Por qué ‘El apartamento’ es una película perfecta

'El apartamento' cumple seis décadas de su estreno en EE UU y es una excusa perfecta para buscar las razones que la hacen tan absolutamente perfecta.

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23 de junio de 2020

Hay una película de David Lean que se llama Breve encuentro, es la historia de un hombre que tiene una aventura con una mujer casada mientras va en tren a Londres, y una vez allí ambos van al apartamento de un amigo de él. Bueno, pues un día Billy Wilder estaba viendo esta película y escribió una idea en la libreta: ¿Qué ocurre con el tipo que tiene que meterse después en esa cama tibia…? 

Este es el origen de una de las películas más importantes de la historia del cine. Billy Wilder, el director con la cabeza llena de cuchillas de afeitar, el tipo más cínico de Hollywood, el del cartel en el despacho que preguntaba “¿Cómo lo haría Lubitsch?” quería hacer una película sobre el tipo que se mete en la cama cuando se van los amantes. Sin embargo, Wilder tendría que esperar años hasta que la censura se relajara. 

Llegó el año 1960 y todo comenzó a cambiar, al menos en la sociedad norteamericana. Era el momento de desarrollar esa idea y Wilder y su colaborador I.A.L. Diamond se encerraron ocho meses para hacer el guión, un guión perfecto, tan perfecto que a la película solo le hicieron falta 50 días de rodaje y una semana de montaje. 

Aunque aún hubo críticos que la definieron como “un cuento de hadas pornográfico”, Billy Wilder ganó tres Oscar, por coescribir la película, por dirigirla y por producirla.

Jack Lemmon y Shirley MacLaine no ganaron ninguno en una de las mayores injusticias que se recuerdan, fueron Burt Lancaster por Elmer Gantry y Elizaberth Taylor por Butterfield 8 quienes se hicieron con el galardón por dos de sus trabajos más olvidables.

¿Pero qué más da? 60 años después de su estreno, el 15 de junio de 1960, El apartamento sigue siendo la comedia perfecta y también el drama perfecto. Es la película total porque no tiene género.

En una entrevista para el canal TCM, Juan Diego Botto definía perfectamente esta imposibilidad para definir el género de El apartamento:

“Realmente si tu le das este material a Ken Loach te hace un drama despiadado sobre el abuso del patrón hacia el trabajador… Y sin embargo, ¡es una comedia magnífica!”

Pero además El apartamento es terriblemente moderna en la manera que tiene de plantear sus dos temas fundamentales: la miseria del trabajador de clase media y la envenenada idea del amor romántico. 

 

C.C. BAXTER Y LA RAQUETA DE TENIS

Billy Wilder creó junto a I.A.L Diamond la historia de C.C. Baxter, un modesto empleado de una compañía de seguros en Manhattan. Baxter sólo tiene una obsesión, mejorar su posición en la empresa. Para lograrlo cede la llave de su apartamento a sus superiores para que den rienda suelta a sus escarceos amorosos mientras él hace horas extra o pasea durante una gélida noche de invierno por Central Park. 

Muchos contemporáneos de Wilder se quejaron de la idea decadente que el director tenía sobre la sociedad americana, el capitalismo o la cultura del trabajo. Obviamente, Wilder había dado en la diana.

Hoy nada ha cambiado y en numerosos trabajos, trabajos con cadenas de jefes infinitas, trabajos con clientes, trabajos de oficina relacionados con el marketing o la publicidad, redacciones, supermercados, tiendas, ayuntamientos y empresas de envíos de comida en bicicleta cualquier empleado es susceptible de sufrir humillaciones de todo tipo (la económica también cuenta), presiones de parte de los de arriba o de los clientes (sobre todo si esos clientes son compañías con músculo económicos y objetivos de venta) y por supuesto la miseria de verse obligado a aparentar que está agradecido y es un privilegiado. 

Baxter es ese empleado (o sea, cualquiera) y a Wilder solo le hacen falta unas cuantas metáforas visuales para construir uno de los mejores personajes del cine: un cuadro del MoMa, una raqueta y un bombín. 

Baxter tiene en su apartamento un cuadro colgado. El director Cameron Crow, un auténtico amante del cine de Wilder, cuyo libro Conversaciones con Billy Wilder es un imprescindible en cualquier biblioteca cinéfila que se precie, se obsesionó con ese cuadro y le preguntó al mismísimo Wilder sobre él.

Es una lámina del Museo de Arte Moderno colgada con chinchetas en la pared. “Sí, es lo que habría hecho Baxter. ¿Qué otra cosa iba a hacer cuando el apartamento está ocupado? Va al museo, mira los cuadros y compra algún poster. Y así decora el apartamento”, explica Wilder a Crow.

La raqueta para colar los espagueti es otra metáfora para explicar lo mismo, la vida de un soltero en Manhattan, pero mucho más evidente y graciosa que al final transformaron en uno de los gags más reconocibles de la película.

Y, por supuesto, el bombín. Wilder utiliza el bombín para decirle al espectador que por mucho que se esfuerce Baxter nunca será un ejecutivo… Cuando le ascienden se compra el sombrero equivocado. 

Pero este personaje tan memorable no hubiera llegado tan lejos sin Jack Lemmon. Sencillamente nadie hubiera sido capaz de interpretar este papel como él, el de un hombrecillo que desprende tanta compasión, un bobo, un romántico alegre e insignificante para casi todo el mundo. Alguien en quien no te fijarias.

