Merry Fucking Christmas!: ‘Tangerine’, el otro cuento de Navidad

La mejor fábula navideña de nuestro tiempo es la historia de amistad entre dos prostitutas transgénero de Los Ángeles.

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24 de diciembre de 2016

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  • Santa Monica con Highland.

    Situémonos en esa esquina de Los Ángeles. En ella empieza la película.

    Hace un año les hablamos de Tangerine (Sean Baker, 2015), aquella sensación de Sundance a la que prestamos atención a pesar de su condición de «sensación de Sundance». Hecha con un puñado de dólares e ideas bien resueltas, acabó por ser para muchos la vencedora moral del certamen de aquel año aunque ni siquiera formara parte de la Sección Oficial. Y entre esas buenas ideas que la sostienen está la de ocurrir en Navidad, lo que nos permite calendarizarla y volver sobre ella con la excusa de cada 25 de diciembre para recomendársela a quienes no la hayan visto todavía.

    El cruce de Santa Monica con Highland ha sido, durante más de tres décadas, uno de los focos de prostitución en Hollywood. Un barrio rojo no oficial conocido por su oferta masculina. Ese rincón del llamado Boystown era casi la única certeza que sobre el mundo del trabajo sexual de la zona tenía Baker (al fin y al cabo un hombre heterosexual, cisgénero, que no ofrecía ni demandaba esos servicios y que había nacido y vivido casi toda su vida en Nueva York). Pero a menudo pasaba en coche frente a esa esquina cuando iba o venía de su casa, a tres kilómetros, y sabía que en ella ocurrían historias que merecía la pena descubrir y contar.

    En esa esquina empieza Tangerine, decíamos, con el mayor banquete navideño que las protagonistas, Alexandra (Mya Taylor) y Sin-Dee (Kitana Kiki Rodriguez), se pueden permitir con la calderilla de la que disponen: un donut. A compartir. Estas dos prostitutas transexuales, interpretadas por dos transexuales que en un momento de sus vidas ejercieron la prostitución, están sin blanca. Después de la celebración les tocará salir, acercarse a algún coche, sonreír como si no estuvieran pensando en los meses de alquiler pendientes, contrarregatear, sobar unos genitales, friccionarlos y quizás llevárselos a la boca. Todo a unos cuantos dólares el minuto; tarifa variable.

    Aunque en ese momento no lo saben, el azúcar del donut industrial que acaban de comprar es todo lo edulcorada que va a estar la Navidad para ellas.

    De hecho, Sin-Dee acaba de salir de la cárcel y mientras se pone al día se entera, por un desliz de Alexandra, de que su novio (y chulo) la ha engañado con otra mientras ha estado en prisión. Y la gran farra de los celos empieza. A partir de ese momento —ni siquiera han pasado dos minutos de película, títulos de apertura incluidos— la chica es un polvorín que amenaza con incendiar el barrio. Es en Sin-Dee donde prende un cine en el que parecen confluir Crank: Veneno en la sangre (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2006) y Almodóvar.

    DE CÓMO SEAN CONOCIÓ A MYA Y JUNTOS CREARON LA PRIMERA SCREWBALL COMEDY DEL OTRO OTRO HOLLYWOOD

    Hollywood se nos ha vendido a través de sus películas como una superficie impoluta y deslumbrante demarcada por Beverly Hills, Venice Beach, el Paseo de la Fama y la icónica señal del distrito. Rara vez se nos muestra a sus indigentes, o a aquellos transeúntes de clase baja que caminan día tras día en un lento aunque inexorable irse a la mierda, pero lo cierto es que algunos de sus callejones, esquinas y moteles acaban por ser el atolladero en el que se estancan y prostituyen no pocos jóvenes que llegan a la ciudad atraídos por las luces y el glamour. Una realidad que supo recoger mejor que nadie el fotógrafo Philip Lorca-diCorcia en su serie Hustlers (1990-92), cuyos destellos dieron un esplendor casi escultórico a los chaperos del título y los inmortalizaron en un momento en el que la pandemia del VIH hacía estragos.

