Por qué ‘La gran apuesta’ no debería ganar el Oscar

A pesar de su superávit de estrellas, la película de Adam McKay sobre la crisis financiera es más un activo tóxico que merecedora del gran premio de la Academia de Hollywood.

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26 de febrero de 2016

Después de arremeter contra El puente de los espías, Brooklyn, Mad Max: Furia en la carretera, El renacido y La habitación, con la crisis hemos vuelto a topar. Turno para las causas por las que La gran apuesta, la historia sobre cómo se hicieron de oro los analistas de Wall Street que detectaron que el sistema iba a hacer crash cuando todos bailaban hasta un amanecer que parecía eterno, no debería llevarse el Oscar a la mejor película de 2016. 5 nominaciones ha logrado la película dirigida por Adam McKay, un outsider del gran Hollywood, curtido en el SNL y en la comedia a mayor gloria de Will Ferrell & Friends, que ha trasladado parte de ese espíritu a un filme con un trasfondo peliagudo. Él mismo está nominado a mejor director y mejor guión adaptado, pero, no nos engañemos, no tiene ninguna posibilidad. Como tampoco lo tiene La gran apuesta, un filme interesante sin el don de la oportunidad. Éstas son nuestras razones para dejarla sin premio:

Un problema de zeitgeist

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La crisis de las subprime, el estallido del polvorín de Lehman Brothers y compañía como inicio de una depresión económica que se extendió al mundo como una hilera de fichas de dominó encadenadas, fue alrededor de 2008. En 2010 se estrenó The Company Men, de John Wells, un drama bine interpretado y ajustadamente dirigido, basado en cómo afectó aquella crisis a algunos de sus protagonistas. Ben Affleck vivía en sus carnes el crash moderno, la pérdida de nivel de vida y la readaptación a un mundo que ya no volvería a ser igual. Sentimentalona, pero interesante. En 2011 llegó Margin Call, del maestro J. C. Chandor, experto en encerrar a personajes con sus propios miedos ante amenazas externas, y la sesión de claustrofobia económica durante una noche crítica en uno de aquellos bancos que cayeron en 2008 funcionaba como un reloj. Estamos ya en 2016, La gran apuesta es del año pasado. Y aunque toda mirada al pasado se hace ciertamente interesante para no repetir errores, y a pesar de que los coletazos de la crisis todavía los sentimos a muchos niveles, es cierto que hay cierto hastío alrededor del concepto crisis. No es el momento más oportuno en términos de expectativa (ni de taquilla) para remover aquellos días que cambiaron el mundo. La gente googlea ‘salir de la crisis’. Y este desfase en su tempo ha afectado negativamente a una estimable película como La gran apuesta. Y estimable no quiere decir, ni de lejos, la mejor película del año para la Academia. Incluso la nominación, quedándose fuera Carol y Los odiosos ocho, le viene grande. Por cierto, hace un par de años, El lobo de Wall Street, otro filme que también trató sobre esta crisis (aunque con carrerilla desde los 80), también tuvo 5 nominaciones y no se llevó nada.

Popurrí de géneros

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Nominada al Globo de oro en la categoría de mejor Comedia o Musical, La gran apuesta se ve un poco lastrada por su extraña mezcla de texturas e incluso géneros dentro de la misma película. Una película, por cierto, que habla de un tema bastante escabroso, de una trascendencia social, económica y política como no ha habido muchos en los últimos años. ¿Es un filme de denuncia? Pues no mucho, pero el tema general está ahí. ¿Es un documental? Pues no, claro que no, pero hay algunos ecos (de montaje, del uso de los gráficos en pantalla…) que remiten al estilo Michael Moore (el día que deje el documental y se meta con la ficción). ¿Es una parodia? A veces lo parece. Con Steve Carell a la cabeza. Pero no quiere hacer sangre por ahí. ¿Es un drama social? Hay situaciones que así lo determinan, pero el ritmo y la textura no son en absoluto dramáticas. Entonces, ¿qué es exactamente? Pues todo eso, y a la vez, nada. Como dirían los clásicos: “Es la economía, estúpidos”.

Hay que parar a Michael Lewis

Michael Lewis

Michael Lewis, escritor de best-sellers a medio camino entre la divulgación económica y la crónica deportiva, ha logrado una curiosa hazaña: las tres adaptaciones al cine de sus novelas (The Blind Side, Moneyball, y ahora La gran apuesta) han logrado ser nominadas al Oscar a la mejor película (entre otras categorías: incluso Sandra Bullock ganó el Oscar a mejor actriz, y el Razzie a la peor, el mismo año, por The Blind Side, traducida en España a la remanguillé como Un sueño posible). Aparentemente, él, que no suele participar en los guiones (Aaron Sorokin firmó el de Moneyball, la mejor de las tres películas con diferencia), no tiene culpa del resultado de sus filmes. Pero ya le vale. Sobre todo porque hay una sombra de duda sobre su trabajo, que mezcla trabajo estadístico y datos objetivos con una suerte de voluntarismo narrativo un poco escamante. Así lo definió el New York Times: “Es imposible escribir mayores panachés narrativos sobre dinero y finanzas que el señor Lewis”. Y, cuidadito, porque parece que los datos que suele aportar no aguantan un análisis medio riguroso.

Ya te vale, Brad Pitt

pitt

Brad Pitt salió a la palestra hace un par de años en la noche de los premios de la Academia de Hollywood para recoger el Oscar a la mejor película como productor de 12 años de esclavitud. Se había reservado un papelito en la película: el de blanco bueno, por cierto, en una presencia testimonial que a punto estuvo de estropear la película. Tres cuartos de lo mismo sucede en La gran apuesta: Pitt es uno de los 6 productores y es uno de los actores que aparece en el cartel de la película, aunque sea el personaje con menos minutos de los cuatro protagonistas (Ryan Gosling, Chritian Bale, Steve Carell y él mismo). Pero ya le vale. El truquito del cebo (al margen de que cualquiera de los otros actores tiene tanto tirón como él en pantalla) del guapo no cuela; su presencia como productor (en proyectos interesantes, eso sí) no necesita de esos truquitos. Este año, no, Brad Pitt.

La ética de Ocean

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Hay una frontera que los personajes del filme traspasan varias veces en muchas direcciones. Ellos trabajan en Wall Street, por dinero, por supuesto; y son los primeros en darse cuenta de la que va a caer. Ellos se la juegan apostando contra el sistema, en favor de que lo que han ayudado a construir se caiga como un castillo de naipes. No es que el filme frivolice con el tema, pero hay momentos en los que no queda muy claro cuál es el perfil ético detrás del guión. No es que sea necesaria, pero pierde peso, porque parece que al final triunfa el “Que se jodan”, o el “para lo que queda en el convento, me cago dentro”. Tampoco resulta muy efectivo el tema de la crisis personal de valores del personaje de Steve Carell (el que más parece sufrir por aprovecharse de que todo se vaya a ir al garete). No es muy creíble. Están ahí para hacer dinero, todos están ahí para hacer dinero, y ni siquiera son Robin Hood, que después le daba una parte a los pobres. Se aprovechan de unos ladrones, sí, pero no dejan de ser como esos filmes en los que acabas identificándote con el malo. Si nos caía bien Tony Soprano, ¿por qué nos van a caer mal estos cuatro tipos que se lo llevan crudo con la crisis de las subprime? En ese sentido, el filme acaba pareciéndose más a un Ocean’s Eleven cualquiera (pero sin Soderbergh) que a la diatriba contra la especulación que juega a ser.

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