Por qué ‘Moonlight’ no debería ganar el Oscar

La historia un afroamericano homosexual criado por una madre adicta y golpeado por sus compañeros de colegio ¿Quién no le daría un par de Oscars?

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18 de febrero de 2017

Moonlight tiene una puntuación desorbitada en Metacritic, un 99 de media entre todas las críticas de prensa estadounidense que recoge esta famosa web. Para que os hagáis una idea La La Land, el fenómeno cinematográfico del momento, tiene 93 puntos. Pues bien, a pesar de que reconocemos lo pertinente que es este título, lo bonita que es su fotografía, lo emocionante que es su narración y el portentoso papel de Naomie Harris (la actriz rodó todas sus escenas en un par de días) en Cinemania no dejamos a ninguna de las nominadas libre de perjuicios.

Ya le dimos lo suyo a Comanchería el proclamado western del año, y por supuesto no se nos escapó Manchester frente al mar, el drama que ha puesto a Casey Affleck en el punto de mira (para mal o para bien). Ahora nos toca sacarle los colores a Moonlight, una película sincera, bienintencionada, preciosista y muy sensible de la que puedes leer la crítica de estreno aquí… Pero qué le vamos a hacer, nos encanta hacer de villanos.

Si funciona igual… Quítalo

Empecemos por el principio. Aparece Mahershala Ali interpretando a Juan, baja de un coche y se dirige a una esquina de la calle donde uno de sus esbirros está vendiendo droga. De repente la cámara comienza a dar vueltas alrededor de los dos personajes en un increíble alarde técnico y estético con el que el director quiere decirnos: “Mirad, mirad, ¿soy o no soy buenísimo con la cámara?” Efectivamente lo es, sin embargo su movimiento de cámara, este y el resto de cabriolas que se marca durante toda la película, no aportan absolutamente nada a la narrativa. Y la primera regla del buen cine es que la forma sirva para el fondo lo contrario podríamos denominarlo hacerse un Iñárritu.  Que las decisiones estéticas o técnicas tengan un sentido. O sea, que si la escena funciona igual con o sin alardes técnicos, lo mejor es eliminarlos. Al menos que quieras ver correr litros de baba de académico rancio.

Desaprovechando al mejor personaje

Mahershala Ali ha demostrado que es un tremendo actor, con su papel de Remy Danton en House of Cards, el soldado rebelde de Los juegos del hambre: Sinsajo, su nuevo papel en Luke Cage… y entonces llega Moonlight y su mejor personaje hasta la fecha, Juan. Un tipo tan carismático, tan duro y blando al mismo tiempo que es imposible no empatizar con él desde el minuto uno. No es raro que esté nominado al Oscar en la categoría de mejor actor de reparto, que lo estuviera al BAFTA, al Globo de Oro, al Sindicato de Actores (premio que por cierto ha ganado)… y unos cuantos más. Y sin embargo, Barry Jenkins desaprovecha deliberadamente este diamante en bruto. No le da ningún arco, ningún final, nada… Lo elimina directamente de la película quizá para empujar al espectador a pensar por sí mismo el desenlace de este personaje, pero este recurso provoca que se desaprovechen unas cuantas líneas narrativas que podrían haber desembocado en auténticas escenas dramáticas.

El otro Little Omar

Haber visto The Wire y enfrentarse a una película con personajes de la calle que trafican y que sobreviven en barrios conflictivos es complicado de gestionar porque ya todo sabe a poco. Y es evidente que nuestro querido protagonista, Chiron, es una versión más realista del mítico Little Omar. Un superviviente, en este caso de Miami, con madre adicta a las drogas (o sea, un infancia traumática), con un montón de chicos en el barrio que le odian y que después le temen cuando crece y se convierte en una eminencia. En resumen: Todo está inventado. El retrato de los barrios, de los vendedores de drogas, de los consumidores o de los matones no tiene ya tanto mérito.

¿Quién diablos maneja la cámara?

Moonlightes puro cine indie. Y desgraciadamente eso significa que la cámara enfoque hacia el cielo más veces de las necesarias y sobre todo que se desenfoque cada dos por tres para transmitir… ¿Transmitir el qué? De aquí podríamos volver al punto uno. Pero lo que realmente nos interesa denunciar ahora es el montón de complejos con los que camina el cine independiente. Un montón de tics que van desde el uso de la música, el tempo, los silencios innecesarios, los colores de la fotografía o el combo: encuadre desenfocado del cielo.

Los 400 golpes de Chiron

También hay muchos paralelismos entre Chiron y Antoine Doinel, por ejemplo sus silencios, su trato con los adultos, sus ganas de salir corriendo… Y todos estos detalles hacen de la película un drama íntimo, preciso, revelador y tremendamente emocionante. Es el tercer acto, cuando Chiron se hace llamar Black, cuando la narración se relaja y la tensión pasa a ser algo apenas inexistente. Un final honesto pero escaso de rock and roll… Barry Jenkins, tras una escena terrible y emocionante en la que por fin  nuestro protagonista desnuda su alma, nos regala una imagen del pequeño Chiron e la playa de noche frente al mar perfectamente fotografiada, casi onírica pero vacía totalmente de clímax.

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