‘La matanza de Texas’: 45 años de la película que cambió el cine de terror

Hace casi medio siglo, Leatherface y su familia se asomaron por primera vez a una sala de cine: recordamos la delirante historia del clásico de Tobe Hooper.

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30 de mayo de 2019

Si uno bichea por la red, descubre que la mayor parte del verano texano de 1973 fue calurosamente infernal. De hecho, los termómetros no bajaban casi nunca de los 40 grados. Y los protagonistas de La matanza de Texas (1974), que tuvieron que rodar la película allí entre julio y agosto de ese año, lo vivieron en carne propia. Pero su determinación y compromiso con el desaparecido Tobe Hooper —director de la cinta— era tan fuerte que no pararon hasta que el proyecto estuvo finiquitado.

El cineasta texano, que durante varios años trabajó como profesor universitario y camarógrafo de documentales, había debutado como director de cine con Eggshells —una película independiente de bajo presupuesto estrenada en 1969—. Y concibió su obra maestra mientras hacía las compras navideñas en la tienda de herramientas de un abarrotado centro comercial. En concreto, empezó a pensar, mientras miraba una fila de sierras mecánicas a la venta, qué pasaría si cogía una de ellas y, arma en mano, se abría paso entre la gente.

Desde que empezó a preparar el icónico slasher, Hooper tuvo claro que le tocaría encargarse de casi todo —maquillaje, cámara, iluminación, montaje y música—, ya que contaba con un presupuesto exiguo de 83.000 dólares —que acabó ascendiendo hasta los 300.000 hacia el final del rodaje—. Esa fue una de las razones por las que también decidió apostar en su largometraje —que se estrenó en Estados Unidos hace ahora 45 años— por un elenco y un equipo técnico con poca o nula experiencia en el mundillo.

La cinta se rodó en Round Rock (Texas) en menos de dos meses y de forma cronológica. Pero ese rodaje fue tan infernal como la situación que vivían los protagonistas de la película. “Estuvimos todo el día fuera, con el calor, tratando siempre de permanecer en la sombra cuando no estábamos filmando. No teníamos tráilers con aire acondicionado, pero normalmente grabábamos entre las ocho de la mañana y las seis de la tarde”, recuerda Teri McMinn —que en el filme interpreta a la malograda Pam y que en la vida real lleva alrededor de una década participando en convenciones de cine de terror—.

Todo en La matanza de Texas resulta tan hipnótico como enfermizo. Y eso, en gran medida, es mérito del guion que coescribió junto a Henkel, inspirado en el caso de Ed Gein —el asesino en serie de Wisconsin que, a finales de 1950, confeccionaba lámparas, muebles y otros objetos del hogar a partir de la piel y huesos de sus víctimas femeninas— y en el que se narra la historia —que, aún hoy día, muchos piensan que ocurrió en realidad—de cinco jóvenes inocentes que se topan con una casa habitada por una sanguinaria familia aficionada a la tortura y las motosierras.

En su búsqueda de una atmósfera de tensión y verdad en La matanza de Texas, Hooper recurrió a técnicas de lo más curiosas. Por ejemplo, no quería que la pandilla de amigos hablase con el actor que daría vida a su verdugo antes de rodar la escena en la que les mataba, para que su fatídico encuentro no perdiera ni un ápice del realismo que perseguía. “Cuando terminé la película, creo que todos me odiaban. Pero sabía lo que quería y sabía cómo lograrlo”, confesaba el propio Hooper en una de las últimas entrevistas que concedió.

Pero, además, la política de austeridad empleada por el cineasta era tal que el actor Gunnar Hansen, que interpretaba al gigante Leatherface, no pudo lavar el outfit de su personaje —un delantal de carnicero y una siniestra máscara— durante el tiempo que duró el rodaje. Y ese fue otro de los motivos por los que todos evitaban acercarse al islandés entre tomas. “Su vestuario olía de forma repugnante y no tenían desodorante Axe en ese entonces”, apunta entre risas Allen Danziger, una de las víctimas de Leatherface en la película —y que, desde hace años, dirige en Austin una empresa dedicada al entretenimiento llamada Three Ring Service—.

El pobre Hansen —que para ponerse en forma de cara al exigente rodaje pasó varias semanas saliendo a correr todos los días— sudó la gota gorda para encarnar al icónico caníbal, sobre todo en las escenas en las que debía empuñar una motosierra real mientras perseguía corriendo a sus pobres víctimas. “Teníamos dos cadenas para la sierra, una de ellas sin dientes, aunque aun así hacía daño. Bajo el disfraz de Gunnar, él llevaba una camiseta que estaba rasgada por todo el centro, solo para recordarle que tuviera cuidado con la sierra eléctrica”, explica John Dugan, actor que dio vida en la película al abuelo de la demente familia —y que después de aquello apareció en varios filmes de bajo presupuesto—.

“¡La sierra es la familia!”

La ya fallecida Marilyn Burns, actriz que dio vida a Sally (la única superviviente de la película), confesó en su día que la lenta furgoneta en la que viajaba todo el equipo —cinco actores, un cámara, un técnico de sonido, el director y un continuista— era sofocante, y que la sensación térmica era abrasadora. Una de las escenas que más recordaba era aquella en la que su personaje es torturado y obligado a soportar la cena con Leatherface y su trastornada familia. En el guion, la secuencia tiene lugar al final del primer día, lo que obligó al equipo de producción a colocar cortinas opacas para cubrir las ventanas. Esto, unido al insoportable calor veraniego, el irradiado por los focos, el olor a sudor, la comida y los cadáveres de animales en descomposición que había sobre la mesa y alrededor de la habitación —que en algún momento llegó a alcanzar los 100ºC— convirtieron las 26 horas que duró el rodaje de la escena en una travesía infernal.

