Los retos pendientes del cine español

Las cifras no cuadran, demasiadas películas mueren solas, el público siente desapego por la mayor parte de ellas y la gente de la industria no da con la clave para traerle de nuevo a las salas ¿Tiene solución nuestro cine? JAVIER OCAÑA, crítico de 'El País', busca respuestas para CINEMANÍA.

04 de abril de 2011

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  • España es un país sin término medio en el que se es capaz de pasar del infierno a la gloria (y viceversa) en apenas unos instantes. De flagelarnos durante meses por las guerras internas, por la pérdida de espectadores y cien asuntos más, a solazarnos en el Festival de Málaga en una rueda de prensa convocada por la Federación de Productores Audiovisuales (FAPAE), gracias a las cifras alcanzadas en los tres primeros meses del año 2011. Cuentan que hemos pasado de 15,16 millones de euros recaudados entre enero y marzo en 2010 a nada menos que 35,49 millones en los mismos meses de 2011; cuentan que la cuota de mercado (el tanto por ciento de entradas vendidas de cine español respecto del total) ha pasado del 9 % a casi el 20%; y cuentan, en fin, que no estamos sólo ante el efecto del fenómeno comercial más importante de la última década en la cinematografía patria, que sin Torrente 4 también habríamos subido. Sin la película de Santiago Segura, apuntan, estaríamos en una cuota de pantalla trimestral del 12%. ¿Y éste es el gran dato? ¿El 12%? Claro, es que veníamos del 9% en estos meses de 2010.

    Parecemos esos politicuchos de la tercera y la cuarta temporada de The Wire que sólo aspiraban a subir la cuota de detenciones de la policía y lo hacían justo antes de las elecciones atrapando a la gente por beber en las esquinas, pero dejando a los capos de la droga que camparan a sus anchas ejecutando gente. Maquillaje de cifras, se llama, algo a lo que desgraciadamente se está habituando el mundo, el ser humano, en la política, en la economía, en la agenda social, en la cultura. Una desgracia sin análisis verdadero. Digámoslo claro desde el inicio: el gran problema del cine español no es que Santiago Segura haga o no película en un determinado curso. O Amenábar, o Almodóvar, o que haya un Mortadelo o una Celda 211 de turno. Siempre habrá entre tres y seis películas de excelente recaudación cada año. Se llamen Torrente o la madre que la parió. El problema es que luego el salto es enorme. Demasiado enorme.

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                                   Santiago Segura y Kiko Rivera en la presentación de ‘Torrente 4: Lethal Crisis’

    1. Se necesitan más películas de éxito cada año (a ser posible, buenas).

    Ya lo decíamos en el reportaje Los siete pecados capitales del cine español, del que este análisis pretende ser secuela oficial: es bueno que existan bodrios que lleven a dos millones de personas a los cines. Generan dinero para la industria, y parte de esas ganancias pueden volver a invertirse en productos de mayor calidad. También es bueno crear una obra de arte que triunfe en festivales, aunque sea complicadísima para el gran público, y aunque no arrastre a las salas a más de 10.000 personas. Pero eso son habas contadas. Cuatro o cinco al año de cada grupo (o quizá menos, dependiendo del curso). Sin embargo, en España se producen alrededor de 170 películas cada año. El problema, entonces, son las 140 restantes, que no juegan ni en un partido ni en el otro. Ni en el comercial ni en el artístico. Que se hacen simplemente porque sí, porque hay dinero para ello, principalmente con cargo a las subvenciones estatales, de la Unión Europea y de las Comunidades Autónomas. Películas que salen mal y se venden peor, y cuyo objetivo no puede ser más rácano: estrenarse.

    En el año 2009, 25 películas españolas se repartieron el 86% de recaudación del total de cintas locales. ¡Y casi el 90% de las películas estrenadas no logró superar los 40.000 euros en taquilla! Y todo esto teniendo en cuenta que el presupuesto medio de una película española roza los tres millones de euros. Así que igual hay que repetirlo más claramente: el 90% de las películas, que han costado una media de tres millones de euros, no llegan a recaudar ni 40.000 euros en taquilla. Desde luego, son demasiadas películas.

    2. Conseguir llevar a los espectadores a las películas buenas.

    Ojo, no decimos a las películas eminentemente artísticas, pero quizá complicadas para el gran público. No pretendemos que, de pronto, la masa se vuelva tan formada como para hacer cola a las puertas de La soledad, de Jaime Rosales, o de Guest, de José Luis Guerín. Cada uno es como es y cada uno ve lo que le viene en gana. Perfecto. Es genial que existan Torrente 4, Tres metros sobre el cielo, Fuga de cerebros y Que se mueran los feos, películas regulares, malas o directamente infames, pero que incuestionablemente tienen su público. Estamos hablando de películas buenas para una mayoría de los especialistas y del público que luego generan (el llamado boca-oreja), y también accesibles para todo tipo de sensibilidades. Estamos hablando de por qué Celda 211, gran éxito de público hace un año, en lugar de llevar a las salas a 2.100.000 espectadores (gran cifra) no llevó, como Torrente 4 seguramente va a hacer, a más de tres millones (lo que sería ya una cifra sensacional). Estamos hablando de por qué Pa negre, de Agustí Villaronga, a pesar de las excelentes críticas y de sus premios en el Festival de San Sebastián, ha tenido que esperar al anuncio de las candidaturas de los Goya para vivir una segunda vida, y al triunfo en los premios para experimentar una tercera vida. No pedimos tres millones de espectadores para una historia tan brutal como la de Pa negre, de la que por desgracia van a quedar fuera la inmensa mayoría de los espectadores menores de 18 años (ajenos a este tipo de productos). Pedimos que, a pesar de su triple vida, no se quede en apenas 2,5 millones de euros de recaudación y menos de 400.000 espectadores.

