‘Performance’: la única película de Mick Jagger que merece la pena

La carrera como actor del líder de los Rolling Stones ha sido irregular con ganas, pero su debut sigue siendo una genialidad psicodélica e inclasificable.

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26 de julio de 2019

Es un topicazo, pero es cierto: si hay algo que asombra más que ver a Mick Jagger cumpliendo 76 años en buen estado de salud y dispuesto a seguir actuando es que Keith Richards haya llegado a los 75 con vida. Aun así, admitamos que la carrera de ‘Keef’ en el cine es mucho menos interesante que la de su compañero en los Rolling Stones. Aparte de unos cuantos videoclips y de las películas sobre su grupo como las realizadas por Jean-Luc Godard (Sympathy for the Devil) Martin Scorsese (Shine A Light), el perfil dramático del guitarrista se queda en ese cameo como padre de Jack Sparrow, mientras que el vocalista ha tratado de compaginar la música con la interpretación de forma más seria. “Seria” hasta cierto punto, queremos decir, porque un vistazo a la filmografía de Jagger arroja una conclusión: todas sus películas son lamentables… salvo una. 

Nuestra observación es discutible, por supuesto. Ned Kelly (Tony Richardson, 1970) tiene defensores pese a la mala acogida en su momento. El rol del cantante como emperador chino en la serie Cuentos de hadas cuenta, al menos, con la virtud de lo sorprendente. Y en cuanto a Freejack: Sin identidad (1992), pues alguien habrá con el cuajo de encontrarla reivindicable, aunque solo sea por lo ciberpunk. Pero la única película de Jagger que nosotros juzgamos imprescindible es la primera de todas, un título cuya mera mención evoca estampas de decadencia glamurosa, rockera y yonqui. Hablamos de Performance, la majarada psicodélica rodada en 1968 y estrenada en 1970 por dos señores de mucho interés: Nicolas Roeg Donald Cammell.

Consumado director de fotografía, primero, y después director de cintas fabulosas como Walkabout, Amenaza en la sombra La maldición de las brujas, Nicolas Roeg se ha ganado un puesto en la lista de directores más infravalorados de la historia. Pero el auténtico cerebro de Performance fue Cammell, un sujeto amigo de William Burroughs, Kenneth Anger, Marlon Brando y otros piezas, cuya inestabilidad mental y accidentada carrera le llevaron al suicidio en 1996. A mediados de los 60 Cammell, escribió un guion sobre la relación entre una estrella del rock y un gángster, concibiéndolo como una comedia con Brando en el papel principal. Pero los años pasaban, el actor de Un tranvía llamado deseo no estaba interesado en el proyecto y, sobre todo, la vivacidad de la ‘década prodigiosa’ iba corrompiéndose a pasos agigantados a base de millones, drogas y desencanto.

Así pues, la versión final de Performance aparcó todos los tonos de humor que no fuesen el negro. En lugar de eso, cobró la forma de una reflexión alucinada sobre los límites de la identidad y sobre las fronteras entre arte y delito, inspirada por la Nouvelle Vague, la obra de Jorge Luis Borges y el desenfreno generalizado en el que vivían sus responsables. “Si la película no molesta a nadie, no será nada”, era la consigna de Cammell. Para el rol de Chas, el gángster, los directores contaron con James Fox, deseoso de sacudirse la imagen de lechuguino que se le había pegado con El sirviente (Joseph Losey, 1963). Como Turner, el músico, Roeg y Cammell tenían a mano a un Jagger al que conocían por sus juergas en el swingin’ London de la época y que se hallaba en plena transición del flequillo a la melena y el cannabis y el LSD a la heroína.

¿Hacía falta algo más para convertir el plató en un hervidero de gandallismo? Pues sí, y ese “algo” era Anita Pallenberg, la modelo y actriz (ex novia del ‘stone’ Brian Jones) que se había merendado a Jane Fonda en Barbarella (1968). Durante el rodaje, gracias a la soltura de Pallenberg y a la predisposición de Jagger a quedarse en pelota picada, circuló el rumor de que las escenas de sexo interpretadas por la pareja no eran simuladas. Keith Richards, por entonces iniciando su célebre relación con la actriz, se tomó esto bastante mal, y la reacción de ella (una dama de tronío, capaz de decir “Que te follen” en seis idiomas) no facilitó precisamente las cosas. Imagínese todo esto ocurriendo en una antigua casona de Knightsbridge, decorada al modo psicodélico con tapices y cortinas de cuentas, mientras el fotógrafo Cecil Beaton pulula por el set aprovechando toda ocasión de retratar a Jagger sin camiseta.

Argumentalmente, Performance es ‘fácil’ de resumir. Chas, un matón del East End, cae en desgracia ante sus jefes tras matar a otro delincuente. Buscando refugio, emplea una falsa identidad para colarse en la casa de un rockero en crisis creativa. Y, tras unos días de convivencia y sospechas, descubre que tanto el músico como su novia distan de ser dos hippies indefensos: se trata en realidad de dos malditos bastardos cuya difusa moralidad y gusto por los alucinógenos pueden poner a prueba la cordura del más pintado (y también su heterosexualidad). Aunque el colofón de la historia resulta su parte más enigmática, uno puede ahorrarse complicaciones sentenciando que todo termina con un trío sexual, un poco de travestismo y un baño de sangre.

El tono transgresor de la historia cuadraba con el espíritu de su época, así como con las ínfulas de un Jagger empeñado en ser el Lord Byron del siglo XX. Pero a ver quién le dice eso a los censores y, sobre todo, a los productores. “Mi carrera se había ido por el desagüe”, comentó el productor Sandy Lieberson en 2015 recordando la indignada reacción de los jefazos de Warner. Para evitar una clasificación ‘X’, el estudio obligó a montar de nuevo el filme, una tarea que recayó sobre Cammell puesto que Nicolas Roeg se había marchado a Australia a rodar Walkabout. Y, para colmo, los diálogos de varios personajes tuvieron que ser doblados para que sonasen menos cockney. Mientras tanto, la psique de los actores se venía abajo: mientras que Jagger y Pallenberg optaban por chutarse como si no hubiese un mañana, Fox abandonó la interpretación para convertirse en predicador evangelista (regresaría al cine en 1983).

Pese a todas estas dificultades (que retrasaron dos años su estreno), sumadas a una taquilla lamentable y unas críticas desastrosas, Performance fue el punto álgido de la carrera de Donald Cammell y ha quedado como una película de culto más que reivindicable. Pero vamos al cotilleo: ¿cómo se portó Jagger durante el rodaje? Pues tenemos dos versiones. Por una parte, Sandy Lieberson lo recuerda entusiasmado con el proyecto, pero, por otra, James Fox es más socarrón: “No se tomaba la interpretación demasiado en serio, así que tenías que tener en cuenta ese problema”. Ambos, sin embargo, están de acuerdo en una cosa: sin el carisma del músico, Performance no tendría ni la mitad de gracia. “Queríamos explorar su excentricidad, ese aura de sexualidad andrógina que le rodeaba”, recuerda el productor. Y añade: “Eso es muy difícil de imaginar ahora que es abuelo y una figura tan respetada”. 

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