Por qué ‘Birdman’ no debería ganar el Oscar

Seguimos buscándole tres pies al gato. En este caso, al pajarraco de Iñárritu, en un filme que recicla lo que critica

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21 de febrero de 2015

De las ocho candidatas al Oscar Birdman es la que más nominaciones acumula (nueve) junto a El gran hotel Budapest. Con la peli de Wes Anderson comparte a uno de sus actores: Edward Norton. Otro experimento visual (algo que le acerca a Boyhood), que se las tendrá que ver con dos películas biopics La teoría del todo y Selma. A pesar de las probabilidades, el pájaro de Iñárritu vuelta alto, tan alto, que se quema por el sol. Éstas son las cinco razones por las que Birdman no merece el Oscar.

Mejor director puede, pero… cuidado con Boyhood

Birdman ha sido la favorita en los premios profesionales (todo queda en casa): del sindicato de directores (DGA), del de los productores (PGA) y (mejor reparto) del de los actores (los SAG Awards).  La razón matemática por la que podría llevarse el Oscar es porque los últimos siete filmes triunfadores de los PGA lo hicieron. Pero, por lo demás, tiene todas las de perder. Porque Boyhood lo ha petado en los Globos de Oro (Birdman se llevó guión y actor, Michael Keaton) y en los BAFTA (Birdman rascó sólo mejor fotografía). Habrá que estar atento a los Independent Spirit, un día antes de los Oscar. ¿Os acordáis de Gravity?  Con 10 nominaciones al Oscar (una más que Birdman), no ganó como mejor película el año pasado, sí Alfonso Cuarón como director. Su talón de Aquiles fue el dramón racial 12 años de esclavitud. En esta edición, podría repetirse la canción: otro mexicano, Alejandro G. Iñárritu, se enfrenta a otros 12 años, los que transcurren en Boyhood, la cinta de Richard Linklater. Extraña casualidad y ya sabéis que las casualidades no existen.

 

Michael Keaton gana a Birdman

¿Es un pájaro, es un avión…? ¡No! ¡Es Michael Keaton! Los pósters honestos de College Humor dan en el clavo one more time. Pero no ha sido Tarantino, amante de las segundas oportunidades, el que ha resucitado a Michael Keaton a los 63 años. Lo ha hecho Iñárritu, contra todo pronóstico, en un filme metareferencial que se aleja de su cine habitual. Algo que más que asombrar, mosquea. La broma entre el personaje y el actor alimenta la interpretación de Keaton, sin duda. Y gana el actor frente al personaje. Riggan, dice en la película, lleva sin hacer de Birdman desde 1992, el mismo año en el que Keaton protagonizó Batman vuelve (su último superhéroe, él que inauguró la saga en 1989). Es genial que Keaton haya confesado que Riggan es el personaje más difícil que ha interpretado o que es el que menos se parece a él (¿menos que Bitelchús?). Pero una gran actuación (recordemos al Matthew McConaughey de Dallas Buyers Club) no hace grande una película.

 

Todo está megacalculado, demasiado

El dichoso muñequito del pájaro para el merchandising viene a coronar un estudio minucioso del producto (a vender) Birdman. Los títulos están inspirados en Jean Luc Godard, a sus filmes Made in USA (1966) y Pierrot el loco (1965). Esto es como muy cool. Riggan habla de George Clooney, el actor que protagonizó Batman y Robin (1997), y Robert Downey Jr. aparece en un telediario como Iron Man. ¿Por qué están ahí? Porque son superhéroes de taquilla capaces de alternar personajes dispares, unos afortunados. ¿Por qué podríamos pensar que están ahí? Porque son unos pesos pesados del cine, ésos que harán alguna broma al respecto si les dan un micro. Los guiños a los actores de reparto, ésa es otra, para que todo quede redondo y la crítica se haga pis encima. El beso entre Naomi Watts y Andrea Riseborough remite a Mullholland Drive (2001), donde la Watts subió un peldaño en su prestigio profesional. Hasta Riggan parece sufrir el mismo desorden que Edward Norton en El club de la lucha (1999). Riggan es como Macbeth y Birdman, su álter ego (una Lady Macbeth), animándole a hacer y deshacer. Hasta el tipo de la acera recita Macbeth cuando Riggan sale del bar. Los adornos, geniales, pero no hay nada peor que deshacer el reluciente lazo y encontrarte con un regalo que no está a la altura. Menos mal que al final de la peli no sale Johnny Depp…

 

El montaje tan chachi tiene trampa

La secuencia en la que Riggan va en calzoncillos por Times Square es de esas escenas de las que todo el mundo habla. Impactante. Nominado al Oscar en 2007 por Babel (película y director), Iñárritu ya conoce lo que funciona en Hollywood. ESTO funciona. También forjar la leyenda de ese estilo peculiar al rodar hasta 15 páginas de diálogo a la vez, mientras se sigue una coreografía de movimientos por el teatro Broadway St. James. Dos meses, con ensayos incluidos. Que si son largas tomas ininterrumpidas. Que si el director de fotografía, Chivo Lubezki (El árbol de la vida) es perfeccionista. En realidad, hay 16 cortes visibles durante la película. Birdman, en efecto, es una ilusión, aunque que el truco se vea nada tiene que ver con el realismo mágico del que presume. Así que, resumiendo…

 

Dame pan y llámame tonto

“El ego es un tirano”, comenta el mexicano en sus entrevistas. Pero si Birdman es una sátira sobre el ego de los actores, la obsesión por los héroes, la fama, el prestigio… ¿por qué es exactamente el héroe –aquí, villano– y no el personaje, lo que más nos atrae como espectadores? Redundante y con lugares comunes en el contenido, Birdman sorprende con el continente, cuando vemos al pajarraco con esa voz apabullante, cuando Riggan levita o vuela (como en el póster oficial), cuando acaba y nos preguntamos: ¿qué, cómor, qué ha pasao? Iñárritu construye una historia sobre el amor, sobre el sentido de la vida, habitual en él, pero con un envoltorio que confunde. Critica la pirotecnia hollywoodense, pero reutiliza su mismo artificio. Se aleja del blockbuster con el teatrillo borrachil y la azotea peligrosa, pero son los toques surrealistas los que atrapan, más que la historia en sí misma. No compensa que ponga toda la carne en el asador, si se recrea en el patetismo, aunque los personajes sean complejos. La inesperada virtud de la ignorancia es el subtítulo de Birdman y también, aunque no lo confiese nunca, una suerte de sentimiento fugaz. Hollywood tal vez no le perdone la osadía.

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