Louise Brooks, la diva del cine mudo que no se plegó a las exigencias morales de Hollywood

Ríndete ante una de las actrices más fascinantes de la historia del cine, una leyenda de carisma tan severo como el icónico corte de pelo de su Lulú.

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08 de agosto de 2020

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  • Por mucho que cueste creerlo, Louise Brooks, considerada como la máxima estrella del cine mudo de los años veinte, murió enferma, pobre y más sola que la una en el humilde apartamento de una habitación que habitaba en Rochester, Nueva York.

    La actriz, quien se había instalado en él en 1956, a instancias de un conservacionista cinematográfico con quien entabló cierta amistad, pasó sus últimos años de vida estudiando cine y escribiendo. De hecho, encontró suficiente inspiración para redactar un libro de memorias, Lulú en Hollywood, que fue publicado en 1982 y obtuvo muy buenas críticas por su estilo e inteligencia.

    Para narrar su peculiar historia, Brooks rebobinó su vida hasta el mes de noviembre de 1906, cuando nació en una pequeña ciudad del medio oeste americano y algunos allegados se referían a ella como Brooksie. Su madre no le hacía demasiado caso, pero al menos atinó a proporcionarle cierta formación artística y le ayudó a que empezara a bailar siendo aún una niña.

    De hecho, Brooks debutó con los bailarines de la compañía Denishawn y se marchó luego a la ciudad de Nueva York para currar como corista en un popular espectáculo de variedades dirigido por George White, Scandals. Su talento era tan grande que hacía sentir a sus compañeras verdes de envidia, pero sus continuos arrebatos e impertinencias llevaron a que fuese despedida del show al cabo de un tiempo.

    La conocida revista musical Ziegfeld Follies se convirtió en 1925 en su siguiente casa, y el público empezó a fijarse cada vez más en aquella sofisticada y talentosa muchacha. Pero a Brooks le acabó picando el gusanillo del cine y eso hizo que un día optara por dejar aparcada su carrera como bailarina y corista.

     

    Louise Brooks en el cine

    Cuando se coscó de que Hollywood se había convertido en el principal centro de producción de cine del país abandonó además Nueva York para empezar a trabajar en Los Ángeles, encarnando papeles de jovencita sexy en cintas mudas como It’s the Old Army Game (1926) –dirigida por Edward Sutherland, que además se convertiría en el primero de sus dos maridos– o Mendigos de vida (1928), de William A. Wellman.

    La sensual y rebelde Brooks transmitía verdad en cada una de sus naturalistas interpretaciones. Llegó a convertirse en reclamo para algunos fotógrafos y consiguió crear escuela entre muchísimas mujeres con su peinado bob.

    Pero a pesar de que su popularidad iba in crescendo, su sueldo no aumentaba al mismo ritmo, y un día, aconsejada por su amante George Marshall, decidió reunirse con el ejecutivo de Paramount B. P. Schulberg para pedirle una subida salarial. El tipo, que siempre tuvo mala fama entre las féminas, rechazó su petición y Brooks le dijo entonces algo así como ‘Pues ahí te quedas’.

     

    Louise Brooks en Alemania

    Harta de ninguneos, la actriz se marchó a Berlín, donde el cineasta alemán Georg Wilhelm Pabst la acabó contratando –tras hacerle una prueba a un puñado de actrices alemanas, Marlene Dietrich entre ellas– para actuar en el clásico La caja de Pandora (Lulú), magnífica adaptación de una obra teatral de Wedeking y filme que ha trascendido como paradigma del erotismo cinematográfico.

    Su papel de mujer ambiciosa y amoral que usa a los hombres a su voluntad le valió para consagrarse como la gran estrella del cine mudo de la época. Aunque aquella transgresora cinta que contenía sexo, lesbianismo e incluso incesto, y por ello fue censurada allá donde se fue estrenando, pasaría bastante desapercibida ante el incipiente éxito del cine sonoro.

    La actriz volvió a intentar trabajar en EE UU, pero no le fue demasiado bien, por lo que decidió ponerse de nuevo bajo las órdenes de su admirado Pabst, que esta vez sacó adelante un melodrama, Tres páginas de un diario (1929), en el que la de Kansas volvió a dar la talla interpretando esta vez a una adolescente desdichada y atormentada por su pasado.

     

    Louise Brooks sigue sus propias reglas

    Después de rodar en Francia una cinta en la que le tocó hacer de mecanógrafa que participa en el concurso Miss Europa –Premio de belleza (1930)–, Brooks regresó a su país natal con la esperanza de que las reglas del juego de Hollywood hubieran cambiado en algo.

    Tardó poco en comprobar que todo seguía exactamente igual, y en entender que ella no estaba dispuesta a plegarse a las exigencias de la moral imperante en la meca del cine; donde, por cierto, se había granjeado una fama de persona difícil, impertinente y demasiado independiente.

    Para más inri, Brooks se cerró en banda y rechazó doblarse en su última película, por lo que Hollywood, que ya estaba bastante entretenido fabricando nuevas estrellas de cine (sonoro, esta vez), comenzó a cerrarle puertas. Brooks tuvo entonces que resignarse a participar como actriz de reparto en varias comedias y westerns intrascendentes.

    Prácticamente arruinada, pero completamente decidida a no lamerle el culo a nadie (ni acostarse con el productor de turno) por un papel, la actriz rodaría su última película, Overland Stage Riders, en 1938 junto a John Wayne.

     

    Louise Brooks vuelve a casa

    “Lo que siguió a aquello fue un regreso a su estado natal, Kansas, luego una estadía en Nueva York, donde trabajó como agente de publicidad y como dependienta en Saks, hizo algunas soap operas radiofónicas y fue mantenida por tres hombres ricos entre 1943 y 1955”, contaría de ella el crítico de teatro Kenneth Tynan en un artículo publicado en The New Yorker.

    La vida le puso las cosas difíciles a Brooks, quien acabó refugiándose en el alcohol para intentar superar sus problemas en un país, EE UU, donde el miedo al fracaso ha paralizado siempre a la mayoría de los currantes de su gremio.

    Pero su suerte cambió un poco el día que conoció al conservacionista cinematográfico James Card, quien trabajaba en el Eastman Museum y convenció al fundador y director de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, para que viese Tres páginas de un diario. Todo parece indicar que Langlois se acabó enamorando del talento de Brooks y por eso la convirtió en la gran protagonista de una exposición que organizó en 1955 para conmemorar los sesenta años de la historia del cine.

    A partir de ahí, James Card la animaría a retomar la escritura –la estadounidense triunfó con sus ensayos sobre ciertos compañeros de profesión e historia del cine y aceptó al fin escribir su autobiografía– y sería quien le aconsejó instalarse definitivamente en Rochester.

    Allí es donde Brooks pasó los últimos años de su vida, prácticamente postrada en una cama después de que le fuera diagnosticada osteoartritis y sin apenas recibir visitas. Una de las pocas que sí recibió fue la de Richard Leacock, quien la entrevistaría para sacar adelante el mediometraje documental Lulu in Berlin (1984).

    Cuentan que cuando Brooks tuvo acceso a la película, observó con más espanto que satisfacción el resultado de emitir doblada en la televisión alemana la que había sido su primera entrevista televisada. Poco después de llevarse semejante disgusto, moriría de un ataque al corazón a los 78 años.

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