[Atlàntida Film Fest 2019] Tres recomendaciones para pasar una noche loca en París

Estas películas del mayor festival de cine online, que se celebra del 1 de julio al 1 de agosto, surcan la noche parisina a través de los tiempos. Nos vamos de fiesta con ellas.

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01 de julio de 2019

[Todas estas películas están disponibles del 1 de julio al 1 de agosto en el Atlàntida Film Fest de Filmin]

Golden Youth aka Une jeunesse dorée, de Eva Ionesco: Las noches del Palace

El club Le Palace, sito en el 8 rue Faubourg-Montmartre y hoy reconvertido en sala de espectáculos, vivió un gran momento de gloria a finales de los 70, principios de los 80. Fue en marzo de 1978 cuando el noctámbulo profesional Fabrice Emaer reabrió las puertas de este antiguo local, fundado en 1921, convirtiéndolo en un templo de la cultura gay, abierto a todo público ávido de juerga y dispersión. Entre su muy famosa clientela, estaba Eva Ionesco (París, 1965), que entonces, a pesar de ser todavía menor de edad, arrastraba un pasado de lo más intenso.

En My Little Princess (2011), su primera película como realizadora, Ionesco ya relataba, en clave de ficción, cómo su madre, la fotógrafa Irina Ionesco –personificada en el filme por Isabelle Huppert–, la convirtió en una suerte de Lolita de los años 70, multiplicando sus precoces desnudos por todas partes, desde una portada de Der Spiegel de 1977 (sí, cuando apenas tenía 12 años) a películas más o menos underground, que fueron censuradas bajo sospecha de pedopornografía. En 1978, su madre perdió la custodia, y la adolescente pasó temporadas en reformatorios, igual que Galatéa Bellugi (9 meses) en Une jeunesse dorée, segunda parte de unas memorias disfrazadas que cubre sus años palaciegos.

Isabelle Huppert repite como una suerte de mentora de la noche perversa, casada con Melvil Poupaud, un escritor que no escribe sencillamente porque no tiene talento. Lukas Ionesco, el hijo de Eva, completa el cuarteto dando vida al noviete de Galatea, un joven artista (con sospechoso parecido a Jean-Pierre Léaud) sin un franco en el bolsillo, que se deja vampirizar por la madura pareja Huppert/Poupaud. Para ellos se abren las noches locas del Palace, un monumento al hedonismo, repleto de drags, drogas y los looks imaginativos, al son de un imparable musicón, que va de himnos disco, como Shake Your Groove Thing, a la sintética nueva ola de The Human League, con el mismísimo Grandmaster Flash revoloteando por la pista.

El mayor problema de la película es que, a pesar de sus hits en tropel, sufre de una cierta arritmia, que podría haber sido corregida con un montaje más severo. Por lo demás, es un notable testimonio de una época, y de una sala, y del público de una sala, que no cae en la nostalgia acartonada. Un filme repleto de fotogénicos adolescentes (entre ellos, Alain-Fabien Delon, que recuerda a su abuelo), inmortalizados por la gran Agnès Godard, que mejora cuando sabemos que se trata de un roman à clefs sobre la vida, tan controvertida como apasionante, de la Ionesco, que dio sus primeros pasos como actriz nada menos que en El quimérico inquilino (R. Polanski, 1976). Era solo una niña.

 

El sonido del futuro aka Le choc du futur, de Marc Collin: Supernature

Marc Collin es el responsable de que aquellos clásicos de la new wave, que escuchábamos llorando en nuestra habitación mientras todo se nublaba a nuestro alrededor, se hayan convertido en ese infinito hilo musical bossanovero, que ameniza nuestros viajes en ascensor o el incalculable momento en el que esperamos a que el avión despegue de una maldita vez. Sí, es el creador del grupo Nouvelle Vague, que ahora debuta como director, con un filme que, curiosamente, nos lleva justo a la misma época que Une jeunesse dorée. Apenas un año antes, en 1978.

Es entonces cuando Alma Jodorowsky (la muy, muy atractiva nieta del psicomago y cineasta, que canta en el grupo Burning Peacocks), se despierta en braguitas y camiseta, y se pone a bailar, cual gimnasia matutina con cigarrillo colgando de los labios, al son del Supernature, de Cerrone, con un póster gigante de Número deux (1975), de Godard y Miéville, clavado en la pared. Una escena irresistible, que además nos recuerda a la de Anna Karina cantando Roller Girl en Anna (Pierre Koralnik, 1967). Como arranque, no se puede pedir más. Sería excesivo.

