Mae West, la diva que perdió su reputación y nunca la echó de menos

Pasó por la cárcel, se dice que llegó a ser la segunda persona mejor pagada de EE UU e inspiró a Betty Boop. Así era Mae West, una adelantada a su tiempo.

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22 de noviembre de 2018

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  • “He escrito mi biografía. Va sobre una chica que perdió su reputación y nunca la echó de menos”. Es una frase de la bravísima Mae West —fallecida hace ahora 38 años—. Toda una declaración de principios sobre libertad y transgresión de la que fuera la reina del kitsch, y la persona mejor pagada de Hollywood en los años cuarenta, todo sea dicho de paso.

    Odiada y venerada a partes iguales, la diva de Brooklyn murió por causas naturales a los 87 años, tres meses después de sufrir un derrame cerebral que la llevó a tener que ser hospitalizada y le dejó varias secuelas, como una alteración del habla. Y, tal y como deseaba, fue enterrada en el Cypress Hills Cemetery, el mismo camposanto donde también reposan los restos de sus progenitores y hermano, en una de las cinco criptas que había comprado cuando su madre murió en 1930.

    West era de las que decían que solo se vive una vez, pero que “si uno lo hace bien, una vez puede ser suficiente”. Su biografía da buena fe de ello. Estudió baile, empezó a trabajar en el teatro a los cinco años y, a los 14, ya era artista de vodevil. Siempre fue un culo inquieto y no tardó en empezar a escribir novelas y obras de teatro de carácter frívolo.

    Precisamente una de esas obras, un musical titulado Sex (escrito, protagonizado y dirigido por la propia actriz, que daba vida en él a una prostituta), la llevó a pasar diez días en la cárcel por cargos de obscenidad en 1927. En concreto, el montaje llevaba diez meses en cartel (en Broadway) cuando un jurado consideró que el texto era “un drama obsceno, indecente, inmoral e impuro” que podía “corromper la moral de la juventud”.

    A pesar de salir escaldada de aquello, no tardó en volver a escribir una comedia polémica. Esta vez basó la trama en una historia sobre la homosexualidad titulada The Drag que, directamente, fue prohibida en Nueva York. Varios años después de aquello, la Paramount le ofreció a la actriz, que entonces rozaba la cuarentena, un pequeño papel en la película Noche tras noche (1932), y al año siguiente West adquirió el estatus de estrella con su papel de mujer hecha a sí misma en la comedia romántica Lady Lou. Nacida para pecar, un filme basado en su conocida comedia teatral Diamond Lil.

    Pero, a pesar del éxito comercial de sus películas, la filmografía de la actriz acabó siendo bastante escasa —apenas rodó una decena de títulos—. Su último papel, de hecho, tuvo lugar en la comedia musical Seis maridos para Marlo (1978), donde West se metió en la piel de una explosiva actriz de Hollywood que, entre otras cosas, graba una cinta con sus memorias, en las que revelaba con pelos y señales todas sus aventuras amorosas con gente conocida.

    Lo que no escaseó en (casi) ningún momento de su vida fueron su entusiasmo por los hombres —vivió infinidad de romances, pero se casó solo una vez— y el dinero. De hecho, se dice que la rechoncha artista llegó a ser la segunda persona mejor pagada del país, solo por detrás del escritor William Randolph Hearst. 

    También logró llevar el control de su carrera, convenciendo a Paramount Pictures (a quienes salvó de la ruina, por cierto) para que se le permitiera escribir los guiones de sus personajes en cintas tan exitosas como No soy ningún ángel (1933), donde interpreta a una estrella de circo exuberante e interesada, o No es pecado (1934), en la que da vida a una cantante que se debate entre el amor de dos hombres que la cortejan.

    Eso sí, su incorrección política y su descaro favorecieron siempre su habilidad para granjearse enemigos y dicen quienes la trataron que muchos de sus compañeros de profesión la miraban con infinita condescendencia. Para su desgracia, la aplicación del código censor del presidente de la patronal de cine Will Hays, destinado a regular con mano de hierro la moralidad de las producciones cinematográficas de la época, le acabó cortando bastante las alas a la actriz que, aun así, se las ingenió para esquivar a los censores con su ingenio y sus juegos de doble sentido durante un tiempo. Cuando los censores apretaron las tuercas, West fue despedida y tuvo que volver a sus raíces; es decir, retomando su carrera sobre las tablas hasta que la censura comenzó a perder poder, en los años sesenta.

    A la autora de reflexiones como “cuando soy buena, soy muy buena, pero cuando soy mala, soy mejor” nunca le sedujo la idea de retirarse. Por eso, en sus últimos años de carrera aceptó algún que otro trabajo que, según algunos, debería haber rechazado. La mentalidad paternalista de la época hizo que muchos la criticasen, al considerar que era demasiado mayor para tratar de ser sexy. O, quizás, para llevar las riendas de su vida. Según decían, había perdido su glamour de antaño y parecía una parodia de sí misma.

    Pero lo único que logró frenarla realmente, y la obligó a reducir sus apariciones en público, fueron los inoportunos achaques de salud. Uno de sus amigos contó en una entrevista que la actriz se mostraba incapaz de memorizar el guion de su última película, por lo que hubo que dictarle las frases a través de un audífono.

    Sea como fuere, nadie duda que West, cuyas curvas inspiraron el dibujo animado Betty Boop, fue una adelantada a su tiempo. Sus insinuaciones sexuales y su burla constante al puritanismo de la sociedad americana la convirtieron en todo un símbolo de libertad, valentía y empoderamiento mucho antes de que este concepto político estuviera presente en los debates sobre feminismo.