Luis Callejo: “Lo único que hace falta para ser actor es querer ser actor”

El intérprete estrena ‘Intemperie’ y la segunda temporada de ‘La Peste’, en la que es la mano (armada) de La Garduña

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15 de noviembre de 2019

@Antonio Terrón

“Ah, ¿es este tipo de entrevista?”, pregunta Luis Callejo (Segovia, 1970) cuando le pido que empecemos por el principio, que me cuente sus años en París, donde un grupo de teatro en las extraescolares de Derecho le cambió la vida y la personalidad. “Realmente el principio, ya que es este tipo de entrevista, fue en un campamento en Galicia en que yo hacía de príncipe en una función y el día de la representación me rajé”, continúa este intérprete que entonces pensó que nunca sería actor y al que hoy, sin embargo, reconoces de sobra gracias a sus trabajos en Vis a vis, Mientras dure la guerra, Kiki, el amor se hace o Tarde para la ira. Este viernes estrena en Movistar + la segunda temporada de La Peste, en la que es el brazo armado de La Garduña que mueve los hilos en la Sevilla del siglo XVI. En pantalla grande tampoco resulta menos temible, dando vida al implacable capataz que persigue a Luis Tosar y a Jaime López en Intemperie, adaptación a manos de Benito Zambrano de la novela de Jesús Carrasco que se estrena el próximo 22 de noviembre. Aprovechamos esta buena racha para hablar con él de su trayectoria, del oficio de actor, la timidez, los comienzos…. Sí. Es ese tipo de entrevista.  

¿Qué hacías en París?
Estudiaba Cuarto de Derecho. Yo me metí en Derecho muerto de miedo. Era muy tímido. Quería tener un trabajo de oficina, de hacer papeles y no tener que relacionarme con nadie. En mi casa me preguntaban: “¿Pero no vas a hacer periodismo o filología que es lo que te gusta?”. Era lo que me gustaba, la verdad. Pero estaba tan muerto de miedo que elegí derecho. Gracias a Derecho terminé haciendo teatro. 

¿Cómo era la vida de estudiante en París en los 90?
En París llevaba una vida muy dura. Vivía en una habitación de servicio, en un séptimo piso sin ascensor, en un cuartucho miserable. El retrete estaba en el pasillo y no tenía ni ducha. Me duchaba en la habitación de dos chicos liberianos, que vivían peor que yo pero tenían una ducha portátil.  

¿Y cómo entró el teatro en ese panorama?
En la facultad el panorama era muy serio. La gente iba en corbata y daban una ponencias muy serias. Había mucho nivel y mucha concienciación con los estudios. En esto vi un anuncio de un taller de teatro. Me metí y me cambió la vida. Conocí a gente distinta y era un lugar en el que me sentía feliz. Allí era el español que hablaba raro y cualquier cosa que decía le hacía gracia a mis compañeros. Fue mi primer público.  

¿Cómo conseguiste vencer la timidez?
Con entrenamiento. Cuando entré en la RESAD seguía siendo tímido e incluso estaba un poco acartonado todavía. Venía de llamar a los profesores de usted y allí me solté. Lo único que hace falta para ser actor es querer ser actor. En esta profesión, tus debilidades son tu fortaleza, tu sello. No hay reglas. Solo tienes que insistir en ello. El mejor actor del mundo haciendo los personajes de Luis Callejo soy yo. No hay nadie mejor para hacer de Luis Callejo. 

Pero cambias mucho de un personaje a otro. Por ejemplo, de En las estrellasJefe. 
En las estrellas hay un trabajo de caracterización fantástico. Pero me alegro que comentes esto. Me acuerdo de Princesas y El penalti más largo del mundo, que las hice seguidas. En una hacía de árabe y en otra de informático.

¿Cómo entraste en la industria del cine?
Antes de estas dos películas actué en Juego de luna y en Sobre el arcoiris, una película de Gonzalo López Gallego. Había llegado el digital y él hizo una cosa muy inteligente, se inventó una justificación para grabar en digital. En la película, mi personaje grababa con una cámara. Hacía un viaje real, a Berlín, y otro viaje estilístico. Pasaba de ser un voyeur a construir una ficción, hasta que al final no sabías que  era real y qué era mentira. Cuando me dicen que qué tal me siento siendo secundario, pienso siempre en esta película en la que fui todo lo protagonista que podía ser.  

¿Fue en esa película donde te vieron Fernando León de Aranoa y Roberto Santiago?
No. Fue en un curso que tuve la suerte de hacer organizado por Mariano Barroso [actual presidente de la Academia de Cine] en el que juntaban a guionistas y a actores. Allí estaban Manuel Martín Cuenca, Roberto Santiago, Alejandro Hernández, actrices como Nathalie Poza… Allí conocí a Roberto Santiago que me llamó al poco tiempo y me preguntó si me atrevía a hacer de árabe en El penalti más largo del mundo. Hice una prueba, a la que fui maquillado por mí mismo con toallitas bronceadoras. 

¿Cómo es trabajar con Fernando León de Aranoa?
Tiene una mezcla de amabilidad y exigencia. Con esa amabilidad te pide que hagas una toma 80 veces. De hecho, estoy convencido de que me cogió porque en la prueba repetí la escena quince veces. Creo que cogió a quien más aguante tenía. A mí es que me encanta hacer castings. 

¿Al tímido le gusta hacer castings?
No hay nada que me guste más. Disfruto un montón. Creo que eso me ha ayudado. Y sigo siendo igual de tímido, llevo fatal la promoción y las entrevistas. Pero, no es lo mismo ser tú mismo que un personaje.

Tarde para la ira, la ópera prima de Raúl Arévalo, es una película muy especial para ti.
Es una de esas películas en las que se junta todo. Y que ha sido muy buena para los que participamos en ella. Mira Ruth Díaz, que era compañera mía de la RESAD y, es curioso, habíamos hecho de pareja en tres cortometrajes antes de Tarde para la ira. También para Manolo Solo… que hay que ver qué personajazo que se marcó. Es que somos como valores de bolsa. Raúl Arévalo confía en ti y te revalorizas. Aunque a mí ahora me llaman solo para hacer de tío duro. 

Fue un proyecto que tardó demasiado en hacerse.
Raúl [Arévalo] me la ofreció cuando estábamos haciendo El patio de mi cárcel. Nos pusimos hablar de nuestros orígenes segovianos, estuvimos charlando… Y de buenas a primeras, me dijo que estaba escribiendo un guion que quería que protagonizásemos Antonio de la Torre y yo. Tardamos ocho años en hacerla. Nunca he sentido tanta responsabilidad como con esta película.  

Háblame de la segunda temporada de La Peste. 
La primera temporada nos tuvo a mí y a mi chica enganchados. Era una serie inteligente. Dejaba cabos abiertos y no estaba todo explicado.  Y en cuanto a la segunda, trabajar con Alberto Rodríguez es una maravilla. También es exigente y muy amable, tiene las cosas clarísimas.  

 

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