Muere Javier Aguirre, el ‘anticineasta’ que puso en órbita a Tony Leblanc

El director de 'El astronauta' y 'Pierna creciente, falda menguante' tuvo una carrera paralela e ilustre como autor de películas experimentales.

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04 de diciembre de 2019

La carrera del director Javier Aguirre, que ha fallecido en Madrid a los 84 años, fue una enorme paradoja. Por un lado, este cineasta nacido en Donosti mantuvo una distinguida carrera como autor de trabajos experimentales, que él denominaba “anticine”, con títulos tan austeros como Espacio Dos (1963) o Dispersión de la luz (2006). Por otro lado, su carrera en géneros más comerciales se atuvo a lo esperable en un director español de su generación: versátil (por que no le quedaba otra) y acostumbrada a sacar el máximo partido de medios escuálidos (porque no había para más).

Tras publicar su primera crítica de cine en 1950, con 15 años, Javier Aguirre trabajó como ayudante de dirección hasta debutar en largo (Los motivos de Cándido) en 1965. A partir de ahí, y mientras sus trabajos de vanguardia se volvían cada vez más abstractos, su filmografía de cara al público dispensaba comedias criminales (Los que tocan el piano), parodias muy coyunturales (Una vez al año, ser hippie no hace daño, Pierna creciente, falda menguante) y excursiones en el fantaterror (El gran amor del conde Drácula) y el suspense con un punto giallo (El asesino está entre los trece). Eso por no hablar de encargos a mayor lucimiento de Parchís (La guerra de los niños), Torrebruno (Rocky Carambola) o incluso María Jesús y su acordeón

Pero, más allá de estos títulos, hay dos películas de Javier Aguirre que destacan en su contexto. Una es El astronauta (1970), la descacharrante comedia en la que Tony Leblanc, José Luis López Vázquez Antonio Ferrandis pretendían llegar a la Luna desde la Castilla profunda del desarrollismo. La otra, Carne apaleada (1978), contaba con la esposa del director, Esperanza Roy, como una estafadora de poca monta destruida por el sistema penitenciario y por los encantos de la femme fatale Bárbara Rey. Una película insólita, basada en un caso real, que ahora quedaría relegada al circuito de festivales de cine LGBT.

El último largometraje comercial de Javier Aguirre, El amor sí tiene cura, se estrenó en 1991, pero el director siguió adelante con su carrera de ‘anticineasta’ hasta bien entrado el siglo XXI. En 2007, el documental (aguirre) glosó su vida y su obra, y en 2019 recibió (junto a Esperanza Roy) la Medalla de Oro de la Academia de Cine.

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