Y qué forma de tararear alegremente mientras escurre la pasta en la raqueta. Qué forma de recitar frases tan memorables como la de Robinson Crusoe:

 

FRAN KUBELIK Y EL ESPEJO ROTO

Fran Kubelik es la ascensorista de la empresa, de la que Baxter está perdidamente enamorado. Y ella, a su vez, está enamorada (también perdidamente) de uno de los peces gordos de la empresa llamado Jeff D. Sheldrake. 

Cuando Baxter va a subir en ascensor elige meticulosamente aquel en el que esté la señorita Kubelik, con la que mantiene siempre breves y agradables conversaciones mientras bajan o suben.

El ascensor y los pisos de arriba a los que Baxter aspira subir es otra de las brillantes metáforas de Wilder y Diamond para definir las reglas del juego en esta humillante  jungla enfangada de falsa meritocracia laboral.

Pero sin duda  el gran hallazgo de este guión perfecto es el espejo roto de Kubelik. Irónicamente fue Wilder quien elaboró el más sofisticado toque Lubitsch a través de ese espejo al que volveremos después.

Antes es preciso repasar el cinismo con el que los dos guionistas  consuman su desprecio por la concepción del amor romántico, al que en 1960 ya  solo le quedaban dos telediarios.

Este diálogo entre un jefecillo de Baxter y su amante sería suficiente para ejemplificar de qué palo iban los señores Wilder y Diamond:

Kirkeby (el jefecillo) sale escopetado junto a Sylvia (su amante) del apartamento de Buxter:

KIRKEBY
¿Dónde vives?

SYLVIA
Ya te lo he dicho…. con mi madre.

KIRKEBY
¿Y dónde vive ella?

SYLVIA
En la calle ciento setenta y nueve… en el Bronx.

KIRKEBY
Muy bien… te acompañaré hasta el metro. 

SYLVIA
Nada de eso. Me pagarás un taxi. 

KIRKEBY
¿Por qué tenéis que vivir todas en el Bronx?

SYLVIA
¿Así que ya has traído aquí a otras chicas?

KIRKEBY
Por supuesto que no. Soy un hombre felizmente casado. 

No hace falta explicar mucho más sobre la opinión que el matrimonio, el amor y sus infinitas formas le merecen a estos dos genios de la escritura de diálogos. 

Volviendo al espejo. En una escena aparentemente sin importancia Baxter encuentra una polvera con un espejo roto en su apartamento. Este le da el objeto al señor Sheldrake, ya que ha sido el último en ocupar su apartamento. Lo que Baxter no sabe es que lo ha ocupado con la persona a la que él ama, Kubelik.

Más adelante, cuando Baxter ya ha sido ascendido y presume orgulloso su nueva posición en la fiesta de Navidad de la empresa será cuando vuelva a aparecer el espejo. Se lo prestará la señorita Kubelik para que éste pueda mirar como le queda el bombín.

Baxter se queda sin palabras y le dice a Kubelik balbuceando que el espejo está roto… Y en un gesto de  Shirley MacLaine que ya valdría por sí solo un Oscar dice: “Ya lo sé. Me gusta así…. así me veo tal como me siento”. 

Y de esta forma Baxter averigua lo que el espectador ya sabía, sin necesidad de verbalizar nada, sin necesidad de un diálogo impostado, solo con un espejo roto. Esto es lo que se llama lenguaje cinematográfico y un ejemplo abrumador de estilo a la hora de afrontar el rodaje de una película. 

 

CÁLLESE Y JUEGUE

Billy Wilder es probablemente uno de los directores que mejor termina sus películas. Así se gestó el final de El apartamento según le contó el propio director a Cameron Crowe: “… no queríamos un beso, no queríamos nada que fuera demasiado tierno. Pero sí teníamos un gran apoyo para la última escena”.

El apoyo al que se refiere el director austriaco son los detalles que Diamond y él habían ido dejando durante el guión para asegurarse un final satisfactorio: la partida de cartas que Baxter y Kubelik dejan incompleta, el detalle de que él estuvo a punto de suicidarse en una ocasión con una pistola pero al no saber usarla se disparó en la rodilla y por último sabemos que el doctor Dreyfuss le había regalado una botella de champán. 

Por cierto, el doctor es un personaje clave que apareció a mitad de la escritura del guión por pura necesidad ya que Diamond y Wilder tenían a Baxter bailando con una mujer cuando de repente ve a la chica a la que ama dormida en su habitación y sin poder despertarla. Fue en ese momento cuando tuvieron que estructurar de nuevo la historia inventándose a un médico que vive en la puerta de al lado. 

Pero volviendo a la partida de cartas, la pistola y la botella de champagne. Ahí tenemos a Kubelik  corriendo hasta el apartamento de Baxter después de darse cuenta que Sheldrake es un cretino. Entonces entra en el portal y sube las escaleras a toda prisa hasta que oye un disparo, ella piensa que esta vez Baxter no se ha disparado en la rodilla y llama como loca a la puerta del apartamento hasta que él abre con la botella de champán en la mano y toda la espuma saliendo… 

Entonces deciden terminar la partida que habían empezado días antes. 

BUD
La quiero, señorita Kubelik

FRAN
Siete… reina.

BUD
¿Ha oído lo que he dicho, señorita Kubelik? Estoy loco por usted.

FRAN
(sonriendo)
¡Cállese y juegue!

Al fin y al cabo la vida nunca es autoconclusiva. Y no sabemos qué pasará con Baxter y la señorita Kubelik. Bueno, sí sabemos algo, que por fin acabarán esa partida de cartas.

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