Por qué ‘Déjame salir’ no debería ganar el Oscar

Problemas raciales y lucha de clases en la nominada que le cae bien a todo el mundo, pero... ¿De verdad se merecería ser la ganadora en los próximos Oscars?

Por - 16 de febrero de 2018

Como cada año, CINEMANÍA inaugura su ciclo de artículos dedicados a dar estopa a todos y cada uno de los títulos nominados al Oscar de mejor película. Ya sabes que también puedes leer nuestra crítica de cada película publicada en el momento del estreno; en este caso, la de Déjame salir la tienes aquí.

Dado que durante las semanas previas a la ceremonia de entrega de premios se tiende a sobrevalorar mediáticamente a las elegidas por la Academia de Hollywood, desde aquí aportamos un contrapeso crítico constructivo (y con cubos de mala baba) para refrenar los entusiasmos. Porque piensa lo siguiente, a ver si no te entran escalofríos: Jason Blum recogiendo un Oscar. El Elon Musk del terror, el Zuckerberg del mal rollo y el Jonathan Ive de los éxitos con cuatro duros, todo en uno, ahí arriba, haciendo historia del cine. Piel de gallina o gallina de piel, lo que prefieras.

Esto podría ocurrir en unos días gracias a una película, Déjame salir. Y desde luego, cuando esa ceremonia de coronación tuviera lugar en lo más alto del Dolby Theatre y Blum dejara de ser el indie rebelde para ser el nuevo Rey de Hollywood, una reflexión ocuparía casi todos los titulares: que ha ganado el Oscar una película sobre la cuestión racial y la experiencia afroamericana.

¿Habría algo de malo en eso? No, por supuesto que no. Hablar sobre un algo tan relevante para las vidas de millones de personas es todavía más importante que el que una película esté bien rodada, contada o interpretada. De hecho, hace unos años se le dio el Oscar a 12 años de esclavitud, una cinta en la que, literalmente, asomaba el productor en el último tercio para solucionar el drama del protagonista. ¿Hubo algún problema en aquel momento? Claro que no.

¿Entonces? ¿Lo hay aquí? Pues sí, porque quizá, por mucho que nos empeñemos (y nos empeñen), esta especie de relectura del Society de Brian Yuzna con secundarios sacados de descartes de Woody Allen NO ES UNA PELÍCULA SOBRE LA CUESTIÓN RACIAL.

Sí, vamos a repetirlo en grande. ATENTO:

No es una película sobre la cuestión racial

Vale, por muy grande que lo hayamos puesto, hay que reconocer que es mentira. Al menos en parte… Déjame salir empieza siendo eso o al menos lo parece, planteando un montón de ideas y situaciones; desde el policía que pide el carné al afroamericano, a ese secundario cómico obsesionado con el tema. Lo que pasa es que cuando la aventura del protagonista da su triple salto mortal y desciende a los personajes al subsuelo, se convierte en otra cosa: la historia de unos tipos más malos que la quina cuyo objetivo es habitar dentro del cuerpo de otros. De hecho, aquel que quiere ocupar el del protagonista dice bien claro que lo de la cuestión étnica es un rollo que le da bastante igual, que a él lo que se le ha antojado es el talento como fotógrafo del personaje .

Bueno, paremos un momento. Aquí alguien podría llamarme al orden y decirme que no, que lo que pasa es que todo eso es una metáfora, una alegoría, una imagen o lo que sea, y que saltando esa fina línea que separa algunos libros sobre guión de los volúmenes de antropología, conviene observar la metáfora con la mente abierta (esto, más o menos es de Joseph Campbell) y en una especie de Mindfullness du Cinéma (esto ya es mío), ser amable con ella y no juzgarla.

Y desde luego que tendría razón. De hecho, algunas de las mejores metáforas son aquellas que no pueden reducirse a la suma de sus elementos, pero… este no es el caso. No lo es porque NO PODEMOS TENER UNA PELÍCULA SOBRE LA CUESTIÓN RACIAL EN LA QUE A LOS RACISTAS NO LES IMPORTA CAMBIARSE DE RAZA.