Para más inri, en un momento de esa escena —en que Leatherface tiene que cortarle el dedo a Sally— se decidió provocar la sangre de forma real, ya que el equipo no pudo conseguir que la sangre falsa saliera del tubo colocado detrás de la hoja del cuchillo, algo de lo que Burns no fue consciente hasta mucho tiempo después. “Esa fue una secuencia muy intensa e íntima, y tuvimos que repetirla una y otra vez. Tenía a una hermosa y curvilínea joven atada a una silla frente a mí, con su dedo en mi boca. Debajo de todo el maquillaje, yo era un veinteañero, con hormonas embravecidas. No la miraba entre tomas. Apenas la conocía entonces. Y he comentado en varias ocasiones que el único sexo en la película es esa escena”, bromea Dugan.

Para Rubén Higueras, autor del libro La matanza de Texas: Tobe Hooper, el estreno de la película “cambió de manera radical y definitiva el devenir” del género de terror. “El filme rehúsa dotar al terror de naturaleza sobrenatural”, señala el crítico cinematográfico. “Además, Hooper se apropia de ciertos rasgos propios del cine documental y del cinéma vérité para, mediante su reelaboración, emplearlos como rasgos formales con el objeto de crear desasosiego en el espectador”.

Quizás por todo ello, la película —que ha inspirado numerosas precuelas, secuelas, remakes, documentales y hasta videojuegos— continúa influyendo en nuevas generaciones de cineastas. “El intenso estado de sugestión en el que Hooper sume a su público se consigue mediante la conjunción de un inteligente uso del montaje y del fuera de campo, unas imágenes con un look insalubre y sucio, la adopción de rasgos formales más propios del cine documental que del de ficción y una banda sonora conformada por incómodos efectos sonoros, entre otros recursos”, añade el escritor.

La película es sangrienta, sí. Pero las dosis de gore tampoco son excesivas, ni gratuitas. De hecho, Hooper escatimó en sangre con el deseo de que la temida Motion Picture Association of America (MPAA) clasificara La matanza de Texas con una PG, aunque lo cierto es que se las vio y se las deseó para encontrar distribuidora. “La película acabó siendo distribuida por Bryanston Distributing, que era, en realidad, una tapadera para blanquear el dinero proveniente de las actividades delictivas de los hermanos Louis y Joseph Peraino, quienes compraron el largometraje de Hooper pensando que pasaría con más pena que gloria por las carteleras, pudiendo continuar con sus quehaceres delictivos sin levantar la menor sospecha”, explica Higueras.

Censura y tacañería

Pese a que no encandiló a la crítica, La matanza de Texas empezó a proyectarse en multitud de teatros y autocines del país y logró recaudar más de 30 millones de dólares en Estados Unidos, lo que lo convirtió en uno de los títulos independientes más exitosos de la historia del cine. Y, además, su éxito comercial permitió a su director empezar a trabajar en proyectos de mayor presupuesto a partir de entonces.

Sin embargo, la mayoría de los actores que la protagonizaron apenas cobraron doscientos dólares por semana de rodaje, y se quedaron sin la porción de las ganancias que en un principio se les prometió. “A las dos semanas de empezar a rodar, Vortex se quedó sin dinero. Pararon la película, se marcharon, buscaron más dinero y retomaron la filmación alrededor de una semana después. Fue entonces cuando nos pidieron que firmásemos contratos aceptando ‘ganancias diferidas’ sobre el beneficio neto que se obtuviese”, asegura McMinn. Pero, debido a una serie de catastróficas desdichas, aquello nunca llegó a suceder. “La única vez que nosotros ganamos un centavo es cuando la película se proyecta en un teatro, en pantalla grande. Pero, después de que saliera de alquiler en vídeo, rara vez se mostraba en pantallas de teatros”.

Jaleos económicos a un lado, la cinta no logró escapar de las garras siniestras de la censura y, durante años, fue prohibida en muchos países al ser tachada de pornografía sangrienta. Aunque el caso más llamativo es el británico ya que, cuando en marzo de 1975 los examinadores del Consejo Británico de Clasificación de Películas (BBFC) vieron la película, la rechazaron con efecto inmediato. “El filme fue remitido al Greater London Council, que le otorgó la clasificación X, posibilitando su exhibición en Londres de manera estrictamente limitada. La situación no comenzaría a mejorar hasta finales del milenio. En 1998 el filme gozó de un lanzamiento limitado en unos pocos cines de Londres y en 1999 (casi veinticinco años después de su estreno en USA) sería aceptada su comercialización a nivel nacional en su forma íntegra”, relata Higueras.

Pero no se dejen engañar por la modernidad. Aunque el filme lograra adquirir el estatus de película de culto hace años, parece impensable que se pudiera sacar adelante un largometraje tan genuinamente perturbador hoy día. “Supongo que la calidad granulada de la imagen y la credibilidad de los actores, desconocidos en ese momento, te permiten identificarte con ellos”, apostilla Danziger. Porque la película es cruda y disparatada, sí. Pero también demasiado real y efectiva para ser olvidada.

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