¿Por qué las películas de videojuegos no molan?

Los dos medios audiovisuales más importantes de la actualidad parecen condenados a no entenderse: estas son las razones.

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10 de febrero de 2020

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  • A los fans de los píxeles nos duele, pero es un hecho sabido: las adaptaciones de videojuegos al cine no suelen salir bien. Algo que mosquea lo suyo, porque los dos medios se parecen mucho: ambos dependen de las imágenes en movimiento para contar historias, y ambos ganan mucho con una buena ración de tortazos bien dados.

    En espera de que Sonic: La película nos haga replantearnos esta dolorosa realidad cuando se estrene el viernes, nos hemos devanado los sesos para descubrir por qué los gamepads y la pantalla grande se llevan tan mal. Estas han sido nuestras conclusiones.

    Porque no saben qué hacer con ellas

    Un ejemplo: Super Mario Bros. (1993)

    En los videojuegos, la brecha Oriente-Occidente se hace patentísima cuando entra en juego el factor cuqui. Así como muchas portadas de videojuegos pasaron de ser kawaii en Japón a ser macarras en Europa y en EE UU, el mundo redondito y cartoon del fontanero de Nintendo llegó a la gran pantalla como una cosa oscura y grimosa (con Bob Hoskisns, John Leguizamo y Dennis Hooper, nada menos) que fue derecha a las listas de peores películas de la historia.

    Porque van demasiado en serio

    Un ejemplo: Final Fantasy: La fuerza interior (2001)

    Empeñado durante décadas en potenciar el factor narrativo de su saga, el productor y diseñador de juegos Hironobu Sakaguchi logró hacer historia de los píxeles, pero se estrelló a lo grande llevándola al cine en un filme que batió récords presupuestarios con su ambición de hacer realista la animación CGI. Los planes para convertir a su protagonista Aki Ross en la primera estrella virtual resultan ingenuos hoy en día.

    Porque el director es un sinvergüenza

    Un ejemplo: Alone in the Dark (2005)

    No digas “falta de escrúpulos”: di “Uwe Boll”. Hasta su retiro en 2006, el cineasta alemán se empeñó en convertir a Roger Corman y Mariano Ozores en ejemplos de ética con una filmografía donde las adaptaciones de juegos (Postal, BloodRayne, Far Cry o esta joyita, que adapta una mítica y longeva saga de terror) brillan con la luz de un monitor CRT muriendo poco a poco en una esquina del último cibercafé de tu barrio. 

    Porque el juego es lo de menos

    Un ejemplo: Tomb Raider: La cuna de la vida (2003)

    La importancia histórica de la saga Tomb Raider es indiscutible, pero para qué nos vamos a engañar: los titulares se los ganaba el físico poligonal de su heroína. La arqueóloga Lara Croft llenó portadas de revistas, grabó un disco y fue encarnada aquí (y en la anterior Lara Croft: Tomb Raider, 2001) por una Angelina Jolie a la que no redime ni siquiera el factor camp.

    Porque el rodaje es un desastre

    Un ejemplo: Warcraft: El origen (2016)

    “Esta película empezó y acabó con el cáncer”: así resumía Duncan Jones una producción tan marcada por los conflictos creativos como por la enfermedad de su esposa y la muerte de su padre, David Bowie. La cinta arrasó en China y su esfuerzo por innovar el género de fantasía épica merece respeto: lástima que su reparto humano fuese tan atroz como su descoyuntado montaje.

    Porque el juego no da para más

    Un ejemplo: Double Dragon (1994)

    Con su esquelética trama, que se resumía en “karatekas de barrio marginal rescatan a una chica arreando tortazos”, el influyente beat’em up de Technôs (1987) parecía especialmente incompatible con el cine. Al menos, su tono jocoso le dio a este filme de serie B una vidilla que otras adaptaciones mamporreras (Mortal Kombat, 1995, o Street Fighter: La leyenda, 2009) no mostraban ni por asomo.

    Porque el reparto estaba a otra cosa

    Un ejemplo: Street Fighter: La última batalla (1994)

    Van Damme estaba demasiado ocupado ligando con Kylie Minogue (“Le enseñé mi Tailandia”, decía el muy tuno) y el resto de los intérpretes no daban mucho de sí ni en capacidad dramática ni en carisma mamporrero. Así pues, el juego de lucha más influyente de todos los tiempos tuvo una adaptación muy deslucida… salvo por ese Raúl Juliá que, sabiéndose enfermo de muerte, procuró divertirse y divertirnos lo más posible. Para Bison, todos lo sabemos, era jueves.

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