Nico: La mentirosa que no quería ser bella

El estreno del biopic 'Nico, 1988' invita a redescubrir la trayectoria de una actriz y cantante tan autodestructiva como infravalorada.

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02 de agosto de 2018

Durante su infancia y adolescencia, en la Colonia y el Berlín de la posguerra mundial, una chica llamada Christa Päffgen se dio cuenta de una dolorosa realidad: era guapa. Era bellísima, de hecho, con una estatura, unos rasgos y una impresionante cabellera rubia que la convertían en un arquetipo de belleza germánica… y llevaban a todos los hombres que la rodeaban a aprovecharse de ella, bien físicamente, bien de otros modos. Hasta tal punto fue Christa consciente de esta realidad que el resto de su vida consistió en encontrar modos de evitarla. Uno de ellos fue maltratarse a sí misma hasta hacer trizas su cuerpo. Otro, mentir compulsivamente, empezando por una de las falsedades más comunes en el mundo del arte: cambiar su nombre por las dos sílabas del seudónimo con el que habría de pasar a las historias del rock, de la moda y del cine. Y ese seudónimo fue “Nico”. 

Dirigido y escrito por Susanna Nichiarelli, y con Trine Dyrholm en el papel principal, el biopic Nico, 1988 retrata el último año de vida de la artista, hasta su muerte a causa de un ictus cuando paseaba en bicicleta por Ibiza. Y, si bien la cinta se esfuerza por salirse de los tópicos acerca (una historia centrada en sus años de gloria habría sido mucho más fácil… así como menos impactante) y no oculta el hecho de que esta no era precisamente una persona simpática, no termina de reflejar una personalidad tan poco habitual, tan fascinante en su negrura y en su talento, que solo puede comprenderse de verdad si se la aborda desde el origen.

Lo más irónico de la vida de Nico es que empieza con una referencia cinéfila. Básicamente, porque la infancia de la artista se pareció mucho a la del protagonista de Alemania: año cero (Roberto Rosellini, 1948). Su padre, soldado de la Wehrmacht, fue ejecutado por los nazis cuando una herida en la cabeza le volvió inútil para el combate. Sus primeros recuerdos fueron los bombardeos que redujeron Colonia, su ciudad natal, a escombros. Y a los 15 años, después de haberse mudado junto a Berlín con su madre y haber encontrado trabajo de costurera, fue violada por un soldado afroamericano. Algo que no solo dañó su psique para siempre, sino que también la inoculó con un ponzoñoso racismo que nunca se privó de expresar en voz alta. Como hemos dicho, aquí cabe encontrar poca simpatía. Pero dolor, todo el que queramos.

Nada más debutar como modelo, a finales de la década de los 50, Nico había encontrado su nombre artístico (el fotógrafo Herbert Tobias la rebautizó así en honor a su ex novio, el cineasta griego Nikos Papatakis) y se había convertido en una de las maniquís más cotizadas de Europa. En España, sin ir más lejos, su rostro se volvió muy conocido por haber protagonizado una campaña del coñac Terry. Asimismo, su estatuario físico la volvió objeto de interés para directores de cine como Alberto Lattuada (¡Tempestad!, 1958) y Federico Fellini, quien contó con ella para un minúsculo papel en La dolce vita (1960). Por aquellos años conoció también a Alain Delon, con quien viviría una relación que daría como resultado el nacimiento de su hijo Ari: fiel a su reputación de sujeto impresentable, el divo francés se negó a reconocer al niño, aunque este fuera su viva imagen y aunque su familia se mostrase dispuesto a acogerlo.

Así las cosas, Nico parecía destinada a cargar con la facilona etiqueta de “musa”. Algo que fue potenciado y evitado a la vez por los dos sujetos con los que se cruzaría acto seguido: Jim Morrison Andy Warhol. Si bien el cantante de The Doors (al que ella se refirió siempre como “Mi hermano de alma”) estimuló su voluntad autodestructiva, también la animó a acrecentar su cultura y a no subestimar esas dotes musicales que demostró por primera vez en I’m Not Sayin’ (1965), su single de debut. En cuanto al rey con peluca del arte pop, se portó con ella como cabía esperar: primero obligó a Lou Reed y a John Cale a incorporarla como cantante en su grupo, The Velvet Underground (“Hay que darle al público algo a lo que mirar”, les dijo). Después, perdió todo interés por ella y acabó despachándola en sus memorias con una frase muy warholiana: “Engordó y se hizo yonqui”. 