La película, que se erige como un sentido homenaje a las pioneras de la música electrónica, con especial énfasis en los detalles (portadas de discos, cachivaches), no evita los clichés, sobre todo cuando la protagonista se pone visionaria, y nos detalla un futuro que, para nosotros, ya es antes de ayer. Pero resulta más que agradable en su asumida modestia. Tan modesta que, prácticamente, se desarrolla íntegramente en el estudio casero donde se supone que la bella lleva instalada seis meses para tratar crear, mientras sobrevive facturando alimenticios jingles publicitarios.

Todo cambia para ella, en el transcurso de una única jornada, a partir del momento en el que un colega le deja la mítica caja de ritmos Roland CR.78, de la que saldrían clásicos como Heart of Glass, Enola Gay o Vienna. También la visitará un peculiar dealer de vinilos, que la pone al día de las novedades (flipan con Throbbing Gristle, por ejemplo), y otra chica (la también cantante Clara Luciani), con la que grabará un hit potencial, que será el climax de la fiesta. Aunque el Palace se menciona de pasada, la fiesta que culmina tan ajetreada jornada no se dará en ningún club a la moda, sino, como suele ocurrir en París, en el propio pisito de la protagonista. Y nadie perderá los papeles. Las noches locas están todavía por llegar.

 

L’époque, de Matthieu Bareyre: La fiesta terminó

¿Y qué queda hoy en día, de aquel París, hedonista y pre-sida, que todavía era una fiesta? Aparentemente, poca cosa. Al jovencísimo Matthieu Bareyre se le metió entre ceja y ceja averiguar qué piensa y siente la juventud actual, y para ello se perdió en la noche parisina a lo largo de algo más de dos años, desde el atentado contra Charlie Hebdo, en 2015, hasta las macronianas elecciones de 2017. El resultado es un hipnótico collage (con La Follia, de Vivaldi, como brillante estribillo épico), que recoge testimonios de indignación y de revuelta, a veces lúcidos, siempre algo pueriles, que dan empero buena cuenta de un estado policial al que le viene bien la paranoia de una República herida para ejercitar al máximo sus mecanismos de control.

Una de las escenas más perturbadoras es aquella en la que la cámara de Bareyre se enfrenta a la de un CRS (gendarme antidisturbios), que también está grabando todo lo que ocurre en estos tiempos convulsos. La cámara participa en las muchas manifestaciones contra el orden establecido (en particular las de la Nuit Debout, promovidas por los jóvenes, en primavera de 2016), pero también se aventura en la banlieue, acampa en la Place de la République, vaga por los Campos Elíseos, se pasea por un populoso barrio como el de Oberkampf, o se sumerge en clubs y baretos de la actualidad, que no tienen nada que ver con la excéntrica majestuosidad de Le Palace.

Entre los muchos jóvenes entrevistados, de todas las razas y condiciones sociales, destaca Soall, una Dj que mezcla sonidos con la misma furia con la que se han montado estas las imágenes, que son la síntesis de más de 250 horas cámara en mano. Y Rose, una francesa de ancestros africanos, que contempla la realidad con lágrimas en los ojos, y la explica con poética sabiduría. Ellas podrían ser los equivalentes actuales de los personajes de Galatea Bellugi y Alma Jodorowsky en las ficciones anteriores. Tan distintas. Nada románticas, y a pie de calle.

L’époque es pues una trepidante radiografía social que pretende erigirse en heredera de Rouch y Morin (Chronique d’un été, 1961) o Godard y Miéville (Comment ça va?, 1978). Una buena manera de conocer el otro lado de las inquietantes noticias que, desde hace unos años, nos llegan de un París más agitado que nunca. O cómo una democracia, supuestamente modélica, puede acabar atenazada, entre el islamofascismo y el fascismo a secas, dos grandes y muy reales amenazas que parece que se exhiban para recortar libertades y desandar lo desandado en cuanto a progresos sociales. La muy variada juventud retratada en este original documental no ve futuro. Y esa es una advertencia a la que no estaría nada mal prestar más atención.

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