Pasolini: El director que fue escándalo

El 'biopic' de Abel Ferrara y Willem Dafoe nos mueve a recordar al cineasta más rebelde (y futbolero) de todos los tiempos.

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19 de marzo de 2015

Ha sido una película discutida, cuanto menos. Pero, con un protagonista así, lo raro sería lo contrario: con el siempre excesivo Abel Ferrara tras la cámara, y con Willem Dafoe como protagonista casi ausente, Pasolini es un biopic que se atreve a retratar a uno de los personajes más polémicos de la historia del cine. Es decir, a Pier Paolo Pasolini, cineasta italiano que sobrevivió a una infancia de mil demonios (por cortesía de su padre ludópata), a la Segunda Guerra Mundial y a uno de los períodos más turbulentos de la historia de Italia, para finalmente hallar una muerte tan cruel como misteriosa en 1975. Y todo ello (ahí está el interés) aprovechando cada ocasión que se le presentaba para incordiar y molestar a todo el mundo. Poeta ilustre, virtuoso de la cámara cuando quería, experto en hacer filigranas con presupuestos de risa y dotado con un humor más negro que la pez, Pasolini es un director al que siempre merece la pena enfrentarse, desde sus comienzos en el neorrealismo (junto a Visconti, Rossellini, De Sica y otros ‘piezas’ de mucho cuidado) hasta el desparrame sanguinario con el que concluyó su filmografía. Valga este repaso a su obra como justo homenaje.

El sadismo de los nazis

Las cosas, como son: si hubiera vivido para verla, Pasolini no habría sentido sino un profundo rechazo hacia En busca del Arca perdida. Pero, pese a ello, seguramente el profesor Indiana Jones le hubiera inspirado mucho respeto (no sólo debido a la apostura de Harrison Ford). ¿Por qué? Pues porque, de jovencito, nuestro hombre sufrió en propia carne las calamidades de la Italia fascista, así como de los compadreos de ésta con el Tercer Reich. Entre poema y poema, el Pasolini veinteañero padeció la muerte de su hermano Giulio (miembro de una cuadrilla de partisanos, y asesinado por sus propios compañeros de militancia) y nada menos que dos reclutamientos forzosos, el primero por parte del ejército de Mussolini y el segundo a manos de la Wehrmatch alemana. Señalemos, en su honor, que Pier Paolo logró escaparse en ambos casos, y que finalmente ajustó las cuentas con sus opresores en el que habría de ser su último filme: Saló o los 120 días de Sodoma  (1975). Harto ya de todo, y sabiendo que sus días estaban contados, el cineasta desahogó sus rencores tomando prestado un argumento del mismísimo marqués de Sade, y marcándose así uno de los pocos filmes ‘de autor’ que figuran regularmente en las enciclopedias del cine gore.

El fútbol es poesía

Aparte de por la literatura, el cine, la lingüística y los chulazos, Pier Paolo Pasolini vivió dominado por una pasión devoradora (suma, en cierta medida, de las cuatro anteriores) a la que dedicó algunas de sus obras más memorables: el fútbol. Poca broma, lectores, porque cuando le preguntaban qué hubiese querido ser en la vida si el celuloide no hubiese llamado a su puerta, su respuesta siempre era “un buen futbolista”. Hincha del Bologna desde jovencito, y aficionado a jugar partidillos amateurs contra colegas como Bernardo Bertolucci (la última pachanga entre ambos, celebrada en 1975, se saldó con un contundente 5-2 en favor del autor de Novecento), nuestro hombre hizo sus pinitos como periodista deportivo, realizando memorables entrevistas y artículos para medios como el diario Il Giorno. Dicha publicación ofreció la que probablemente sea su cumbre en la especialidad: un análisis del último encuentro que, en el mundial de México 70, enfrentó a Brasil contra Italia. Con un lenguaje alambicado a la par que accesible, Pasolini se mostraba partidario del ‘jogo bonito’ de Pelé y compañía, desdeñando el catenaccio de sus compatriotas. “En México, la poesía brasileña ha ganado a la prosa estetizante italiana”, escribió, quedándose tan ancho.

La lucha de clases puede ser sexy

Desde el final de la guerra, Pasolini empezó a colaborar con el Partido Comunista Italiano (PCI), haciéndose miembro del mismo poco después. Sin embargo, un arresto por ‘conducta obscena’ (por ser homosexual, vamos) en 1950 no sólo le obligó a mudarse a Roma prácticamente con lo puesto, sino que también le costó una expulsión política. A partir de entonces, y aunque no renunció jamás a la hoz y al martillo, sus miras ideológicas parecieron orientadas a hacerle la puñeta a todo el mundo: incidentes como su visión de la Batalla de Vale Giulia (antológica somanta ocurrida en 1968, cuando estudiantes radicales se enfrentaron a las fuerzas del orden) puso de los nervios a muchos, ya que el cineasta consideraba a los policías como “hijos de los pobres”, enrolados para huir de la miseria, y a los militantes como niños de papá con el futuro garantizado. Basta con ver Teorema, su filme de ese mismo año, para entender que la política pasoliniana incluye surrealismo a raudales y mucho erotismo tórrido (a cargo de Terence Stamp, nada menos), entre otros elementos incompatibles con el realismo socialista. Pese a todo ello, señalemos, la extrema derecha de su país nunca dejó de tenérsela jurada.

