Peter Weir: “Netflix es televisión, algo que ves en el salón de tu casa”

Aprovechamos la visita a Madrid del director de 'Master and Commander' para hablar con él de cine, Netflix y cuentos para niños.

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17 de octubre de 2019

Peter Weir, director de Único testigo, El show de Truman, El club de los poetas muertos, Master and Commander y otras películas cruciales, conoce una palabra en español. Y esa palabra es “autoestop”: durante su primera visita a nuestro país (en 1965, cuando tenía 21 años), el futuro cineasta se desplazó haciendo dedo por las carreteras preconstitucionales. “Había una chica en el tren que me gustaba mucho”, recuerda con una sonrisa antes de evocar lo que describe como “un momento extraño”. “Me impresionaron mucho esos policías tan terroríficos de la estación, con sus sombreros y sus subfusiles, y también los militares en las calles, con sus cascos alemanes. Pero vosotros [por los periodistas] seguramente no habríais nacido por entonces”.

Tal vez ese choque de culturas se haya hecho notar (un poquito) en la filmografía de Weir. El director, que asiste a una retrospectiva de su obra en la Filmoteca Española, ha abordado temas como el choque de culturas y la indefensión del ser humano ante la naturaleza. Sin ir más lejos, La última ola (1977) resulta de lo más inquietante a la luz de los recientes titulares sobre el cambio climático. “Tengo tanto miedo como cualquiera”, explica.

“En La última ola, específicamente, trabajé con tribus aborígenes, algo que entonces era difícil y ahora sería casi imposible. Teníamos a Nandjiwarra Amagula como el anciano y a un actor más joven [David Gulpilil]. Ellos se sentían muy cerca de la naturaleza y eso, para mí, fue una puerta de entrada a esa percepción del mundo”. Una percepción, indica, muy fácil de adoptar para un australiano: “En Australia somos europeos rediseñados. No tenemos apenas historia, ni galerías de arte como las que hay en Europa, ni guerras, ni revoluciones. Así que la naturaleza se convirtió en mi galería de arte: era magnífico, porque yo vivía cerca del mar y podía ir a nadar, a hacer pesca submarina… Era inevitable que usara todo eso en mis primeras películas”.

Esa también es la causa, añade, de su preferencia por protagonistas outsiders, fuera de lugar o alienados del mundo. “Los estadounidenses son mucho más nostálgicos que nosotros acerca de sus orígenes, sean estos irlandeses, polacos… pero en Australia no somos así. Recuerdo algo que me decía mi padre: ‘Hijo, no hagas preguntas, porque es de mala educación’. Entonces me di cuenta de que somos una nación de exconvictos. Por eso, cuando alguien iba a tu casa, no le hacías preguntas, porque eso le resultaría vergonzoso”. “La primera vez que vine a Europa –que fue en barco, lo cual está muy bien porque te hace consciente de la distancia que nos separa– pensé que aquí estaban mis orígenes”, añade. Y remacha: “Nunca me he sentido en casa en Australia. Tal vez ahora sí, pero de joven, en absoluto”.

Cuando le preguntan si se definiría como un director humanista, Weir no lo tiene claro. “La razón por la que elijo hacer una determinada película es un misterio para mí. Es un instinto”, señala. “Cuando digo ‘no’ a un proyecto, a veces acaba obsesionándome y haciéndome pensar: ‘Dios, tengo que hacerlo’. Pero lo que me atrae es siempre la experiencia humana de la vida, y eso es una categoría amplísima. Supongo que cuando haces una película estás en una especie de trance: cuando todo se ha acabado es cuando te preguntas ‘¿Qué ha pasado aquí?”. El cineasta recuerda entonces una frase de Ingmar Bergman: “Hacer una película es como disparar una flecha en el bosque a un blanco imaginario. Entonces vas a buscarla y compruebas si lo has alcanzado o no”.

Peter Weir puede ser muchas cosas, pero desde luego no es prolífico. Su primer largo, Homesdale, se estrenó en 1971, y desde entonces solo ha firmado 13 películas. Cuando alguien se lo recuerda, se ríe: “¡Podrían haber sido seis!”. “Hacer películas es como esquiar”, prosigue. “Si tienes buen sentido del equilibrio y un buen profesor, podrás hacerlo bien, pero si quieres esquiar como un atleta olímpico… eso es otra cosa. Yo aprendí a esquiar, y entonces me di cuenta de que quería esquiar como un campeón. A ver, la analogía es ridícula, pero quería hacer películas sobre cosas que me intrigaran. Lo demás… pues era hacer películas de acción, de policías, y eso no me interesaba. Cuando hablo con estudiantes de cine, les digo: ‘La cámara es como una pistola cargada. No la toques si no estás dispuesto a disparar”.