Eso sí que no tiene pies ni cabeza.

Y es que aquí hay trampa toda la que quieras

Aclaremos que nada de lo dicho antes hace que Déjame salir deje de ser una película estupenda y posiblemente, como Society, lo que sea es una reflexión sobre la lucha de clases, o incluso sobre lo duro que es conocer a los padres de tu pareja, o a lo mejor, en un alarde de me-paso-de-frenada-para-ver-lo-que-quiero-ver, una denuncia de lo tiquismiquis que son algunos votantes del Partido Demócrata. Pero al menos, darnos cuenta de esto nos sirve para recordar todo lo que de artificio y trampa hay en la película de Jordan Peele.

De hecho, no olvidemos que a los diez minutos de empezar Déjame salir ya tenemos al protagonista MIRANDO CON CARA DE PENA A UN ANIMAL ATROPELLADO, lo cual, por decirlo suave, es un recurso un poco de saldo para una película que aspira al Oscar.

Si no sabes cómo contarlo, mete un vídeo explicativo

Y si no podemos saltarnos esa escena con el ciervo y los ojos de cordero degollado del prota, tampoco olvidemos que, en su requiebro final, Peele mete una serie de vídeos para explicarnos de golpe y sin preocuparse mucho por la sutileza, de qué va la historia que estamos viendo. Todo a cuarenta minutos del final, que ya va siendo hora.

En su descargo diremos que es verdad que lo hace con una argucia tan inteligente como es saltar al punto vista de su personaje cómico y alternarlo con esa “bajada de información” tan abracadabrante… Y es que todo, “con risa”, es siempre más fácil de digerir .

Es más, seguro que esa jugada es uno de los motivos por los que tiene un guion tan premiado como arriesgado y es de agradecer que todavía quede un terreno en el que las películas puedan hacer ese tipo de experimentos. Pero tampoco nos pasemos con las alabanzas, no sea que olvidemos que ese también es el truco definitivo que evita que hagamos lo que el personaje protagonista quiere hacer durante un par de secuencias: levantarnos del sofá, apagar la tele y salir corriendo.

Un momento, es que me he perdido con lo de Society

Es verdad, hemos tirado la piedra por dos veces y hemos escondido la mano otras tantas. Un poco de historia: en 1989, un cineasta filipino llamado Brian Yuzna, alguien destinado a llenar de gloria (y rojo, mucho rojo) las páginas de Fangoria y Rue Morgue, debutaba en esto del cine con Society, una película sobre un chico de la altísima sociedad que descubre que no es más que una cobaya que sus adinerados padres han criado para (toma spoiler) comérselo.

No es, desde luego, lo mismo que la producción de Blumhouse -aunque si le metes lo de los secundarios descartados de Maridos y mujeres y Delitos y faltas, la cosa empieza a coger forma- pero se parece bastante, con lo que la idea detrás de la película ni es tan novedosa como se nos ha hecho creer, ni hay fan del género que mientras está viendo Déjame salir no haya algún momento en el que no se acuerde del pobre Yuzna, cineasta que siempre ha merecido una suerte más acorde a su talento y alguien que, desde luego, jamás tuvo posibilidad de llevarse un Oscar.

Resumiendo, Déjame salir es algo más que una buena película: es una cinta tan brillante que aun con unos referentes tan enterrados como Society, ha terminado por meterse en la pelea final por el Oscar (lo cual es alucinante) y su director, Jordan Peele, un tipo tan interesante que ya tenemos ganas de ver su Dimensión desconocida. Pero Déjame salir también es la obra cumbre de un genio del marketing como es Jason Blum, tan capaz de crear un nuevo modelo de producción como de colarnos sin mucho miramiento cualquier trampa.

¿Y de verdad, eso, un cúmulo de trampas, es lo que nos gustaría que ganara un Oscar?

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