Amigos inesperados

¿Te imaginas, cinemaníaco cinemaníaca, que un director español de tronío (pongamos, Víctor Erice) hubiera entablado una fecunda relación laboral con Paco Martínez Soria durante los 60 y los 70? Pues (salvando las abismales distancias de talento) esa fue la impresión que debió causarles a los espectadores italianos el estreno de Pajaritos y pajarracos: para este filme de 1966, Pasolini fichó al mismísimo Totó, comediante napolitano que arrasaba en el país de la bota. Si bien imprevista, la colaboración entre ambos genios dio buenos resultados, repitiéndose en un sketch del filme colectivo Capriccio all’Italiana (1968), al que también se asomó el cantante Domenico Modugno. En general, el cine pasoliniano se prodigó en intérpretes inesperados, desde los no profesionales reclutados por el director en los barrios populares de Roma hasta la diva operística Maria Callas (en Medea, 1969) y el mismísimo Orson Welles, quien se interpretó a sí mismo en un ejercicio de metaficción muy borde titulado El requesón: en este sketch (búscalo en Ro.Go.Pa.G, otro filme colectivo estrenado en 1963), el autor de Ciudadano Kane se las ve y se las desea para rodar la escena cumbre de un biopic sobre la vida de Cristo en una de las borgate, conjunto de poblados marginales en la periferia de Roma que Pasolini conocía muy bien debido, entre otras cosas, a su trabajo como profesor.

El consumismo es peor que la muerte

Afecto al lumpen y poco amigo de modernidades, Pasolini consideraba que la sociedad industrial y de consumo le había arrebatado al pueblo llano su bien más valioso: la identidad. Una identidad que no sólo residía en factores sociopolíticos, sino también en áreas tan desdeñadas por los intelectuales como la narrativa tradicional y la religión, entendida esta última como manifestación espontánea y libre de liturgias. Este rechazo suyo acabó produciendo dos de sus obras mayores: la primera, El evangelio según San Mateo (1964) ofrecía una transcripción de lo más respetuosa, casi literal, de uno de los textos sagrados del cristianismo, y para colmo iba dedicada al papa Juan XXIII, recién fallecido por entonces. Cosas ambas que se tradujeron en una visión insólita: la de un director rojo, ateo y gay siendo condecorado por el Vaticano. Más adelante, el cineasta adaptó tres clásicos primigenios de la literatura en la llamada Trilogía de la vida, urdida entre 1971 y 1974 y compuesta por El Decamerón, Los cuentos de Canterbury Las mil y una noches. Cintas en las cuales la reconstrucción histórica (o así) se combina con lo jocoso y lo erótico-festivo, y durante cuyo rodaje nuestro hombre pudo dar salida a otra de sus facetas: la de viajero infatigable.

Los chicos de la vida

Por si alguien no se había dado cuenta hasta ahora, Pier Paolo Pasolini era homosexual. Y no sólo eso, sino que no lo ocultaba en absoluto (lo cual, dada la época en la que vivió y trabajó, queda como una muestra de valor poco común). Para su desgracia, las preferencias amatorias del cineasta le llevaban a buscar compañía de jóvenes de clase extremadamente baja, dedicados en su mayoría a la pequeña delincuencia y con pocos escrúpulos a la hora de cobrar por sus encuentros. La clase de individuos, en suma, a los que retrató en Chicos del arroyo, su primera novela (1955) y en Accattone, su aclamadísimo debut tras la cámara, cuyo título (que también es el sobrenombre de su protagonista) puede traducirse como “canalla” “sinvergüenza”. Fuente de no pocos problemas y escándalos, esta inclinación acabó revelándose como fatal la noche del 2 de noviembre de 1975, cuando un chapero romano llamado Pino Pelosi le procuró una muerte atroz en la playa de Ostia. Cómo Pelosi, un joven de 17 años y tirando a enclenque, pudo acabar con la vida de Pasolini (un sujeto deportista, muy en forma pese a sus 55 años y con buen curriculum en artes marciales) sigue siendo, a día de hoy, un misterio: tras múltiples declaraciones contradictorias del presunto homicida, en 2009 se reveló que el director poseía información muy comprometedora sobre el asesinato del industrial Enrico Matei. Conspiranoicos del mundo, aquí tenéis un filón.

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