Donald Trump: 30 años inspirando villanos de Hollywood

Antes ya de ser presidente, el magnate naranja ya recibía collejas en la pantalla: repasamos el cine 'trumpista', de 'Regreso al futuro II' a 'La primera purga'.

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20 de enero de 2019

Que la realidad es la principal influencia de cualquier ficción es algo obvio. En el mundo ocurren cosas y los creadores, consciente o inconscientemente, escriben sobre aquello que conocen y les afecta. Si ciertos sectores de la población están invisibilizados, no aparecen en la ficción; si ciertas ideas políticas están en boga, se harán más patente en ella. Por eso, nos guste o no, el cine y la televisión, como cualquier otro medio, son un buen termómetro social. Sirven para conocer el ambiente sociopolítico de una determinada época.

Como es natural, la llegada de Donald Trump al poder ha supuesto también una sacudida para la ficción. Y, concretamente, para un medio tan pendiente de la actualidad en EE UU como el cine de Hollywood. Tras el optimismo vivido en los tiempos de Barack Obama, los tiempos oscuros no tardaron en llegar. Pero sería absurdo pretender que el magnate inmobiliario metido a político no ha sido una figura importante del relato americano desde hace ya mucho tiempo. Porque, aunque no lo parezca, los tiempos de Trump llevan durando ya varias décadas.

Para comprender el auge de ‘The Trump’ tendríamos que viajar hasta la década de los 80: la época de los yuppies, la cocaína y el optimismo neoliberal. Y es que, por aquel entonces, el actual hombre fuerte del país era conocido por dos cosas: por haberse hecho extremadamente rico gracias a la especulación financiera y por haberse construido una torre con su nombre en plena Quinta Avenida de Nueva York, la Trump Tower. Eso fue suficiente para dotarle de un aura malévola, de villano corrupto, que lleva extendiéndose desde hace 30 años.

Villanos como King Koopa (Dennis Hopper en Super Mario Bross), el Biff Tannen multimillonario de Regreso al futuro II, Daniel Clamp (Gremlins 2) y el Donald Grump de Barrio Sésamo comparten entre sí unos rasgos bastante familiares para el hombre naranja: torres con su nombre, riqueza obtenida mediante métodos cuestionables y un pelo sospechosamente artificial. Porque eso fue Trump durante los ochenta. Un depredador inhumano, caricaturesco, cuya única función es amasar dinero y poder por el mero deseo de hacerlo.

Algo parecido ocurrió en los noventa, pero todo cambió radicalmente. La imagen pública de Donald Trump mejoró notablemente, empezando a ser considerado un hombre hecho a sí mismo. Eso probablemente pueda achacarse a la salida de su primer libro, Trump, el arte de la negociación (1987), haber aparecido frecuentemente en combates de lucha libre, habiendo sido el anfitrión de WrestleMania en los años 1988 y 1989, y la presencia de la Trump Tower, que pasó de atentado urbanístico a ostentoso símbolo de Nueva York. Por esa razón, durante todos los 90, era común verlo aparecer en cine y televisión ejerciendo el papel de embajador no sólo de la Gran Manzana, sino también del lado más amable, o al menos el más triunfador, del capitalismo financiero.

Para comprobar eso no necesitamos rebuscar mucho. Ya sea su cameo en Sólo en casa 2, donde da indicaciones a Macaulay Culkin a su llegada a la ciudad, su breve aparición en Zoolander, en la que aparece rodeado de celebridades del mundo del espectáculo y el pequeño papel que hizo en El Príncipe de Bel Air, visitando la casa de la familia de Will entre ovaciones. También tenemos el significativo comentario de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York, cuando el personaje de Sarah Jessica Parker afirmaba aquello de “Donald Trump es lo más Nueva York que puedes tener junto a Samantha y un cosmopolitan”. Esa idea amable de Trump, rozando lo heroico, fue una constante durante buena parte de las últimas dos décadas.

Pero la imagen de Trump como un personaje cruel que dice lo que nadie quiere oír llegaría con el cambio de siglo. En 2003, con el auge de los reality shows, él tendría el suyo propio: El aprendiz. Allí, un grupo de personas competirían por conseguir un trabajo de administración de un año de duración en la organización Trump. Con un estilo dictatorial e implacable, acabaría calando en el público gracias a un muy particular gimmick: el cómo gritaba a los expulsados del programa “¡Estás… despedido!”. Algo que originó otra serie de parodias, generalmente mucho menos agresivas que las de los ochenta, donde el ahora presidente, o un émulo del mismo, despedía a gente sin ton ni son en la ficción.

Hasta aquí llega la América de Trump como celebridad. El millonario sin escrúpulos, el hombre hecho a sí mismo y el showman del cual reírse. ¿Pero qué hay de la otra América? ¿Del otro Trump? El que habla de construir muros en la frontera con México, invadir Venezuela y negociar con dictadores extranjeros. Como es lógico, aún no tenemos una imagen completa de cómo lo tratara la ficción. Incluso si ya tenemos un puñado de retratos de esa América.

Por un lado, tenemos la saga La noche de las bestias. Creada por James DeMonaco, sus ya cuatro entregas siguen siempre la misma idea: en EEUU, un día al año, se suspenden todas las leyes, desatando así una descomunal oleada de violencia que garantiza la paz social. Y si sus dos primeras entregas (The Purge Anarchy) se ciñeron al conflicto de clases, fue la tercera parte Election donde introdujeron una conspiración para asesinar a una candidata a la presidencia que había prometido acabar con la purga, adentrándose así en el terreno favorito de Trump: las ‘fake news’, las amenazas y valerse de movimientos sociales para hacer lo que un gobierno democrático no puede. Algo que se refuerza aún más en la siguiente entrega de la saga, La primera purgaEsta precuela, que llega a los cines este viernes, narra los orígenes de la Purga. Y como afirma DeMonaco (y han dejado ver con descaro sus materiales promocionales) la inspiración más directa de la historia se sienta todos los días en el Despacho Oval y lleva un peluquín espantoso.

Otro buen ejemplo es Sicariootra saga que acaba de lanzar una nueva entrega (la segunda, en este caso: El día del soldado) y que muestra cómo en la guerra contra el narcotráfico no hay vencedores ni vencidos: sólo un rosario de muertos sostenido sobre un consumo de drogas que, la mayoría de las personas, perciben como inocuo. Igual que perciben como inocuos los métodos del gobierno, claramente delictivos y a espaldas de la ley.

A eso nos referimos cuando hablamos de los EE UU de Trump y cómo es representada en la ficción. No al hecho de que Michael Moore y Sacha Baron Cohen preparen sendas películas sobre él o que Gabriel Sherman (guionista que fue de su reality El aprendiz) prepare un guion sobre los inicios de su carrera. Eso se da por hecho. Es un presidente de los EEUU, es odiado, y el odio mueve a la gente más que el amor. Por eso Trump es una figura más interesante para hacer ficción que Obama, porque es más fácil adjudicarle el papel de villano o de héroe incomprendido.

Esa es la esencia de la América de Trump. La polarización. La politización más evidente de todos los discursos. Agotado el optimismo de la era Obama, donde todo parecía que saldría bien, tocan los tiempos oscuros de la era Trump, donde todo parece venirse abajo poco a poco. Algo que se traduce en el cine, la televisión y cualquier otra clase de ficción. Porque, nos guste o no, la ficción siempre habla del ahora. ¿Y qué ‘ahora’ más influyente puede haber que el hecho de que el presidente del país más poderoso del mundo sea lo más cerca que hemos tenido nunca a un villano de James Bond?

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