Películas con cuernos: 15 adulterios de cine

¿Qué sería del cine sin las escapadas conyugales?

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20 de junio de 2011

No hace falta estar casado (ni ajuntado) para saber que eso de “hasta que la muerte os separe” es un eufemismo en muchos casos. Toda pareja se enfrenta tarde o temprano al demonio de los celos. Con razones o sin ellas, estas situaciones suelen ser desagradables… Pero, si no existieran, la historia del cine no sería lo mismo. Y la de los dramas, las comedias románticas y las películas noir, menos aún. Compruébalo repasando esta lista repleta de citas secretas y preguntas del tipo: “¿Por qué llegaste tan tarde anoche?”.

 Casablanca (1942)

Comenzamos con un clásico entre clásicos agraciado con unos cuernos descomunales: los que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman le ponían a Paul Henreid, marido maquis en el exilio. Aunque ‘Bogey’ se porte como un caballero y ceda paso a los votos matrimoniales, todos sabemos que ella se arrepentirá siempre de elegir la fidelidad a la aventura.

El apartamento (1960)

¿Existe alguna manera de liar aún más una historia de cuernos? Pues sí: introduciendo a un tercero en discordia, como el pringao (Jack Lemmon) condenado a prestarle el piso a su jefe (Fred MacMurray) para que este y su amante Shirley MacLaine puedan trajinar en libertad. Con su genial mala leche funcionando a toda potencia, Billy Wilder ofrece una inolvidable comedia negra.

El cartero siempre llama dos veces (1981)


Tratado ya por Billy Wilder (Perdición) entre muchos otros, el tema de la esposa y el amante decididos a matar a la hipotenusa del triángulo (es decir, el marido) ha contado con pocas descripciones más intensas que la ofrecida por James M. Cain en su novela. En esta versión, Jack Nicholson y Jessica Lange dieron lecciones de sordidez y de torridez cocinando el crimen.

Atracción fatal (1987)

Según avanzaban los 80, el miedo al sida iba ganando terreno en la narrativa cinematográfica. Amante despechada y empeñada en eliminar al marido (Michael Douglas) que la ha mandado a paseo, Glenn Close sirvió en esta película como metáfora de este terror popular. Una metáfora terrorífica, dicho sea de paso.

Lunas de hiel (1992)

Cuidado, parejas modernas y liberadas: si perseveráis en vuestra lucha contra el aburrimiento sexual, podéis encontraros con la horma de vuestro zapato. Si no os lo creéis, prestad atención a la triste historia de Hugh Grant y Kristin Scott Thomas, arrastrados al vicio (muchas veces) por Peter Coyote y Ludivine Sagnier. El director, morbosillo él, atiende por Roman Polanski.

La edad de la inocencia (1993)


En tiempos pretéritos (el siglo XIX, sin ir más lejos), el matrimonio era algo sagrado, y la mera sospecha de adulterio, garantía de exilio social. Daniel Day Lewis y Michelle Pfeiffer, condenados a entenderse, sufren en silencio, la mosquita muerta Winona Ryder aterroriza, y Martin Scorsese ofrece, en sus propias palabras, su película más violenta. Sólo que sin pistolas.

Una proposición indecente (1993)

Está claro que lo de Adrian Lyne es calentar al personal (por algo dirigió 9 semanas y media). Y si para ello tiene que llevarse la contraria a sí mismo, pues gajes del oficio: no había pasado ni una década desde Atracción fatal, y el director ya estaba tentando (Robert Redford mediante) a una Demi Moore cuyo marido (Woody Harrelson) la vende por una noche a cambio de un cheque con un uno y seis ceros.

Los puentes de Madison (1995)

 

Los ardores del corazón no se pasan con la edad. Los de la entrepierna, tampoco. Así que cuando a Meryl Streep, ama de casa rural, se le pone por delante un Clint Eastwood rompecorazones, no tarda en sucumbir a sus bajos instintos. Según se devana la historia, ella llora. Y el público, también.

La buena estrella (1997)

El malogrado Ricardo Franco ofrece aquí una interesante variación sobre una figura muy temida: la del ex que regresa del frío (en este caso, el del talego) dispuesto a ofrecerle a tu chica cosas que tú no puedes darle. Esto último, tratándose del triángulo entre Jordi Mollà, Maribel Verdú y un Antonio Resines sin atributos, de una forma dolorosamente literal.

Deseando amar (2000)

¿Cómo conseguir que el público se identifique con una pareja de amantes adúlteros? Fácil, diría Wong Kar Wai: haciendo que no sean sólo sus impulsos, sino también las presiónes sociales, quienes empujen a Maggie Cheung y Tony Leung a una historia desesperada de soledad e intimidad. Tan dulce y triste como un bolero de Nat King Cole.

Closer (2004)


Con un equipo de estrellas en estado de gracia, Mike Nichols demuestra que, con el estímulo adecuado, todo el mundo puede lanzarse en pos de la carne ajena. Describir el cúmulo de pequeñas traiciones que Clive Owen, Julia Roberts, Jude Law y una Natalie Portman con peluca rosa traman unos contra otros nos llevaría un reportaje entero.

Brokeback Mountain (2005)

Tan ocupado estaba el mundo conmoviéndose (o execrando, según) la historia de amor entre Heath Ledger y Jake Gyllenhaal, que decidieron olvidar a las grandes damnificadas de la película de Ang Lee: Anne Hathaway y Michelle Williams, dos esposas de esas a las que les pesa la frente. Lección importante, lectores: hay quienes engañan porque no tienen más remedio.

Match Point (2005)

Como ya hemos dicho antes, los amantes adúlteros de cine tienen una preocupante propensión a matar maridos (o esposas). Pero el caso opuesto también puede darse: cuando Jonathan Rhys Meyers tiene que elegir entre Scarlett Johansson (cuando esta aún se llevaba bien con Woody Allen) y un confortable matrimonio burgués, llegará a los últimos extremos para garantizar la salud… De su cartera.

 Juegos secretos (2006)

Kate Winslet descubre que su marido es un enfermo del cibersexo. Pero no hay problema, porque en la misma calle la espera un cachas (Patrick Wilson) cuya esposa, tan fría como sólo Jennifer Connelly sabe serlo, no está para zarandajas amatorias. Mientras la pareja sigue a lo suyo, entre culpas y polvos, el verdadero horror se incuba a pocas manzanas de distancia…

Los chicos están bien (2010)

Julianne Moore, felizmente casada con Annette Bening, conoce al padre biológico de sus hijos (Mark Ruffalo) y no pierde el tiempo en pedirle que repita la operación, esta vez sin pipeta de por medio. Ejercicio de lesbofobia (dirigido, además, por una lesbiana: Lisa Cholodenko) según algunos, ejercicio de ambigüedades morales según otros, este filme cierra nuestra lista demostrándonos que el adulterio no entiende de aceras.

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