Los usos más tópicos de la música clásica en el cine

Siglos de historia de la música y sólo un puñado de piezas suele ser utilizado de forma recurrente en el cine. Estos son los sospechosos más habituales. Por DANIEL DE PARTEARROYO

19 de diciembre de 2012

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  • A todos nos encanta cómo queda la Cabalgata de las valquirias de Wagner en Apocalypse Now. Esa y otras melodías se fijan para siempre en nuestra memoria junto a las imágenes que han acompañado en el cine, como ocurre con el “O Fortuna” del Carmina Burana de Orff y Excalibur, pero ambas composiciones forman parte del catálogo de piezas de música clásica que, como ciertas canciones rock, se han hecho recurrentes en el lenguaje audiovisual y han sido utilizadas sin rubor en otras numerosas ocasiones (menos afortunadas). Lo mismo ocurre con la siguiente selección de clásicos básicos que han sido sobreutilizados a lo largo de la historia del cine.

    Johann Sebastian Bach: Tocata y fuga en re menor BWV 565

    ¿Por qué al oír las primeras notas de esta pieza para órgano pensamos inmediatamente en un castillo tenebroso con código postal de Transilvania o una esquina lúgubre en la que nos acecha un monstruo en blanco y negro? Se debe a su utilización en los títulos de crédito de El hombre y el monstruo (1931), la clásica adaptación de Rouben Mamoulian de El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, aunque su asociación más recurrente en la cultura popular sea a los condes vampiro o lugares espeluznantes en general. Otros usos ilustres incluyen Satanás (Edgar G. Ulmer, 1934), Fantasía (VV. AA., 1940), Un cuento de Canterbury (Powell & Pressburger, 1944), El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) o 20.000 leguas de viaje submarino (Richard Fleischer, 1954).

    Johan Strauss: El Danubio azul

    El vals comodín por excelencia fue compuesto por Johan Strauss hijo en 1867 y hoy en día es bis fijo en el tradicional Concierto de Año Nuevo de Viena. Puede que su aparición cinematográfica más famosa y celebrada sea la que le brindó Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio acompañando los movimientos de las naves y la órbita de la estación espacial en medio de un inmenso fondo de estrellas. Pero lo más probable es que, si los personajes de cualquier film se disponen a bailar un vals, sea este el que elijan. De otro Strauss, Richard (sin relación familiar), y en la misma película, Así habló Zarathustra se ha consolidado como meme entre quienes quieren hacer referencia jocosa a 2001.

    Léo Delibes: Dueto de las flores de Lakmé

    Dueto operístico en el que Lakmé y su sirvienta Mallika hablan de las flores y se revuelcan jubilosas entre los jazmines. ¿De dónde le vienen las connotaciones lésbicas? Dejando a un lado el texto de base, el principal responsable sería Tony Scott con El ansia (1983), donde la música empieza a sonar en cierto momento climático con Catherine Deneuve y Susan Sarandon. Matiz que luego sería refrendado por el baile subacuático de Piraña 3D. Pero mi aparición favorita y sin nada que ver está en Atrapado por su pasado (Brian De Palma, 1993): el reencuentro entre Carlito y Gail.

    Johann Pachelbel: Canon en re mayor

    No lo escucharás solamente como lugar común en las bodas de tu realidad inmediata, ¡sino también en prácticamente cualquier película que incluya una boda! Honrosa excepción: José Luis Garci para recorrer Gijón en Volver a empezar.

    Ludwig van Beethoven: Sinfonía No. 9

    Candidata a ser una de las mejores composiciones musicales de todos los tiempos, cada uno de los movimientos de la última sinfonía de Beethoven tiene una gran tradición cinematográfica. Al Himno a la Alegría en concreto le han hecho de todo (no sólo Miguel Ríos) utilizándolo de mil y una formas posibles: Jungla de cristal (John McTiernan, 1988) —de ahí el guiño en el tráiler de la quinta parte—, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), La alegría (Ingmar Bergman, 1950), Nostalgia (Andrei Tarkovsky, 1983), El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989)… incluso la cantaron los Beatles en Help! (Richard Lester, 1965).

