Miles Davis: la trompeta tenebrosa

Tenía que pasar: la vida de Miles Davis se ha convertido en thriller. ‘Miles Ahead’ convierte a Don Cheadle en el trompetista más influyente de la historia del jazz.

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29 de julio de 2016

En 1957, Miles Davis viajó a Francia a petición de Louis Malle para grabar la BSO de Ascensor para el cadalso y (ya que estaba en ello) cortejar a Jeanne Moreau. Por entonces, ya le apodaban ‘El Príncipe de las Tinieblas’, habiéndose codeado con Charlie Parker y firmado sus primeras obras mayores mediante esa virtud que presidiría su carrera: la capacidad para llevar la contraria.

Hijo de un dentista, Miles Davis se dio a conocer como el hombre que, frente a los excesos improvisatorios del be-bop, había impulsado un nuevo estilo basado en la contención y en las orquestaciones trazadas meticulosamente junto al arreglista Gil Evans. Birth of the Cool (1948) se llamó el álbum que definió la tendencia. Durante los 50, Davis tuvo tiempo para codearse con titanes (Sonny Rollins, Art Blakey), reclutar a John Coltrane, saxofonista sublime, y enrollarse con Juliette Gréco, la reina de las chanteuses existencialistas. También hubo hueco en su agenda para engancharse y desengancharse de la heroína, así como para quedarse afónico para los restos al discutir a grito pelado cuando convalecía de una operación en la garganta.

Durante al menos cuatro décadas, nada parecía fuera del alcance de Miles Davis. En lo musical, desde luego que no: ora grababa piezas de Falla y Rodrigo (Sketches of Spain, 1960), ora reemplazaba las escalas por los modos griegos (obteniendo en el proceso Kind of Blue -1959-, el disco de jazz más vendido de la historia) y descubría, durante los 60, a jóvenes prodigiosos como Herbie Hancock, Tony Williams y Wayne Shorter. A finales de esa década, influido por Jimi Hendrix y James Brown, amén de con ganas de mosquear a los músicos blancos, Davis se pasó a la electricidad: el etéreo In a Silent Way  (1969) y el torrencial Bitches Brew (1970) iniciaron una conmoción de la cual el jazz nunca se recuperaría del todo.

Pero todo tenía un límite. Agobiado por sus inquietudes personales, hecho trizas por la cocaína y resintiéndose de una vida sentimental turbulenta (como tantos otros señores bajitos, Davis era un erotómano contumaz), el músico entró en una espiral de reclusión y paranoia. En Miles Ahead, el actor y director Don Cheadle se acerca a esta etapa del personaje tanto detrás de la cámara como frente a ella, encarnando a un Davis fantasmagórico embarcado (junto a Ewan McGregor, sufrido periodista blanquito) en una historia con más de thriller que de biopic. Algo apropiado para un sujeto en cuya obra siempre abundaron los claroscuros, los giros imprevistos y las carreras enloquecidas hacia ningún lugar. O hacia lugares inesperados, más bien: a comienzos de los 80, cuando regresó a la actividad, Davis puso de uñas a los puristas versionando a Cyndi Lauper y Michael Jackson.

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