Poniendo paz entre Stephen King y Stanley Kubrick: ‘Doctor Sueño’ y la adaptación imposible

Mike Flanagan se propuso fundir los legados de 'El resplandor' fílmico y literario haciendo justicia a ambas obras, y eso es justo lo que ha logrado.

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02 de noviembre de 2019

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE EL RESPLANDORDOCTOR SUEÑO]

“Entre nosotros, El resplandor no forma parte de la gran literatura. Por eso es fácil tener pocos escrúpulos en destrozarla; una es consciente de que no se está echando a perder una gran obra de arte”.

Así despachaba Diane Johnson la novela que Stephen King publicó en 1977, cuya adaptación la propia Johnson escribiría en compañía de Stanley Kubrick tres años después. El legendario realizador, ya en una fase avanzada de su carrera, pensó que tras el fracaso económico que había supuesto Barry Lyndon era buena idea probar suerte con el terror, y en este empeño nada como recurrir a la obra del tal King, que por entonces había conseguido éxitos de la talla de Carrie, El misterio de Salem’s Lot La zona muerta.

Kubrick tenía una opinión bastante más positiva que su compañera sobre el manuscrito, pero eso no le impidió utilizar El resplandor como un mero punto de partida. Un esqueleto argumental al que cubrir de su propia imaginería y en base al cual ensayar nuevos trucos. Para el cineasta norteamericano, el terror era un campo de juegos que transitaba por vez primera, y en esta coyuntura la historia que tan cuidadosamente había pergeñado King acogía más condición de excusa que de otra cosa.

Ahora bien, ¿por qué King odió de tal forma la película resultante, cuando posteriormente se hubieron de realizar adaptaciones mucho peores, y esta primera fue adquiriendo además la condición de cumbre del género? Básicamente, porque la historia de El resplandor era demasiado personal. En su escritura, Su Majestad de Maine volcó todas las inquietudes que le atenazaban a finales de los 70, desde el alcoholismo hasta el miedo a perder el control y hacer daño a su familia. Inquietudes que a Kubrick nunca le importaron gran cosa.

De ahí venía su odio, y sobre este odio debía trabajar Mike Flanagan.

El reto de Flanagan

En los 39 años que han mediado entre El resplandor y la adaptación de Doctor Sueño que recientemente llegaba a las carteleras, King ha mostrado en numerosas ocasiones el desprecio que le inspira la película de Kubrick. De hecho, ha ido aumentando paulatinamente lo laborioso de sus exabruptos, como hace tres años dejó claro vía Deadline al definir el film de Jack Nicholson como “una película preciosa, pero parecida a un Cadillac grande y bonito que no tiene motor en su interior”.

Estas declaraciones (bastante fáciles de suscribir por mucho que admires la capacidad sugestiva de la obra de Kubrick) no tenían un tono muy distinto a las quejas que ya lanzara en los años 80. ¿Cuál era la diferencia fundamental? Que el estatus de King dentro de la cultura había cambiado radicalmente. Cuando se estrenó El resplandor este era considerado un mero escritor de best sellers, que en opinión de las élites debía sentirse afortunado de que un astro como Kubrick hubiera siquiera pensado en él.

Un año después de su llegada a los cines King publicó Danza macabra, un monumental ensayo donde no sólo arremetía contra los prejucios de la crítica hacia la ficción de terror, sino que además mostraba tener una visión formidablemente amplia del género. Fue la primera piedra del camino que acabó por erigirle como una de las mentes imprescindibles de la literatura contemporánea. Impulsado también, todo hay que decirlo, por un caudal interminable de cineastas que siguieron inspirándose en su obra.

En la actualidad apenas quedan novelas de King por adaptarse al audiovisual, y su prosa sigue sirviendo de base para ambiciosas propuestas de terror como el díptico de It, Castle Rocklas inminentes series de ApocalipsisEl visitante… o buena parte de la carrera de Mike Flanagan. Este director nunca ha disimulado la influencia del autor de Maine en su obra, esté directamente inspirada en ella (El juego de Geraldo no (Oculus, La maldición de Hill House), y por eso no había mejor candidato para dirigir Doctor Sueño.

Lo que no quiere decir que la tarea fuera fácil. Stephen King publicó Doctor Sueño en 2013 como una secuela tardía de su famosa novela, pero en todo momento la concibió como una forma de defecar sobre el legado de Stanley Kubrick. De forma similar a la adaptación televisiva de El resplandor que él mismo guionizó, Doctor Sueño descartaba cualquier vínculo con el film de 1980. Y, de forma similar a la adaptación televisiva de El resplandor que él mismo guionizó, el resultado no estuvo a la altura de otros logros. Por decirlo de forma diplomática.