La sentencia de Warhol es, por desgracia, cierta en sus términos básicos. Pero el artista, que retrató la desastrosa intimidad de su víctima en el documental Chelsea Girls (1966), olvidaba en ella reconocer que Nico mostró siempre un talento superlativo. Primero, durante su colaboración con la Velvet, en cuyo primer álbum (The Velvet Undeground and Nico, también del 66) interpretó temazos gloriosos como Femme Fatale All Tomorrow’s Parties. Después, en Chelsea Girl (1967), un debut en solitario que ella detestaba (al escucharlo por primera vez, lloró, y no de orgullo precisamente) pero que contó con hermosas canciones compuestas por Reed, Jackson Browne y otros.

A partir de The Marble Index (1969), el disco que Nico consideraba su auténtico debut, quedan claras unas cuantas cosas. La primera, que sus capacidades como cantante eran cuestionables (era sorda de un oído, y su profunda voz de contralto no le ponía fáciles las cosas a la hora de afinar). La segunda, que el armonio (órgano portátil) que convirtió en su instrumento de cabecera podía roerle los nervios a un lama tibetano con su sonido áspero. Y la tercera, que todo lo anterior no privaba de valor a su obra, sino todo lo contrario: ayudada por John Cale, su ex compañero en The Velvet Underground, Nico publicó canciones que, si ahora suenan extrañas, en el momento en el que llegaron al mercado resultaban, directamente, alienígenas.

La década de los 70 fue el momento de máximo esplendor creativo para Nico, quien grababa discos aclamados ahora como obras maestras (Deserthsore, 1970, y The End, 1974) mientras rodaba películas con el cineasta francés Philippe Garrel, la única de todas sus numerosas parejas que pareció mostrar un afecto sincero por ella. A las órdenes de Garrel, la artista actuó en películas tan indeciblemente extrañas como La cicatrice interieure (1972, con canciones de Desertshore en la BSO) y Les hautes solitudes (1974, junto a Jean Seberg). En 1991, dos años después de la muerte de ella, Garrel revivió su historia de amor en Je entends plus la guitarre, una película que no conviene ver a no ser que uno quiera arruinarse el día. Durante esta misma época, por otra parte, la artista hizo méritos para el título de peor madre de la historia de la humanidad, calmando a Ari (ese niño no deseado que tuvo con Alain Delon) mediante el expeditivo sistema de frotarle las encías con esa heroína a la que ella estaba ferozmente enganchada.

Pero, por mucho que la artista se justificara citando a Rimbaud y a su añorado Jim Morrison, la autodestrucción suele ser incompatible, no ya con una vida bien vivida, sino con una labor creadora en condiciones. Como refleja Nico, 1988 (recogiendo, a su vez, el testimonio del guitarrista James Young en su libro Songs They Never Play On The Radio), su última década de vida estuvo llena de giras low cost orientadas a ganar un dinero que se pulía inmediatamente en gramos y más gramos de caballo. Asimismo, el nivel de sus discos se vino abajo: The Drama of Exile (1983) fue un acercamiento al rock sin demasiado fuste, mientras que Camera Obscura (1985) supuso un experimento electrónico algo más interesante.

Irónicamente, estos fueron también los años en los que su obra, tan infravalorada siempre, encontró por fin un público gracias a los y las artistas famosos (Siouxsie Sioux, Patti Smith John Lydon, de los Sex Pistols, entre otros) que la consideraban una influencia capital. Ella, por supuesto, consideraba a todos aquellos jovenzuelos como unos advenedizos indignos de su atención… pero algo de mella debieron de hacer sus elogios, puesto que, poco antes de morir, decidió mudarse de Manchester a las Baleares, dejar la heroína de una maldita vez y ocuparse, por primera vez en su vida, de aquel hijo con el que había acabado compartiendo agujas. Vana ilusión: el 18 de julio de 1988, la historia de Nico llegaba a su fin en un hospital de Ibiza. Según algunos de sus amigos, su muerte no se debió tanto al accidente cerebrovascular como a la desidia de los médicos: “La única moraleja que puede extraerse de la muerte de Nico es ‘nunca te pongas enfermo en España”, sentenció su manager, Alan Wise.

La vida de Nico no fue hermosa, y su historia no es agradable. Pero sus álbumes siguen siendo joyas no aptas para todos los públicos, y la evolución de su carrera sirve como un documento muy valioso sobre los dobles raseros que se aplican a los hombres y a las mujeres en el mundo del arte. Y tal vez esto último explique por qué las dos películas necesarias para conocerla estén firmadas por directoras: además de Nico, 1988, tenemos Nico Icon (1995), el documental de Susanne Ofteringer lleno de testimonios e imágenes escalofriantes. A este filme y a la biografía Vida y leyendas de un emblema (Richard Witts) nos remitimos a quienes quieran saber más sobre ella.

Aunque, como postre, siempre está bien quedarse con una escena icónica que no sería lo mismo sin su voz.

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