40 años de ‘Navajeros’, la película que convirtió a José Luis Manzano en un icono quinqui

Fue la película más emblemática del cine quinqui y la que impulsó el mito de José Luis Manzano. Hablamos con el experto Eduardo Fuembuena sobre 'Navajeros'.

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07 de octubre de 2020

El director vasco Eloy de la Iglesia, cronista único de los mundos subterráneos patrios, llegó a convertirse en los años ochenta en el máximo exponente del (mal) llamado cine quinqui. Y lo logró gracias a películas como Navajeros (1980), una coproducción hispano-mexicana en la que el director quiso que actuaran tanto actores profesionales como chavales sacados de la calle. De hecho, esta fue la cinta que permitió al público descubrir al entonces jovencísimo José Luis Manzano.

De la Iglesia conoció a Manzano, un chaval humilde y algo fantasioso de la UVA de Vallecas, en unos billares del centro de Madrid a finales de 1978. Quedó prendado de él y, solo un año después, le ofreció ser protagonista de su siguiente película, Navajeros, la cual había escrito a pachas con el periodista y guionista Gonzalo Goicoechea.

Manzano desconocía entonces por completo el mundo de la farándula, pero aceptó de buen grado el reto de dar vida a El Jaro, el delincuente juvenil adolescente cuya historia se relata en el filme.

Aunque apenas tenía estudios básicos, el actor se entregó en cuerpo y alma al que fue su primer proyecto cinematográfico. “Antes de su mayoría de edad, Manzano tenía nociones de comprensión oral y escrita, pero no las suficientes como para estudiar el guion de la película”, señala a CINEMANÍA el historiador Eduardo Fuembuena.

“Como Eloy había buscado a Manzano solo unas semanas antes de comenzar a rodar Navajeros y no se podía cubrir el tiempo mínimo de su formación, el joven memorizó el guion de la película con alguien próximo al director que se lo hacía repetir. Llegó al rodaje con el texto aprendido, incluidos los diálogos de los otros personajes. Concluido aquel rodaje, Eloy le puso una profesora privada que consolidó su alfabetización en menos de cuatro meses”, explica Fuembuena.

 

José Luis Manzano, actor innato

El actor Ángel Pardo, quien tuvo que doblar la voz de Manzano en la mayoría de sus secuencias en la película, corrobora la versión de Fuembuena y recordaba al vallecano como un joven rápido e intuitivo.

“Estábamos ante un boom del cine quinqui, películas que en aquel momento hicieron mucho dinero ya que reflejaban perfectamente la realidad de los chavales de barrio, hijos casi todos de familias que abandonaron la vida agraria. Además, esas películas recordaban perfectamente a los western que tantísimo nos habían gustado en años anteriores: persecuciones, asesinatos, robos a bancos, escopetas de cañones recortados… En el cine quinqui casi todos los directores buscaban actores no profesionales, precisamente para dar más realismo y credibilidad a ese tipo de cine, que rozaba el documental”, explica Pardo a nuestra revista.

Fuembuena comenta también que, durante el tiempo que duró el rodaje del filme, Manzano se mostró siempre como un actor natural que se desenvolvía cómoda y profesionalmente frente a la cámara. “Memorizaba todos los diálogos del libreto, no solo los suyos. Había sido convocado a la gran pantalla para representar una parte de esa realidad marginal que él conocía y le tocaba sufrir. Transmitirla ante la cámara era una responsabilidad que se autoimpuso”.

“De igual modo, se percibe en sus interpretaciones que era uno de esos actores que llegaban al final de su personaje y que se implicaba sin filtros y sin reservarse”, explica el escritor, autor del libro Lejos de aquí, centrado en la peculiar relación personal y profesional que unió a Eloy de la Iglesia con José Luis Manzano.

Según explica también el zaragozano, el equipo de Navajeros, estrenada en octubre de 1980, trabajó en “los más de 200 exteriores naturales sin permisos de rodaje” del Ayuntamiento de Madrid. “Participaron delante de cámara tanto guardias civiles, haciendo de números de su cuerpo que persiguen a un comando de ETA, como personas afines a la organización terrorista, haciendo de los perseguidos. Era el típico juego un poco perverso de Eloy”, añade.

La película, en la que también participaron miembros auténticos de la banda del Jaro –y de otras bandas en activo entonces en el norte de Madrid–, sirvió para que Manzano se convirtiera, además de en amante de Eloy de la Iglesia, en el protagonista de cinco de las películas más comerciales de la carrera del vasco, retratista de la marginalidad por antonomasia.

 

Eloy de la Iglesia, francotirador

El actor José Sacristán, quien en Navajeros da vida a un periodista vasco que aporta el contrapunto sociológico hablando del altísimo paro juvenil y las consecuencias de la tremenda falta de oportunidades para muchísimos jóvenes de la Transición, recuerda a Eloy como un tipo inteligente y “un gran pensador”.

Pero también como un provocador encantado de serlo. “Si Eloy tenía la oportunidad de hacerle la colonoscopia al personal, se la hacía. Él perdía el equilibro e iba a tiro hecho, y a veces era un temerario”, apunta el de Chinchón.

De hecho, muchos críticos le colgaron rápidamente a Eloy el sambenito de que era un cineasta escandaloso y efectista, aunque él se defendió siempre señalando que solo se dedicaba a mostrar con su cine lo que el resto de directores ocultaban en sus películas.

En cualquier caso, Eloy era un hombre bastante contradictorio. Alguien que arremetía en sus trabajos contra las creencias e instituciones sacralizadas, y que criticaba duramente los abusos del sistema político y económico establecidos, pero que, al mismo tiempo, participaba y se aprovechaba del susodicho sistema.

“Eloy militaba en el Partido Comunista de España, pero estaba muy protegido por su amiga Pilar Miró. El director fue parte interesada y beneficiada mientras Miró ocupó el sillón de directora de la Dirección de Cinematografía, luego del ICCA. Pero su discurso popular se hizo más radical y combativo contra el partido en el gobierno de España, ¡y con dinero público! Además, casi todos los productores y aliados de un tiempo le dieron la espalda hacia 1985 y se vio obligado a producirse él mismo para seguir rodando hasta que le cortaron el grifo de las ayudas oficiales”, argumenta Fuembuena.

 

José Luis y Eloy, un romance herido

El romance entre Eloy y Manzano terminó, y la carrera cinematográfica de ambos quedó herida de muerte, tras el rodaje de La estanquera de Vallecas (1987).

Después de filmarla, el vasco –fallecido en marzo de 2006– pasaría 16 años sin volver a ponerse detrás de las cámaras. El actor madrileño, por su parte, dejó de serle útil al sistema y acabó entregándose como nunca antes al consumo de heroína tras verse internado en la prisión de Carabanchel.

“[Manzano] vivió en contradicción frente al mundo del cine que le dio la espalda. Trató de volver a él con la ayuda de personas menos conocedoras del medio, como Pedro Cid, y no lo consiguió. Pedro Cid fue una figura humanista de gran peso que ejercía en una parroquia obrera en el barrio de La Alhóndiga de Getafe y, entre otras muchas actividades, ayudó a más de mil jóvenes a salir del caballo. También se arriesgó con José llevándoselo a vivir a su parroquia y lo acompaña durante los primeros monos y hasta un día antes de su muerte, dos años y medio después de su primer encuentro”, apostilla Fuembuena.

Manzano, icono indiscutible de la España constitucional, acabaría muriendo de una sobredosis de heroína, en el apartamento que ocupaba Eloy cerca de la estación de Atocha, en febrero de 1992. Vivió deprisa, deprisa. Murió más rápido aún.

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