    Esos paisajes paralelos de Hollywood fascinaron a Baker desde que se mudó a Los Ángeles en 2012. En su película de recién llegado, Starlet (2012), el relato de la amistad entre dos mujeres en etapas muy distintas de sus vidas le sirvió como excusa para mostrarlos. La historia transcurría sobre el fondo del otro Hollywood, en el sentido en el que lo refieren Legs McNeil y Jennifer Osborne. El de la industria pornográfica de San Fernando Valley. Con Tangerine Baker dio un paso más en su interés por el mundo del trabajo sexual y la precariedad en Estados Unidos y se adentró en esta otra industria del sexo, la callejera. En ese otro otro Hollywood al que Mya Taylor había ido a parar con dieciocho años.

    myataylor

    En 2009 Mya, que respondía a nombre de varón, abandonó su hogar bajo el techo de sus abuelos, en Texas, y se fue a Los Ángeles. No habían aceptado su condición sexual y tan pronto cumplió la mayoría de edad marchó a visitar a un familiar transgénero, en el que confiaba encontrar ayuda. La convivencia tampoco funcionó y acabó en la calle. En concreto, acabó haciendo la calle durante cinco años, hasta los veintitrés, para evitar vivir en ella.

    Salvando las distancias, a Baker las cosas tampoco le iban según lo previsto. Starlet no le había brindado las oportunidades profesionales que esperaba. Según pasaba el tiempo y no conseguía levantar la financiación para su ansiado siguiente proyecto, The Florida Project (2017), tuvo que reconocer que si quería seguir trabajando como director no le quedaba otra que retomar una antigua oferta que tras Prince of Broadway (2008), su largometraje previo a Starlet, le habían hecho los hermanos Mark y Jay Duplass (no en balde las dos personas que mejor entienden el funcionamiento de la producción independiente en el Hollywood actual).

    El presupuesto era ínfimo, casi desmoralizador, pero aceptó. Cuando Mark le preguntó que de qué trataba la historia que tenía en mente, él le señaló su única certeza: aquella la esquina. 6785 California State Rte 2, Los Ángeles, CA 90038, EE. UU.: Donut Time.

    En enero de 2014 Mya decidió completar su transición y empezó a visitar el centro LGTB de Los Ángeles para recibir tratamiento hormonal. Fue en sus inmediaciones que Baker y su habitual colaborador en el guión, Chris Bergoch, la conocieron mientras hacían el trabajo de campo. Buscaban que no hubiera diferencias sustanciales entre la gente que protagonizara la historia y la que pudiera vivirla en la realidad. Se presentaron, le explicaron que no eran policías, le contaron el proyecto, le volvieron a explicar que no, que de verdad que no era policías, le dejaron los DVD’s de sus películas ya estrenadas para demostrárselo y ella aceptó participar, entusiasmada ante la expectativa de dar rienda suelta a sus frustradas inquietudes artísticas. Pero puso dos condiciones: tenían que mostrar la vida de Santa Monica con Highland sin limar sus asperezas, y el resultado tenía que ser divertido. Ya puesta —porque ella lo valía— también pidió una escena en la que cantar.

    De alguna manera con aquel requerimiento sobre el tono dramático, casi imposible de satisfacer, lo que les estaba pidiendo era una comedia para los trabajadores sexuales transgénero del microcosmos de Santa Monica con Highland que, en su especificidad de clase, género y raza, pudiera llegarle a cualquiera.

    Como todos los que trabajan en esa esquina, Baker salió adelante como pudo. Grabó con tres iPhone 5 y un presupuesto de 100.000 dólares, lo que, en términos hollywoodienses, es el equivalente a un banquete navideño consistente en un donut. El uso de las lentes TrueScoop de Moondog Labs, que anamorfizaban las imágenes asemejándolas a las del cine panorámico, le dieron algo de tranquilidad al apostar por sustituir las cámaras por teléfonos. Y sin más declaración de intenciones que la de seguir trabajando a toda costa, este amante del 35 mm se convirtió en uno de los últimos referentes del cine digital de bajo presupuesto.

    Mya y su amiga Kiki, presente desde la segunda reunión, pusieron a Baker y Bergoch al tanto de todos los chismorreos del barrio. Ellos los cribaron y ensamblaron en una sola trama, sin subrayados, enjuiciamientos ni peajes lacrimógenos. La película no incide en la tragedia, en la patología o en la intersección entre ambas, todavía lugares comunes en la mayoría de historias trans en la gran pantalla, y dio cierta satisfacción a quienes, en sintonía con Amanda Kerri, entienden que los transgénero pueden ser interpretados por cisgénero pero se debería tener en consideración antes a un actor trans y, sobre todo y por favor, que los cis pueden escribir historias sobre trans pero deberían dejar de hacerlo tan mal.

