¿Por qué nos gusta el cine de acción facha?

Un hombre apenas armado contra un grupo de temibles terroristas es la fórmula que nunca falla en las películas de acción de los últimos 30 años. ¿Qué tienen que tanto enganchan?

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08 de abril de 2016

Terrorism-porn, fantasía fascista, moralmente indefendible… Las lindezas críticas que se han escrito sobre Objetivo: Londres no dejan lugar a dudas sobre dónde situar la película de Babak Najafi con Gerard Bulter como el agente del servicio secreto Mike Banning y Aaron Eckhart en el papel del presidente de EE UU. Tampoco hace falta ser especialmente sagaz para darse cuenta del tono violentamente patriótico de la película, a tenor de los fucks, las cuchilladas mortales y ensaladas de tiros gratuitas, el color de la piel de los enemigos y lo bravos que es la pareja formada por los personajes de Butler y Eckhart cuando de salvar al mundo se trata.

Tan seriamente temerarios que parece una parodia y, en ese sentido, resulta imposible no acordarse de los héroes de acción americanos que nos entretuvieron durante muchas tardes de los años 80 y 90 (Sylvester Stallone, Chuck Norris, Dolph Lundgren, Jean-Claude Van Damme, Steven Seagal…) o del querido John McLane (Bruce Willis), cuya Jungla de cristal (John McTiernan, 1988) es a todas luces el modelo precedente en el que se mira Objetivo: Londres, la anterior Objetivo: La Casa Blanca (Antoine Fuqua, 2013), y buena parte del cine estadounidense de acción de los últimos casi 30 años. ¿Es quizá ese el motivo por el que estas películas nos gustan tanto y siempre triunfan en la taquilla?

Es importante dejarlo claro: si las majors de Hollywood o su industria periférica continúan haciendo películas de exaltación violenta de los valores patrióticos y fantasías políticas en las que medio mundo queda destruido es porque simplemente funcionan. Y en este caso, la fórmula ‘un edificio tomado por un grupo terrorista que ha secuestrado a muchos rehenes y un solo hombre —apenas armado— con un walkie-talkie desde que el que puede soltar chascarrillos de tío duro’ es barata de producir y, sobre todo, da rendimientos económicos. Objetivo: La Casa Blanca costó 70 millones de dólares y logró 98,9 millones de dólares en EE UU y otros 62,1 millones adicionales acumulados en el extranjero). Es decir, no sólo cubrió gastos sino que se embolsó 91 millones extra, según datos de Box Office Mojo.

En otro extraño ejemplo de películas clones, meses después del estreno de la cinta de Antoine Fuqua llegaba a las carteleras Asalto al poder (Roland Emmerich, 2013), con Channing Tatum en el papel de Gerard Butler y Jamie Foxx como presidente de EE UU, y que tampoco funcionó mal en taquilla: costó 150 millones de dólares y consiguió 73,1 millones en América y 132,2 millones a nivel internacional. Objetivo: Londres tiene un presupuesto de 60 millones de dólares y por el momento sólo ha recaudado 59 millones en sus pases en EE UU, donde ya lleva más de un mes en las salas.

También la saga Venganza, protagonizada por Liam Neeson, es otra apisonadora de la taquilla: la primera costó 25 millones de dólares y recaudó 226 millones en todo el mundo; la segunda tuvo un presupuesto de 45 millones y se hizo con 376 millones; mientras que el presupuesto de la tercera fue de 48 millones y consiguió en el box office global 326 millones de dólares. La saga Jungla de cristal no se queda atrás. Si tenemos que medir el triunfo de una película por el número de entregas que ha generado, es obvio que los cinco episodios de McLane y el sexto anunciado son pruebas irrefutables de su éxito.

Nada, sin embargo, que no hubieran conseguido Chuck Norris y Charles Bronson años ha. En la década de los 80, Cannon Films se hizo de oro con las producciones de ambos hombretones, sobre todo con aquellas que se ceñían al modelo de héroe-contra-todos, casi todas, desde la serie de secuelas de Yo soy la justicia (1982-94) a Desaparecido en combate (1984) o The Delta Force (1986) y que sentaron cátedra sobre cómo deben ser las películas protagonizadas por justicieros sociales y/o políticos, émulos del sucio Harry de Don Siegel (1971) y suerte de respuesta ficcional a una EE UU aún quebrada por la guerra de Vietnam. Cuando se estrenó La jungla de cristal los traumas del síndrome de Vietnam ya quedaban algo lejos y los enemigos a batir eran los grupúsculos terroristas provenientes del telón de acero (la novela en la que se basa, Nothing Lasts Forever, de Roderick Thorp, se publicó en 1979, cuando aún la Guerra Fría era una amenaza global) mientras que en pleno siglo XXI, sabemos, los responsables, según el cine estadounidense, de que podamos ser víctimas de un atentado de dimensiones titánicas, están o en Corea del Norte o en Oriente Medio. También sabemos, no obstante, que los espectadores no van a ver estas películas para informarse de las novedades geopolíticas del planeta.

Pero, ¿por qué es gusta tanto la fórmula de estas películas? ¿Por qué no nos cansamos de ver a un tipo sacrificado que salva al mundo disparando a diestro y siniestro y con permiso para hacerlo? Hace un par de años el escritor Adam Sternbergh se lanzaba al ruedo con un divertido y confesional artículo en el New York Times sobre el atractivo perenne de la saga Jungla de cristal y, sobre todo, de su protagonista, John McLane, arquetipo de héroe a su pesar alejado de los estándares masculinos de los personajes de acción de la década de los 80. Pero el carisma de Bruce Willis, por mucho que nos seduzca, por sí solo no explica que vayamos a ver años tras año la misma película de acción, con variaciones –fans de la saga han creado hasta un wiki sobre las múltiples derivas del modelo Jungla de cristal-. Además, el personaje de Gerard Butler, por mucho que esté a punto de abrazar la paternidad en Objetivo: Londres, tiene más que ver precisamente con esos héroes de brazo alimentado con anabolizantes que con los gestos de hombre común de Willis.

Sternbergh, por otra parte, no iba muy desencaminado ya que en el contraste de vulnerabilidad y dureza del personaje encarnado por Willis está buena parte de la clave de su atractivo: es policía y sin embargo tiene que enfrentarse a una misión imprevista en una ciudad que no es la suya; empuña como el profesional que es todo tipo de armas de fuego y, por el contrario, ha de luchar contra los malos descalzo y con los pies heridos. La cuestión de lo inesperado y el tener el control para hacer frente a una situación de una magnitud casi apocalíptica es también otro gran quid de su éxito (y, por extensión, de todos los relatos); aunque quizá sean las ideas de la verosimilitud y la fantasía de poder lo que más cala en los espectadores.

En el caso de McLane y en el de Banning, por ejemplo, la situación excepcional en la que se encuentran les da alas para, como mínimo, olvidar jerarquías y cadenas de mando. En Objetivo: Londres, por ejemplo, Banning, que no olvidemos que trabaja como agente del servicio secreto estadounidense, le da órdenes como quien dice buenos día al ejército británico y de hecho es Banning quien acaba dirigiendo, saltándose todo asunto de la jurisdicción internacional, la operación de rescate del presidente Eckhart. Porque, ¿quién necesita órdenes y normativa internacional cuando están pidiendo a gritos la ley del más fuerte?

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