Por qué me gasté 70 euros en ver ‘Los odiosos ocho’ en 70mm

... y no me arrepiento. El western político de interior de Quentin Tarantino merece disfrutarse con todo el esplendor del formato en el que fue rodado.

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19 de enero de 2016

Los odiosos ocho ha sido la película más vista en nuestro país durante su fin de semana de estreno, pero sólo se ha exhibido con el formato original en un cine: Phenomena Experience de Barcelona. Allí es el único sitio de España donde se puede ver la octava película de Quentin Tarantino proyectada en 70mm, motivo que propulsó este viaje relámpago desde Madrid para asistir a una de las sesiones de la sala barcelonesa, abarrotada de fans del director con gran expectación hacia su segundo western.

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Entre los 12 euros de entrada (a la venta aquí), la gasolina de la diligencia compartida por cuatro indómitos viajeros, los peajes, avituallamientos frugales y techo generosamente brindado, el coste aproximado de 70 € ampara incluso la fracción del bono T-10 de metro que utilizamos para llegar hasta la sala. ¿Ha merecido la pena hacer ese desembolso para ver una película que, a fin de cuentas, podría haber visto gastando diez veces menos a pocos pasos de casa? Incluso dejando a un lado la impagable experiencia humana, me queda claro que sí.

Cuando Tarantino y el director de fotografía Robert Richardson decidieron filmar Los odiosos ocho en Ultra Panavision 70 estaban recuperando un formato cinematográfico de colosales dimensiones que no se usaba desde mediados de los años 60, después de haberse utilizado para rodar tan sólo una decena de filmes —entre ellos, Ben-Hur (William Wyler, 1959), Rebelión a bordo (Lewis Milestone, 1962) o El mundo está loco, loco, loco (Stanley Kramer, 1963)—: una película de 65mm con lentes anamórficas que después se proyecta en 70mm con una relación de aspecto ultrapanorámica de 2.75:1.

Al contrario que otras películas de Hollywood recientes que han hecho defensa del celuloide colaborando en la recuperación de los 70mm como The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) o Interstellar (Christopher Nolan, 2014), el caso de Los odiosos ocho es especial porque sus encuadres están decididamente pensados para aprovechar toda esa amplitud panorámica de la relación de aspecto. Por ejemplo, Anderson centró The Master al habitual 1.85:1, consciente de que la mayoría de los cines proyectarían, si no las versiones digitales, las copias en 35mm del filme; en cambio, uno de los mayores anhelos de Tarantino era que la versión de 70mm fuera la completa y representativa del filme.

Si ya de por sí el rodaje de la película planteó desafíos al utilizar las antiguas lentes APO Panatar de Panavision, restauradas con nuevas ópticas para la ocasión, la exhibición de las copias en 70mm no se queda atrás. En EE UU tan sólo un centenar de salas se habilitaron para proyectar la conocida como versión roadshow del filme, estrenada unas semanas antes de la digital e incluyendo ciertas pizcas de metraje adicional, una obertura y un intermedio que terminan de completar la experiencia extracinematográfica.

En España, Phenomena Experience tuvo que pasar por su propia puesta a punto, desde el transporte y manejo de la película en sí (más de 90 kilos de peso y 7 kilómetros de longitud) logrando conseguir una óptica adecuada para la proyección anamórfica. Lo explica el director de fotografía Pol Turrents en el siguiente vídeo:

A la hora de la verdad, no tardaron en colmarse las expectativas. Se corrieron las cortinas de la pantalla y apareció la imagen estática de la obertura, con la característica palpitación del celuloide, acompañada por la magistral partitura de Ennio Morricone. Gran aperitivo para la auténtica primera secuencia del filme, los títulos de crédito con el cristo nevado, una imagen de nitidez cristalina y Morricone poniendo a prueba el potente sistema de sonido del cine, que consiguió envolver los aplausos levantados por las apariciones de los nombres de algunos protagonistas.

Es justo señalar que esos fueron los únicos momentos de excitación descontrolada entre un público que, en su mayoría, quedó respetuosamente absorto por la cocción a fuego lento del estofado de personajes, embustes y acentos; ni el crujir de las palomitas se oía sobre los latigazos verbales de los actores. La llegada del intermedio, cual válvula de descompresión para la claustrofobia de la acción contenida dentro de las cuatro paredes de la Mercería de Minnie, facilitó los comentarios sobre lo visto, la expectación ante el desenlace de la historia, los intercambios de opiniones en el vestíbulo y las caladas apresuradas en la acera.

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Un cuarto de hora después, la voz en off de Tarantino nos dio la bienvenida de nuevo a la película. Algunos, quizás contagiados por el propio filme, volvieron a la sala con su café reglamentario; afortunadamente para ellos, no provenía de la cafetera de la Mercería. Lo que sí dio la impresión de trasladarse a las butacas fue el frío de Wyoming, pero nada que la calurosa fuerza del brillante quinto episodio o el festín hemoglobínico de clausura no pudieran contrarrestar.

Al final, después de los aplausos de rigor, la moqueta de la sala procedió a llenarse de corrillos comentando los detalles y dobleces de la película que sin duda porta uno de los discursos políticos más combativos del año. El teatro nacional de Tarantino, su representación de una nación fundada sobre cadenas de mentiras como la fraternidad que nace bien de la mentira de un relato oficial o bien de la violencia hacia los otros, la virtuosa puesta en escena de interiores, el manejo de la palabra o la soltura a la hora de acumular capas narrativas invitan a convertirse en encendidos temas de conversación la próxima vez que, por casualidad, una colosal ventisca obligue a buscar refugio en compañía de ocho forasteros dentro de una cabaña aislada y sin, sigh, proyector de 70mm.

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