Aún así Flanagan se empeñó en adaptarla, y quiso también complicarse la vida. Tan amante de El resplandor kubrickiano como Warner Bros. (la más interesada en sacarle provecho a su marca), el director norteamericano anunció que su Doctor Sueño serviría de secuela tanto para la novela de El resplandor como para la película así titulada. Y que, además, había conseguido convencer a King de que algo así podría funcionar.

Y sí, lo cierto es que lo hace.

En busca de la fidelidad

Mike Flanagan posee tan buena consideración dentro del fandom de King debido no sólo a la gran comprensión que tiende con sus temas, sino también al apego con el que respeta la palabra escrita. No puede, por tanto, haber un director más distinto a Kubrick, como tampoco alguien que a primera vista pudiera venirle peor a una historia como la de Doctor Sueño.

Y es que, si lo que se pretende hacer es una buena película, adaptar fielmente dicha novela no es lo más aconsejable. Doctor Sueño es una obra irregular, que combina pasajes enormemente acertados con otros que aglutinan lo peor del estilo King (soluciones argumentales improvisadas, clímax abruptos tendentes a la confusión), y la primera buena decisión que toma Flanagan es quedarse con los primeros, traduciendo de forma primorosa toda la parte inicial del libro, que encuentra a un Dan Torrance adulto (Ewan McGregor) luchando contra su alcoholismo.

Si en la novela funcionaba tan bien todo este drama era por razones similares a aquéllas que hacen de El resplandor una obra (literaria) tan estremecedora: King estaba hablando de lo que conocía. En concreto, de un lento proceso de rehabilitación espoleado no sólo por los traumas del pasado (al fin y al cabo encuentra una forma de combatir a los fantasmas del Overlook en las páginas iniciales del libro), sino por los errores propios cometidos ya como adulto, que acercan al protagonista a la sombría figura del padre muerto.

Doctor Sueño recrea toda esta parte con un nivel tal de literalidad que puede dar la sensación de que la película tarda cerca de una hora en arrancar (como efectivamente ocurre), pero es que Flanagan es consciente de que dicho tramo supone el corazón de lo que quería hacer King, y no desea traicionarle.

A cambio, se las ingenia para acrecentar el interés de sus elementos menos inspirados, logrando que el Nudo Verdadero sea terrorífico (nada mejor para ello que matar a Jacob Tremblay, AKA el hijo de América), que los duelos telepáticos se ofrezcan visualmente interesantes, y que la labor de Danny en el hospital asistiendo a moribundos refuerce el tono melancólico de la trama.

Flanagan no se la juega demasiado en estos compases, atendiendo a la deuda King casi con total exclusividad. De vez en cuando gusta de establecer rimas superficiales con el film de Kubrick (como en lo que se refiere a los rótulos, a la banda sonora o a ciertas elecciones de plano), pero es consciente de que aquí juega en casa y puede limitarse a hacer lo que mejor se le da: dejar contento al señor de Maine para que no le eche encima a su perra Molly.

Obviamente, es en el momento en que la trama ha de desplazarse al Overlook cuando Flanagan y el guionista Akiva Goldsman recuerdan que esto era una secuela del clásico de Kubrick, y han de empezar a hacer algo más que seguir religiosamente el universo literario. Más que nada, porque en el cinematográfico este hotel aún está en pie, y hay que aprovecharlo.

Bienvenidos al Overlook

Desde el punto de vista de la tradición del género, una de las cosas más interesantes que hace Flanagan (amparado en este caso por la novela) es devolver el terror contra los enemigos que persiguen a Danny y a Abra (Kyliegh Curran). Este duelo de voluntades, donde cada bando va desarrollando artimañas para jugar con la mente del enemigo, llega a un punto límite cuando a Danny se le ocurre que la mejor forma de acabar con Rose la Chistera (espléndida Rebecca Ferguson) es atraerla hacia el Overlook, y utilizar la naturaleza del hotel para destruirla.

Esto, también, ocurre más o menos en el libro. Sin embargo, en él ya no existe el Overlook, sino el páramo donde este reposaba antes de que los desencuentros de la familia Torrance lo hicieran volar por los aires. Un edificio vacío que Flanagan puede aprovechar para iniciar su proceso de vampirización, calcando planos, escenas y banda sonora para terminar de conectar (de forma bastante ruidosa, todo sea dicho) el imaginario de Kubrick con el de King, que hasta ahora se había seguido a rajatabla.

