‘Parásitos’: La Palma de Oro más revolucionaria

Después de las internacionales 'Snowpiecer' y 'Okja', Bong Hoon-Ho vuelve a Corea y al tipo de películas que le dan paz, las que combinan sátira social y thriller político.

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22 de octubre de 2019

“FAKE IT TILL YOU MAKE IT”, que dicen los yanquis. Finge hasta que lo consigas sería la traducción y un poco el lema de la familia protagonista de la última película de Bong Joon-ho, Parásitos, Palma de Oro en el último Festival de Cannes. Primera en coreano y rodada enteramente en su país después de los éxitos internacionales de Snowpiercer (2013) y Okja (2017). Aunque el director nunca se vio lejos de su cultura, esto no es un regreso a casa. “No he sentido que haya vuelto a Corea, porque incluso en Okja la protagonista era coreana, otros personajes también eran coreanos y parte la filmamos allí”, contaba el pasado mayo en la playa de La Croisette, después del baño de aplausos que se llevó su nuevo filme. “Lo más importante para mí es que he vuelto a un tamaño concreto de producción, una escala y un presupuesto como los de Mother (2009) y Memories of Murder (2003). Volver a este tipo de película pequeña me trajo mucha paz, podía prestar más atención al detalle; porque cuanto mayor es el presupuesto, como director más energía tienes que invertir en otras cosas”.

En Parásitos, Bong Joon-ho ha destinado toda su atención y energía solo a lo relevante. Desde la historia, un guion que empezó a escribir en 2013 mientras aún estaba acabando Snowpiercer, hasta –casi como un arquitecto o interiorista– los planos de la casa en la que se desarrolla “casi el 60% del metraje”: el hogar de los ricos. Y, por supuesto, se ha centrado en sus actores, entre los que está el todoterreno Song Kang-ho, presencia imprescindible en el cine de Bong (Memories of Murder, The Host, Snowpiercer).

OLFATO SOCIAL

El cineasta coreano empezó a escribir y dirigir cine en los 90 movido por un compromiso social que ha sabido retorcer y moldear para que sus películas satisfagan el gusto del gran público, para amantes del género y buscadores de un buen rato por igual. Pero, al final, Bong siempre vuelve a lo mismo:
a denunciar injusticias del mundo en que vivimos. El argumento de Parásitos se le ocurrió metido de lleno en la adaptación de Snowpiercer y su lucha de clases. Empezó a reflexionar sobre la polarización económica de la sociedad, cada vez más extrema. “Creo que se puede ver en todo el mundo
y estaba tan presente hace seis años como hoy, sino aún más”, razona.

Aunque fuera un tema universal –los pobres cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos–, atrapado por esta idea de la separación marcada de clases, Bong Joon-ho quiso llevárselo a su terreno, a algo culturalmente coreano. Dos familias: una pobre y una rica. La primera vive en un auténtico zulo en un semisótano, en el que aprovechan las fumigaciones de la calle para limpiar su casa. La segunda vive en un chalet de lujo y ensueño, minimalista y diseñado por el propio director para satisfacer las exigencias de tensión argumental (y hasta la tensión entre las dos Coreas).

El hijo pobre es el que entra primero en contacto con los ricos, presentándose como un profesor de inglés… con un título falso. Fingiendo. Después, poco a poco, a base de falsificaciones, referencias preparadas y otras artimañas, el resto de miembros de la familia acabarán encontrando su camino dentro de la vida y los espacios de la pareja de ricos. Y, mientras, ellos les reciben encantados.

“A primera vista, la película parece una sátira sobre esta familia pobre, que ellos son los parásitos. Esa es una analogía peligrosa”, advierte Bong. “Si lo piensas bien, la familia pobre está empujada a verse así. Pero, si les miras de cerca, parecen competentes, tienen talento y es la falta de empleo lo que les empuja a estas situaciones. También podrías decir que la familia rica es la parásita –argumenta–: al final, son ellos los que meten a la familia pobre en su casa porque no pueden hacer nada por ellos mismos, tienen que confiar en otros para todo: limpiar, cocinar, conducir…”.

Además de a través de posesiones inmobiliarias, el coreano decide mostrar la diferencia de clases con un elemento que no traspasa la pantalla, pero bien explicado se entiende muy bien: el olor. “En la realidad, los ricos y pobres toman caminos muy diferentes a diario; los restaurantes o los lugares de trabajo son muy distintos. Pero solo en situaciones como las que se dan en esta película, en las que los pobres son contratados por los ricos, pueden estar tan cerca y pueden olerse los unos a los otros”. Unos huelen a ricos y otros a pobres. La señora de la casa se tapa la nariz cada vez que se mete en el coche. Aunque nunca se quejará, porque ella es muy educada para eso. “Me gustó esta ironía de hablar del olor de ricos y pobres”, se ríe el coreano, un tipo muy simpático.

Tan simpático como la mayoría de sus filmes, que navegan muy bien en esos delicados mares de terror, comedia, drama y denuncia social. Quizá Parásitos es el mejor ejemplo. “Cuando ruedo o edito nunca pienso de qué género es mi película, o a qué tipo de códigos debería ajustarme, o si esto me hace un director de género. Nunca soy consciente de estas cuestiones”, explica. “Con Parásitos y muchas de mis películas la gente me pregunta qué es: una comedia negra, una sátira social… ¡es todo eso! En un artículo reciente lo llamaban ‘el género de Bong Joon-ho’. ¡Bautizaron al género con mi nombre, y ese es el mejor cumplido que puedo recibir!”, dice emocionado. Bong ya no tiene que fingir nada.

Parásitos llega el 25 de octubre a la cartelera española.

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