La historia de Marcelino Orbés: el mejor payaso del mundo era español, admirado por Charles Chaplin y Buster Keaton

Se estrena la docuficción 'Marcelino, el mejor payaso del mundo' y hablamos con su director, Germán Roda, para conocer la historia de esta estrella del clown.

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12 de junio de 2020

Aunque puede que a muchos no les suene de nada su nombre, Marcelino Orbés fue el mejor payaso del mundo desde 1900 hasta 1914. El español triunfó durante años en las ciudades de Londres y Nueva York, y llegó a ser el clown más aclamado por el público en la mayor industria del entretenimiento de la época, tal y como recoge Marcelino, el mejor payaso del mundo, una curiosa docuficción dirigida por Germán Roda y protagonizada por Pepe Viyuela que llega estos días a las salas españolas.

“La historia de Marcelino tiene todos los ingredientes de una buena película”, comenta a CINEMANÍA Germán Roda. “Empezar desde la nada y llegar a lo más alto. Y luego volver a caer. En lo personal, encarnó el tópico del payaso feliz en el escenario y triste fuera de él. Las sombras de los grandes personajes siempre me han interesado”.

El director y guionista cuenta que decidió “recrear secuencias de ficción, tanto para contar la vida de Marcelino como sus números circenses, porque tristemente no existen imágenes en movimiento de este gran artista” y añade que, desde el inicio del proyecto, pensó en Pepe Viyuela, “un actor y payaso del siglo XXI con formación de mimo y clown”, para meterse en la piel de un payaso del siglo XX: “De esta manera, es más atractivo para el público ya que pueden hacerse una idea de las condiciones tan excepcionales que tuvo Marcelino”.

Su película, basada en el libro homónimo del periodista Mariano García, homenajea a un artista que nació en Jaca (Huesca) y aprendió a sacarse las castañas del fuego desde bien pequeño. La historia de este payaso es la de un niño pobre que huyó de casa para empezar a currar como asistente de circo, con la esperanza e ilusión de llegar a convertirse algún día en una gran estrella de la industria.

“Cuando Marcelino tenía ocho años, viajaba por Europa con la troupe de Los Martini ordenando las sillas para los artistas. Lo debió de hacer con gracia porque un día el público comenzó a lanzarle monedas, Marcelino dejó las sillas para recogerlas y eso le costó una paliza”, explica Roda.

 

La forja de un payaso

El jovencísimo artista tenía muy claro que quería ser clown, así que celebró con alegría el día que se le brindó la oportunidad de trabajar como payaso acrobático. El filme recoge diversas anécdotas relacionadas con su carrera, como aquella noche que Marcelino le salvó la vida al rey Alfonso XII, quien acudió a ver uno de sus shows.

El artista estaba haciendo un número con elefantes y, de pronto, uno de los animales barritó, levantó la trompa y quiso caminar hacia el monarca. Marcelino tiró entonces su sombrero a la cara del elefante para distraerle, y este cambió entonces de objetivo, dirigiéndose hacia él. El de Jaca tuvo entonces que dar varias volteretas, subirse al trapecio y acabar en los techos del circo para salvar también su propia vida. Aquel susto tuvo recompensa ya que, al día siguiente, Alfonso XII le entregó una condecoración por la valentía mostrada la noche anterior.

Después de deambular por España, Marcelino se compró un esmoquin usado y creó su gran personaje, el payaso Marceline, con el que actuaría en los circos europeos más prestigiosos y, sobre todo, se convertiría en la gran estrella del Hippodrome de Londres, el teatro más grande jamás construido. Allí, el español lograría llenar dos funciones al día y llegaría a ser la figura más importante de la cartelera británica.

 

Éxito internacional

Sin embargo, en 1905 empezó a sentir que la capital británica se le quedaba pequeña y aceptó una suculenta oferta para cruzar el charco y trabajar de forma permanente en el New York Hippodrome, un gigantesco teatro con 5.200 localidades. Los británicos vivieron su partida con bastante pena y se cuenta que el día que abandonó Inglaterra algunos niños fueron a despedirlo al puerto de Southampton mientras lloraban de tristeza.

Aquel mimo con habilidades acrobáticas se hizo de oro en la Gran Manzana durante siete temporadas. La gente acudía entonces en masa a los teatros y, de hecho, más de diez mil personas veían diariamente los espectáculos de Marcelino –quien, al parecer, enseñó su gag del bastón a Charles Chaplin–. El mismísimo Buster Keaton afirmaría en una entrevista que el español era el mejor payaso que él había visto sobre un escenario.

“Creo que lo que diferenciaba a Marcelino de los demás era que, además de ser un clown excepcional, era un acróbata sin parangón y eso era muy difícil de superar”, comenta Roda cuando se le pregunta por la clave del éxito del aragonés. “Era capaz de hacer un gesto sutil para que todos rieran y luego hacer siete saltos mortales para que todos se quedaran con la boca abierta”.

 

La peor caída de Marcelino

Pero nada es eterno, y su exitosa carrera empezaría a resentirse cuando la transición del mundo del espectáculo empezó a gestarse. “La sociedad evolucionó y el público comenzó a demandar otro tipo de espectáculos, como por ejemplo el cine. En lo personal, Marcelino vivió el fracaso de su matrimonio y sus inversiones en diversos negocios. Y para rematar, tomó varias decisiones un poco ‘arrogantes’ que hicieron que su figura se alejara del Hippodrome de Nueva York, y el público comenzara a olvidarse de él”, señala Roda.

Entre otras cosas, Marcelino, quien mantuvo la nacionalidad española hasta que en 1922 le concedieron la americana, llegó a montar su propio espectáculo para seguir siendo el protagonista absoluto, pero la cosa no salió nada bien. “Durante la gira, sucedieron malos entendidos y situaciones críticas que hicieron que no tuvieran la audiencia prevista y todo acabó en la suspensión del espectáculo, mala prensa y el comienzo del fin para Marcelino”, añade el cineasta.

El teatro y el circo perdieron fuelle en Nueva York, capital mundial del espectáculo en ese momento, y el cine se convirtió a partir de entonces en el campo donde se estaba abriendo un auténtico mercado en expansión. Por un lado, Marcelino fue coetáneo de artistas como Charles Chaplin y Buster Keaton pero, a diferencia de ellos, él nunca supo adaptarse al séptimo arte. Participó en un par de películas de las que hoy día no queda ni rastro, pero no le convenció para nada esa industria.

Asimismo, sus espectáculos empezaron a recibir críticas negativas y, aunque ganó un dineral en su época de máximo esplendor, el español también hizo inversiones inmobiliarias y montó tiendas y restaurantes que nunca funcionaron. Todo ello le llevaría finalmente a la ruina económica y a verse sumido en una fuerte depresión.

En sus últimos años de vida, Marcelino se vio obligado a trabajar en ferias de condado y grandes almacenes. Desesperado, solo e incapaz de vislumbrar un poco de luz al final del túnel, se suicidó a los 54 años en la habitación de un humilde hotel neoyorquino. Dicen que en sus bolsillos se encontró una papeleta de empeño.

“Casi con toda seguridad se trataba del alfiler de corbata con forma de herradura que le regalaron en el Hippodrome”, se asegura en la película. Al parecer, Marcelino empeñó esa joya para poder comprarse la pistola con la que acabó pegándose un tiro. Solo ochenta y cuatro personas asistieron a su entierro, aunque la noticia de su muerte le brindaría un último minuto de fama cuando el prestigioso The New York Times decidió darla en portada.

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