Sin embargo, no nos hallamos ante un festín nostálgico del tipo Ready Player One, que empleara Steven Spielberg para homenajear el legado de Kubrick el año pasado. Al contrario. Flanagan aquí opera siendo consciente de cómo se ha articulado el recuerdo cinéfilo en torno a El resplandor, ¿y qué nos viene a la cabeza a todos cuando pensamos en la película de El resplandor? Música, imágenes, misterio. Estímulos y sensaciones, antes que narrativa.

Por eso Doctor Sueño aprovecha el envoltorio de El resplandor no sólo para generar en el espectador una agradable sensación de familiaridad, sino también para seguir enmarcando la historia que cuenta sin que dicho envoltorio la devore. No hay mejor ejemplo en este sentido que la escena que reúne a Dan frente a su padre al otro lado de la barra, con un sorprendente Henry Thomas sustituyendo a Jack Nicholson. El diálogo que entonces mantienen, donde hablan de alcoholismo, maltrato y remordimiento, es por sí solo una adaptación mejor de King que todo lo que Kubrick hizo en 1980. Conservando, además, la apabullante escenografía de este.

Lo que ocurre a posteriori se ajusta punto por punto a la primaria visión autoral. Doctor Sueño deja de ser entonces Doctor Sueño para convertirse en El resplandor cinematográfico que a King le hubiera gustado ver, haciéndose eco de otras palabras que este tuvo a bien dedicarle a la película: “El libro es caliente y la película es fría. El libro acaba en fuego y la película en hielo”, defendió el escritor, aludiendo a una falta de humanidad en El resplandor que tenía bastante sentido porque, bueno, pocos había que despreciaran a la humanidad con una inquina mayor que Kubrick.

Y, esta vez, El resplandor acaba en fuego. Al final de Doctor Sueño, una vez Danny se da cuenta de que el poder del Overlook no ha perdido pregnancia, este desvela su plan: nunca fue su intención conducir a Rose la Chistera allí para acabar con su vida. No sólo. Danny volvió porque quería acabar con el mal de una vez por todas, sabiendo que él ya había encontrado la paz (tanto en lo relativo a su adicción como al providencial encuentro con una persona a la que amar y proteger), y por eso planeó desde el primer momento destruirlo.

¿Cómo? Con la caldera. Exactamente igual que sucedía en la novela publicada en 1977. Y así Doctor Sueño pudo saldar una deuda proyectada a lo largo de 39 años, haciendo justicia a la obra original… al tiempo que traicionaba a la propia novela de Doctor Sueño, donde Danny acaba vivo y concluye satisfactoriamente su rehabilitación.

El toque King

Por supuesto, no es la primera de las traiciones que sufre Doctor Sueño en su adaptación. Antes, la necesidad de continuar la estela de Kubrick ha desembocado en que la charla que Danny tiene al principio con Dick Hallorann sea, por fuerza y dado que este personaje está muerto en el cine, de origen sobrenatural. Y Flanagan ha optado tanto por eliminar personajes y deshacerse de subtramas perfectamente prescindibles, como aquélla que implicaba que el parentesco entre Danny y Abra era más estrecho de lo que parecía.

Pero lo de Danny duele. Duele que el protagonista deba morir para saldar la deuda, y que le arrebaten así el final feliz que a todas luces merecía. Doctor Sueño es una película agridulce, mucho más que lo descrito en el libro del que parte. La mirada de Flanagan no es muy distinta a la que proyectaba al final de La maldición de Hill House, si bien en este caso deja unos cuantos regalos a cambio. Unas cuantas razones que invitan al optimismo, y que van más allá de la rehabilitación felizmente consumada del protagonista.

Doctor Sueño no sólo tiene la misión de adaptar a King, sino de restablecer un orden. Un orden que, a juicio de Flanagan, fue mancillado cuando un misántropo genial como Stanley Kubrick puso sus manos sobre la novela más triste que había escrito nunca el autor de Maine, y la llenó de cinismo y desconfianza hacia el ser humano. Un orden en el que Flanagan, por muy amargas y meditabundas que sean sus películas, cree profundamente. Con total convicción.

La última película del director de Oculus confía en el ser humano, y confía en la capacidad de la fantasía tanto para trastocar sus designios como para ayudarlo y hacerle mejor. Un discurso eminentemente escapista que Flanagan adorna con referencias puntuales al Kingverso (ese ka que gracias a La torre oscura supimos que vela por el orden del cosmos), pero que sobre todo remata en la escena de cierre.

Donde, con ecos inconfundibles a M. Night Shyamalan (autor que tiene con King muchas más cosas en común de lo que parece), Abra le anuncia a su madre que hay algo más allá. A lo que esta se limita a contestar “bien”. Me alegro de saberlo. Nos alegramos de saberlo. Por eso nos alegramos de tener a Stephen King en el mundo, y de que Doctor Sueño haya hecho justicia a su memoria.

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