmeras, porque a la larga estas no te llevarán a nada bueno.

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