Aunque el cine de Peter Weir está todo lo alejado de Little Italy que uno pueda imaginar, el nombre de Martin Scorsese sale a colación en la charla. Se trata, claro, de las famosas declaraciones sobre Marvel del director de Uno de los nuestros. ¿Qué opina sobre ellas el cineasta australiano? “Creo que el público ha cambiado, y para entender ese cambio tienes que fijarte en la fuente antes que en el resultado. La gente joven en Occidente buscan estímulos en otros lugares y no tienen el hábito de ir habitualmente al cine”. Hablando de esto, Weir cuenta una anécdota: “Un día, un fontanero vino a mi casa y me dijo: ‘Me pusieron una película de usted en el colegio’. Era El club de los poetas muertos. Le pregunté que qué le había parecido, y me respondió: ‘La primera vez me encantó, pero después la odié porque tenía que estudiármela para el examen”.

Así pues, Weir desconfía de los empeños por convertir el cine en ‘alta cultura’: “En el instituto tuve que estudiar a Shakespeare hasta la saciedad, y después me costó años poder leerle sin pensar en el profesor haciendo ‘bla, bla, bla”. Ahora que todos tenemos “esas teles tan enormes, y Netflix, etcétera”, prosigue, los grandes estrenos se han convertido en “acontecimientos”.

“Fíjate en Joker: está de moda, todo el mundo va a verla”, afirma. “En un panorama así, las películas son, o bien acontecimientos, o bien material para el circuito de festivales. En medio no hay nada, es un desierto. Y si eres un director joven y vas a festivales, ¿de qué vas a vivir? Te pagarán poquísimo. Así que seguramente acabarás trabajando en televisión”. Porque para el director, precisa, el vídeo bajo demanda “sigue siendo televisión, algo que ves en el salón de tu casa, sin salir fuera”. “No digo que no se estén haciendo cosas buenas –puntualiza– pero la experiencia es totalmente distinta.

“No soy nostálgico por naturaleza”, añade Weir. “Pero lamento estos cambios en el sentido de que la gente joven no conocerá los placeres de ir al cine en salas. Pero, como todo cambia, uno tiene que aceptarlo y aprovecharlo en lo que pueda, buscando sus experiencias artísticas en otra parte. Somos como un animal en el bosque que ya no encuentra agua en su territorio y tiene que buscarlo en otra parte: un programa de TV que te gusta, algo en Facebook que vale la pena… y una película cada seis meses. Lo que ya no puedes es ir a ese pozo al que ibas todas las semanas en busca de un trago de cine”.

Ante la pregunta de cuál será la película por la que le recuerden en el futuro, Peter Weir ríe, se lo piensa un poco y responde que es imposible saberlo. “Ayer lo hablaba con Carlos [Reviriego, de Filmoteca Española]: los archivos digitales son tan inestables que cualquier día podrían hacer ‘¡pop!’ y desaparecer”. Pero está de acuerdo con que El show de Truman resulta especialmente memorable. “Pensaba que estaría obsoleta porque se centra específicamente en la televisión, pero hace poco fui a Dubai… y aquello era el Show de Truman. Todo el mundo sonreía, estaban esos rascacielos enormes… pero detrás de todo aquello sentías que estaba Christof [el personaje de Ed Harris] controlándolo todo. No cometas un error, o desaparecerás del programa”.

Y hablando de lugares artificiales, tenía que salir Hollywood. Pese a que algunas de sus películas han sido grandes éxitos, Weir nunca ha querido abandonar Australia e instalarse en la Meca del cine. “No sé si en España conoceréis el cuento de Jack y las habichuelas mágicas”, comenta. “A mí me encantaba de pequeño, y resulta que yo era Jack y Hollywood, el gigante. Planté las habichuelas, subí al castillo, robé un huevo de oro… y después corté el tallo de habichuelas y me quedé en la granja. Pensé: ‘No te quedes en el palacio, porque sería peligroso. Esos huevos de oro podrían llegar a gustarte demasiado”.

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