Por qué ‘El lobo de Wall Street’ no debería ganar el Oscar

Razones por las que la fiesta del exceso y el despilfarro manierista del maestro Martin Scorsese no pueden encumbrar a la figura del estafador Jordan Belfort con el máximo galardón de la Academia de Hollywood. Por CARLOS MARAÑÓN

27 de febrero de 2014

¿Otra vez Casino?

¿Dónde he visto yo esto antes? Sí, es cierto que El lobo de Wall Street no habla de gángsters (¿seguro?), que la película tampoco apela a la violencia explícita como Uno de los nuestros o Casino y que Jonah Hill da mucho menos miedo que Joe Pesci. Pero también que en realidad no sólo la sangre es capaz de violentar a los espectadores. De hecho, uno de los grandes logros de la película es lograrlo sin pistolas, con muy pocos puñetazos (sólo esa escena en el apartamento), utilizando el derroche y la dilapidación como armas arrojadizas y fustas morales hacia el espectador en un momento de crisis económica universal en el que lo último que apetece es ver a un montón de mequetrefes gastar el dinero con ese desprecio por su valor social. Esa sensación, acrecentada por la certeza de que estos criminales de cuello blanco son tan macarras como los mafiosos de Scorsese hace que, a pesar del cambio de escenario, de Little Italy a Wall Street, la nueva película de Scorsese recuerde tanto a Casino y a Uno de los nuestros. Se parece mucho a ellas en su estructura y en la presentación de los personajes, luego podemos reprocharle a Marty que, a pesar de que mantiene alto el listón, la película no es todo lo original que aparenta ser.

 

El lobo de Wall Street

Un tipo francamente aborrecible

Jordan Belfort pagó por sus delitos en prisión. Tal vez. Pero aunque ya no podamos impedir que la cuenta corriente de este estafador con sentencia firme se esté incrementando exponencialmente gracias al éxito de la película (que además ha logrado que se traduzca y se reedite su libro en todo el mundo), esperamos que, al menos, su conducta y su personalidad no puedan ensalzarse o justificarse con un Oscar de la Academia. Y si bien es cierto que la historia del cine está llena de villanos glorificados, elevados a antihéroes de culto, por una vez estaría bien que este hortera aficionado a la prostitución y al despilfarro más innoble, no pudiese montar un fiestón a nuestra costa por haber logrado el Oscar a la adaptación al cine de su vergonzante historia.

 

El lobo de Wall Street

El todo y sus partes

La filmografía reciente de Martin Scorsese es tramposa. Sobre todo con aquellos que admiramos sus obras maestras. Desde Casino, ¿qué película suya podría pasar a la historia? Kundun y Al límite, no, desde luego. Gangs of New York tenía cosas, pero… El aviador no encontró su ritmo, Infiltrados era un remake milimétrico; si Shutter Island la hubiese dirigido cualquier otro le habríamos metido en la cárcel, La invención de Hugo era un poemita de amor a los pioneros del cine… Con estos antecedentes es lógico emocionarse al salir de ver El lobo de Wall Street, y flipar con sus grandes momentos, que los tiene, desde la breve aparición de Matthew McConaughey a las reuniones para montar fiestas en la oficina, pasando por esa sobredosis a la altura de la de Uma Thurman en Pulp Fiction. Son muy grandes, pero, sinceramente, la suma de sus muchas partes brillantes no da como resultado un Oscar a la mejor película de 2013 (que, por otro lado, en mi opinión se merecía A propósito de Llewyn Davis).

 

El lobo de Wall Street

El exceso se le va de las manos

Tres horazas de fiesta non-stop y un derroche no sólo de dólares en pantalla sino también de movimientos de cámara y efectos de montaje. Todo marca de la casa. Pero aparte de los excesos de autoría del bueno de Marty, ha sido como si Terence Winter, su guionista, se hubiese liberado de la contención que hizo de Los Soprano la mejor serie de la historia, como si el paseo marítimo de Boardwalk Empire se le hubiese quedado de repente muy pequeño. Todo es demasiado, tanto como para ahuyentar a determinados sectores del público, tirando a clasicones, que digieren muy mal el despiporre visual de la película. Esos, por cierto, son precisamente la gran mayoría de los académicos de Hollywood. Esta vez te has pasado, Scorsese, y no te lo van a perdonar.

 

El lobo de Wall Street

It’s Leo’s Time!

 Es su momento. La noche que Leonardo DiCaprio ganó el Oscar al mejor actor. TIENE QUE SERLO. Ya le toca. Por fin se haría justicia desde aquella puñalada trapera de la Academia, que no le nominó siquiera por su personaje en Titanic (aunque cada día me da más miedo Matthew McConaughey, peligroso rival, en estado de gracia y con sus posibilidades in crescendo tras sus últimos personajes y ante el pelotazo que está pegando con la serie True Detective). Por eso Scorsese y sus gafas de director y productor de El lobo de Wall Street, con una película que a pesar de sus grandes virtudes ni siquiera entraría en su TOP 5 personal (Taxi Driver, Toro salvaje, La edad de la inocencia, Uno de los nuestros, Casino), no puede eclipsar al auténtico triunfador de la velada. Marty no puede ni debe robarle protagonismo al único apellido italoamericano que merece campar por sus respetos en la 86 edición de los premios de la industria de Hollywood. Es un buen día para jugarse el bigote, como el meteorólogo Martín Rubio en TVE, a que le llueve el Oscar a Leo. Y ganar, claro.

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