    Dentro del universo pop de 2015, Tangerine —con su apariencia engañosamente macarra, sus personajes marginales y sus latiguillos de slang misógino— fue el mejor contrapunto al gran momento de visibilidad trans que supuso la portada de Vanity Fair dedicada a Caitlyn Jenner (transgénero blanco, millonario, votante del Partido Republicano y celebridad televisiva; y dicho sea de paso, el fan de Tangerine que más hizo por que se tuviera en cuenta a Mya Taylor para las nominaciones a los Oscar). En un año crucial para la visibilidad trans, los de Jenner y Taylor fueron dos extremos de un abanico de relatos que en su mayoría aún están por contarse.

    donuttime

    El rodaje de Tangerine tuvo lugar en diciembre de 2013. Desde entonces han abierto unas cuantas galerías de arte en la zona, con la consecuente gentrificación. Eso, unido a que parte del mercado del sexo callejero ha pasado a funcionar a través de las aceras virtuales de Internet, ha cambiado ligeramente el aspecto del barrio. Lo que no ha cambiado en él es la pobreza. Basta consultar este mapa de los sintecho de Los Ángeles, hecho durante tres días consecutivos en enero de 2015, para comprobar que una parte importante de los 41.174 registrados (un 16% más que la cifra arrojada dos años antes, y subiendo) deambulan por los alrededores de la película.

    EL REGALO DE NAVIDAD

    Donut Time ha cerrado por jubilación. El estatus icónico que poco a poco estaba alcanzando el establecimiento entre un reducido sector de la cinefilia internacional y algunos vecinos de la zona llevó a algún cronista del activismo gay a asociarlo con Cooper’s Donut, aquella otra cafetería que en 1959 fue escenario de una protesta pre-Stonewall mediante la que los gays que la frecuentaban se revolvieron contra el acoso policial que sufrían.

    Hoy no existe ninguno de los dos locales pero, a su humilde manera, ambos han pasado a nutrir la narrativa del activismo LGTB. La pequeña revuelta cinematográfica de Tangerine consistió en hacer que en el otro otro Hollywood de pronto surgiera algo del Hollywood clásico, el de los enredos de la screwball comedy. Un cruce insólito en el que caben reminiscencias de The Exiles (Kent Mackenzie, 1961) o Paris is Burning (Jennie Livingston, 1990), así como de filias personales de Baker como Life is Sweet de Mike Leigh o los vines de Wolftyla, a los que el director estuvo enganchado durante el montaje.

    Sean estuvo a la altura del desafío propuesto por Mya y destacó lo suficiente como para llamar la atención de Willem Dafoe, quien se incorporó al casting de The Florida Project. Con la estrella llegó la financiación y —esta vez sí— el cine en 35 mm. El iPhone de Baker volvió a ser un teléfono, lo que le ha debido parecer el mejor premio posible por haber sido capaz de sacar buen cine de él. La productora pudo transformar los 100.000 dólares invertidos en 700.000 y hacer una donación al TEEP (Transgender Economic Empowerment Project) del centro LGTB de Los Ángeles, en cuyas cercanías conocieron a Mya. Ella, por su parte, comprobó que le sentaba bien el glamour con el que un día pudo soñar. Recibió el premio a la mejor interpretación femenina de reparto en los Independent Spirit Awards de 2016 (la primera vez que un actor o actriz transgénero se hizo con un premio de ese nivel), se vio glosada como talento y símbolo en numerosos artículos, y posó como una más de las celebrities del especial de los Oscars 2016 de Vanity Fair.

    Y coronando todo este éxito y todas aquellas referencias cinematográficas, el final de la película. Un gesto en una lavandería, preciso, precioso y trans, que resume la amistad y lo que deberían ser la familia y estos días de fiesta.

    Baker, Taylor y Rodríguez se hicieron un mutuo regalo navideño difícil de superar.

    Nosotros no podemos dejar de compartirlo, recomendándolo con cariño. Este texto no más que el papel que lo envuelve. Pueden abrirlo en Netflix.

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