[Muestra de Cine de Lanzarote 2019] ‘Heimat is a Space in Time’: Un siglo de Historia en 218 minutos

Thomas Heise recorre la historia reciente de Alemania al tiempo que reflexiona sobre la pérdida y el peso de las imágenes como transmisoras de la memoria.

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28 de noviembre de 2019

Partiendo del extenso archivo epistolar de la familia que el propio Thomas Heise empezó a transcribir en los años 80, el realizador berlinés recorre la historia alemana del siglo XX mientras reconstruye el pasado de sus antecesores. De ese modo, la investigación genealógica, estrictamente particular, se torna universal. El director de Vaterland (2002) construye su película valiéndose de las cartas que sus abuelos, padres y tíos se mandaron durante décadas, pero también recurre a documentación oficial y a viejas fotografías. Las imágenes en movimiento, siempre en blanco y negro salvo la secuencia que abre el filme, están tomadas del presente.

La voz del propio cineasta, desprovista de cualquier emotividad, neutra como la de un autómata, lee la correspondencia familiar, fuente informativa principal de una obra de proporciones monumentales construida con los materiales más humildes, como si la puerta de Brandemburgo hubiera sido hecha de adobe. La primera entrada está fechada en 1912 y da cuenta, a partir del testimonio de su abuelo Wilhelm, del clima previo a la Primera Guerra Mundial. En su última intervención, datada en 2014, Heise habla de la inminente muerte de sus padres. A lo largo de los 218 minutos que separan estas dos fechas, el espectador revivirá el Holocausto (la familia de su abuela, de origen judío, fue deportada a los campos de exterminio polacos), la llegada del ejercito ruso, las consecuencias de la división de Alemania (impagables las cartas que Udo, un antiguo novio de la madre de Heise, le enviaba desde la RFA), el sistema de vigilancia impuesto por el Ministerio de para la Seguridad del Estado en la RDA que su padre sufrió en sus propias carnes o la reunificación del país tras la caída del muro.

Si la recuperación de estas voces moldea la Historia desde la experiencia, esta también se reconstruye desde la ausencia: en la mayoría de las ocasiones solo tenemos acceso a una parte del flujo informativo (¿dónde están las respuestas de Rosemarie a Udo? ¿Y las de Edith a sus familiares deportados?) lo que nos obliga a pensar en las contestaciones, en cómo se sentirían los familiares de Heise tras saber, por ejemplo, que sus seres queridos no tenían para comer. Heimat nos obliga a tomar parte, no tanto desde un punto de vista moral como desde una empatía de corte humanista: nos coloca en el lugar de los que sufren y de los que no tienen voz.

Tanto los textos leídos como los documentos originales que aparecen en pantalla (cartas, listados, instantáneas) se combinan con imágenes tomadas del presente. Algunas de ellas se corresponden con los espacios en los que ocurrió la acción descrita en las cartas, como sucede con las ruinas del campo de trabajo de la Todt, otras no. Sin embargo, las voces del pasado se vierten sobre ellas generando sugerentes explosiones de sentido y hacen de Heimat un ensayo fílmico sobre la representación del horror. Heise se niega a mostrar las abominaciones bélicas, pre-bélicas o post-bélicas (de la Shoah a los métodos de vigilancia de la Stasi) y recurre a la voz como fuente de memoria, lo que le conecta con Claude Lanzmann, si bien convoca a los testigos indirectamente (el director es el médium) de manera que sus vivencias impactan sobre los diferentes paisajes filmados -apenas salen personas- y dan cuenta de un profundo sentimiento de pérdida y de un interés por inventariar las razones y los orígenes de una serie de desastres difícilmente explicables (lo que emparenta esta obra total con el cine de Eric Baudelaire y, por extensión, de Masao Adachi).

 

Quizá el verbo recorrer sea el más apropiado para hablar de esta película ferroviaria en la que los trenes son el gran protagonista. Tanto es así que los movimientos de cámara se apropian de su cadencia y los suaves paneos que sobrevuelan fotografías y cartas o los travellings mediante los que se da cuenta del entorno remiten al medio de transporte que, por antonomasia, está vinculado a los orígenes del cinematógrafo. La esencia fantasmagórica del cine guarda una estrecha relación con una película que no es sino una historia de fantasmas en la que la voz de Heise invoca a sus ancestros y les invita a pasear por una Alemania que, sin ser la suya, todavía conserva restos del pasado en el que ellos vivieron.

El caudal de ideas que contiene Heimat es inagotable. Esa voz duplicada que irrumpe durante la lectura de la misiva -llena de borrones, reescrituras y ruido caligráfico- que el abuelo del director envía al Reich para excusarse por haberse casado con una judía y evitar así males mayores. O las imágenes que muestran la demolición de una vieja facultad mientras se rememora el fin de Wolfgang, padre del cineasta, como directivo de la Universidad Humboldt en Berlín Oriental en la que ejercía como profesor de filosofía. Pero además de los innumerables detalles de puesta en escena -y de puesta en cuadro- que salpican los 218 minutos de metraje, Heise también es capaz de hacer brotar el suspense y la emoción a contrapelo, mostrando únicamente un interminable listado en el que aparecen los nombres de personas deportadas mientras lee las cartas que recibía su abuela Edith en las que se va narrando el proceso que culminó en la expulsión y confinamiento en Polonia de sus familiares. No puede haber secuencia menos connotada que esta: por su larga duración, por la inexpresividad de la voz, porque en la pantalla solo aparece texto escrito y porque conocemos el desenlace y, sin embargo, la angustia va creciendo a medida que los hechos nos son revelados.

Para ser justos con la que es, a todas luces, una de las grandes películas de 2019, habría que hablar de la influencia brechtiana a través del pensamiento de Heiner Müller -¡cómo está filmada esa conversación con el dramaturgo alemán!- de la visión sumamente crítica que Heise tiene de la unificación en particular y del capitalismo en general (“un sistema de presente y no de futuro”) o de ese arranque en color que nos sitúa en el lugar donde supuestamente se encontraba la casa de la abuela de Caperucita, un gesto que nos invita a pensar en la Historia como un fábula, como un cuento tan apasionante como el que Heise nos cuenta.

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