Por qué ‘Brooklyn’ no debería ganar el Oscar

Estos son los motivos por los que creemos que Saoirse Ronan nunca debería haber zarpado de Irlanda.

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21 de febrero de 2016

Continuamos con nuestro ciclo de artículos más polémicos de la temporada de premios. Ayer le tocó recibir a El puente de los espías, pues porque la mejor película de espías que hay es otra, porque Spielberg ya no es tan audaz como en sus comienzos, porque la época dorada de Tom Hanks pasó hace mucho tiempo y porque a nadie le gusta que le machaquen con subrayados patrióticos. Hoy es el momento de Brooklyn, que es una de esas cintas que se cuelan entre las nominadas a mejor película sin hacer mucho ruido, pero ahí está con tres nominaciones a película, guión adaptado y actriz. Es altamente improbable que ocurra pero si Brooklyn ganara, aparte de una graciosísima sorpresa reflejada en la cara desencajada de Alejandro González Iñárritu, sería una terrible injusticia cinematográfica. A continuación, las razones:

Qué bonito es inmigrar (si eres blanco)

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Eilis Lacey (Saoise Ronan) se marcha de Irlanda y se va a América, concretamente a Brooklyn. Allí una casera conservadora pero entrañable y unas compañeras picaronas y traviesas la ayudan a curar la añoranza por su patria, aunque al final es un fontanero italoamericano del que se enamora quien consigue que Lacey se sienta como en casa. El amor, ya se sabe. La historia es tan edulcorada y todo lo bueno ocurre con tanta facilidad que cualquiera puede pensar que su abuelo o abuela inmigrante lo pasó estupendamente, que vivió un montón de aventuras románticas en un viaje prometedor hacia el gran sueño americano. Evidentemente esto no siempre es así, y no es por ponernos cínicos, pero la inmigración hacia el continente americano ya la ha contado Elia Kazan en America, America de forma más cruda y realista. Brooklyn aporta ya muy poco. Y claro, este almibarado viaje de Lacey ocurre como ocurre porque es una joven pelirroja encantadora, con la cara más morena la cosa cambiaría. Clint Eastwood se ocupó hace poco de tocar el asunto en la portentosa Gran Torino.

Un triángulo amoroso, qué novedad

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Entonces quedamos que como retrato sobre la inmigración en los 50 Brooklyn carece de fuerza y de verdad. Pero Brooklyn es más cosas, la película de John Crowley es sobre todo una historia de amor intensa y agridulce, bonita y terriblemente convencional. Es un romance tan plano el que viven ese fontanero de pantalones manchados (que parecen más un adorable atrezzo decorativo que la imagen de la dura vida del inmigrante) y la entrañable irlandesa que quiere ser contable que la película necesita de un tercero amante en discordia, interpretado fantásticamente por Domhnall Gleeson, por cierto. Y ya tenemos el trío amoroso, el recurso romántico que sagas como Crepúsculo, Los juegos del hambre o El diario de Bridget Jones han conseguido que aborrezcamos. ¿Por qué ya no sirve la historia de amor unilateral si le funcionó tan bien a David O. Russell en El lado bueno de las cosas (el último drama romántico de Oscar)?

Un director que carece de ambición

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Siendo justos Brooklyn es una película con muchas posibilidades: en los años 50 la historia de EE. UU. iba a dar un giro de 180º grados, la historia de los primeros inmigrantes que llegaron a América (sus penurias y su importantísima aportación a la nación) están ligeramente presentes, el drama romántico de la película se basa en un terrible dilema en el que conviven el amor, la amistad, la familia y la maravillosa sensación de sentir que se pertenece a un lugar en el mundo… Y sin embargo John Crowley hace que estas posibilidades de conseguir una cinta más compleja, más viva, más cruda, más emocionante se pierda para siempre. Su corta ambición le impide transgredir el dulzor de lo políticamente correcto. Si esta película ganara el Oscar, significaría que hemos retrocedido en el tiempo unas cuantas décadas.

El amor sin conflicto no es amor

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Esto es de primero de contar historias de amor. ¿Hay algo más soso que una historia de amor sin conflicto? ¿Hay algo más anodino que un chico que se enamora de una chica y que todo sea superperfecto y que no vivan ni un solo problema (tanto externo como interno) que provoque algo de inquietud en el espectador? Vale, esto solo es así hasta el regreso de Lacey a Irlanda. Ahí se supone que la obra de Colm Toibin pone toda la carne en el asador, ella tiene un dilema importante y tiene que elegir. Y en esta parte de la película el espectador debe estar con un nudo en la garganta. Sin embargo, Crowley consigue llevarte de la mano a través de escenas bonitas, iluminadas en todos los sentidos por gente buena que hace cosas buenas y al final el conflicto se diluye por un encantamiento delicado y absolutamente carente de obstáculos que consigue que se pierda el interés por la elección final. Cualquiera vale, todo el mundo es bueno, el espectador no se posiciona y por tanto reacciona sin demasiada emoción al clímax (si es que hay un clímax).

¿Dónde te has metido Hornby?

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Hay dos cosas que son buenas de Brooklyn, dos cosas rotunda y objetivamente maravillosas. La primera es la interpretación de Saoirse Ronan, que apenas habla, que en la mayor parte de la película actúa con los gestos, y qué gestos… Una maravilla. La segunda es la interpretación del joven Emory Coehn, el italoamericano fontanero que roba el corazón de Saoirse y el de todos los espectadores, una mezcla entre Marlon Brando y Robert DeNiro que arrebata. Y ya. Sin embargo, hay otro motivo por el que Brooklyn debería ser más grande de lo que es: Nick Hornby. El autor de Alta fidelidad, y el guionista de An Education es también el guionista de Brooklyn, un libreto por el que está nominado pero que no es ni la mitad de bueno de lo que son sus anteriores obras. A Brooklyn le sobra dulzura y le falta mucho sentido del humor, le falta algo de mala baba, incorreción política, le falta agudeza y tensión. Entendemos que la intención de Hornby es construir una entrañable cápsula del tiempo, pero eso no significa desaprovechar su punzante talento en la escritura.

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