    Ludwig van Beethoven: Segundo movimiento (Allegretto) de la Sinfonía No. 7

    Puede que no tan sobreutilizada como la 9ª Sinfonía y su Himno a la Alegría, pero sí con un sentido más unívoco (y, por lo tanto, repetitivo), este portentoso movimiento de la séptima es capaz de añadir grandiosidad y contundencia a cualquier imagen. Desde el maravilloso prólogo de The Fall. El sueño de Alexandria (Tarsem Singh, 2006) a Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 2007), Irreversible (Gaspar Noé, 2002), Señales del futuro (Alex Proyas, 2009), Zardoz (John Boorman) y hasta El discurso del rey (Tom Hooper, 2010).

    Georg Friedrich Händel: Zarabanda de la Suite en re menor para clavecín

    Kubrick otra vez. Convertida en tema oficial de Barry Lyndon (1975), donde suena orquestada y con multitud de arreglos, esta delicada pieza vuelve a oírse como marcador de que estamos ante una película de época en Tristam Shandy (Michael Winterbotton, 2005).

    Samuel Barber: Adagio para cuerda

    Si necesitas expresar los horrores de la guerra o el sufrimiento humano a gran escala e intensidad desmedida, el segundo movimiento del Cuarteto de cuerda, Op. 11 del compositor norteamericano te saca del apaño. Ya abrieron camino El hombre elefante (David Lynch, 1980), Platoon (Oliver Stone, 1986) y El aceite de la vida (George Miller, 1992); muchos, cientos les siguieron.

    Johann Sebastian Bach: “Aire para la cuerda de sol”, de la Suite orquestal No. 3 en re mayor

    Cuando las imágenes piden respirar tranquilidad a la vez que dan una atmósfera de sofisticación y savoir faire (ya sea con intención directa o irónica), este arreglo del pianista August Wilhelmj sobre la obra de Bach es una opción de eficacia probada, o si no que se lo pregunten a Jo, ¡qué noche! (Martin Scorsese, 1985), Seven (David Fincher, 1995), Pactar con el diablo (Taylor Hackford, 1997), Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000), Collateral (Michael Mann, 2004) o Enter the Void (Gaspar Noé, 2009).

    Wolfgang Amadeus Mozart: Pequeña serenata nocturna, K. 525

    Ya esté ambientada en un biopic político como Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2008), un drama ampuloso como La hoguera de las vanidades (Brian De Palma, 1990), una comedia desfasada como Borat (Larry Charles, 2006) o Ace Ventura (Tom Shadyac, 1994), una cinta bélica como La teniente O’Neil (Ridley Scott, 1997) o una película de Batman (Tim Burton, 1989), tu escena en una cena de gala, recepción de altos cargos internacionales o restaurante de lujo con música en directo no estará completa sin esta simpática composición de Mozart.

    Arvo Pärt: Spiegel im Spiegel

    Cuando un cineasta de altos vuelos cree que el repertorio habitual de piezas clásicas se le queda pequeño y quiere ser el más innovador, recurre a compositores del siglo XX, como el estonio Arvo Pärt y su preciosa Spiegel im Spiegel. El problema es que tanta gente ha tenido ya esa idea antes que la bella melodía ha terminado por convertirse en un nuevo cliché. Sólo en la última década puedes escucharla con distintos grados de acierto en Amar la vida (Mike Nichols, 2001), La nuit des temps (Jean-Luc Godard, 2002), Gerry (Gus Van Sant, 2002), Barridos por la marea (Guy Ritchie, 2002), Soldados de Salamina (David Trueba, 2003), Elegy (Isabel Coixet, 2008), Pa negre (Agustí Villaronga, 2010) y Un lugar donde quedarse (Paolo Sorrentino, 2011). Uf.

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