    Pongamos unos cuantos ejemplos de películas. También la lluvia, de Icíar Bollaín, ha conseguido 3,7 millones de euros de recaudación. En el año 2002, Los lunes al sol, una película semejante en casi todos los aspectos, logró recaudar 9,7 millones de euros, más del doble. Al año siguiente, Te doy mis ojos, de la propia Bollaín, 5,1 millones.

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    Pósters de ‘Los condenados’, de Isaki Lacuesta, ‘Elisa K’, de Jordi Cadena y Judith Colell, y ‘Aita’, de Jsé María de Orbe.

    En otro ámbito muy distinto, y conste que el objetivo de las películas artísticas no deben ser las cifras de taquilla, ¿no es un fracaso que obras como Los condenados, de Isaki Lacuesta, Elisa K, de Collell y Cadena, y Aitá, de José María de Orbe, después de participar todas ellas en la sección oficial de San Sebastián y de recibir excelentes críticas de los medios más afines al presumible espectador de este tipo de producto (Cahiers du cinema, sin ir más lejos), sólo lleven a las salas a 6.300 espectadores, la de Lacuesta, 6.100 la de Collell y Cadena, y a 824 la de Orbe, recaudando la friolera de 36.000, 38.000 y 5.100 euros, respectivamente? He aquí unas cuantas cifras de películas semejantes estrenadas en la última década, de países de cada esquina del mundo: Al otro lado, de Fatih Akin: 157.000 espectadores; El empleo del tiempo, de Laurent Cantet, 21.000 espectadores; El arco, de Kim Ki-Duk, 32.000 espectadores; La nana, de Sebastián Silva, 29.000 espectadores.

    Y otro ejemplo con dos documentales semejantes: La danza, de Frederick Wiseman, sobre el ballet de la ópera de París: 10.000 espectadores; la española El esfuerzo y el ánimo, de Arantxa Aguirre, sobre la mítica compañía Béjart, radicada en Lausanne, y estrenada pocos meses antes: 1.415 espectadores. ¿Qué nos pasa? Además de vender mal casi todo el entretenimiento, ¿tampoco sabemos vender el arte y ensayo a los que buscan arte y ensayo?

    Tras experimentar una segunda vida comercial tras su triunfo en los Goya, La soledad, de Rosales, con semejantes esencias culturales, llegó hasta los 125.000 espectadores. Por tanto, hay espectadores interesados. Conformarnos con 5.000 o 10.000 entradas vendidas es eso, puro conformismo. Aunque, quizá quede una pregunta pendiente. ¿No será que Aitá, Los condenados, Elisa K. y compañía, a pesar de los parabienes, no eran tan buenas como se decía? ¿No será que los críticos podemos decir misa, que luego el público, ya sea el de las palomitas o el intelectual, hace lo que le viene en gana por muchas webs que visite, periódicos que lea y revistas que compre?

     

    3. Necesidad de voces que ejerzan de referentes éticos y artísticos.

    En los dos últimos años algo ha cambiado: ha habido personalidades interesadas en ejercer de banderín de enganche. Principalmente dos. Una por obligación, Ángeles González-Sinde, entonces presidenta de la Academia y hoy ministra de Cultura; y otro por devoción, Álex de la Iglesia, todavía presidente de la Academia de Cine.

    Para despistados, desmemoriados y novatos en la materia, un breve recorrido por los principales acontecimientos acaecidos en estas dos últimas temporadas. Hace un año, el gran triunfador de la gala de los Goya tendría que haber sido Daniel Monzón, autor de Celda 211, la película ganadora. Sin embargo, el verdadero triunfador de aquella gala fue el presidente de la Academia: Álex de la Iglesia. ¿Por qué? Por organizar por primera vez en muchos años una ceremonia sobresaliente. Por contratar un buen equipo de guionistas para la gala. Por elegir a un excelente presentador para este tipo de eventos: Andreu Buenafuente. Por convencer a Pedro Almodóvar, después de muchos años de desencuentro con la Academia, para acudir a la gala, entregar el premio más importante… y mantenerlo en secreto. Por crear un estado de buen rollo en el cine español que no se conocía desde no se sabe cuándo.

    Problema posterior: De la Iglesia quiso seguir siendo un referente, pero quizá se creyera demasiado su papel de redentor. Ser un referente no es estar en el ajo todo el rato, sino hablar en los momentos oportunos, de forma clara. Digamos que quiso, directamente, arreglar el mundo. Y arreglar el mundo en estos momentos es arreglar el tema de los derechos de autor y las descargas por Internet. En la lucha entre el Ministerio de Cultura y las Asociaciones de Internautas, también quiso mediar… sin que nadie se lo pidiera, y sin que quedara claro si lo hacía como director y creador de cine, o como presidente de la Academia. En dichas reuniones, después de pasarse años denunciando las descargas ilegales, pareció aliarse con los internautas. Gerardo Herrero, uno de los productores más potentes del cine español, llegó a acusarlo desde la prensa de “haber perdido la cabeza con el twitter”. Lo más llamativo es que lo decía no sólo un productor, sino su productor, el productor de Balada triste de trompeta, que en aquellos días aún estaba en cartelera y luchaba por los grandes premios en los Goya. Las guerras del cine español. Perennes.

    El conflicto surgió, principalmente, cuando una semana antes de los premios, De la Iglesia llegó a la conclusión de que después de la gala de los Goya debía dimitir. Problema, y esto es una opinión personal: sus ansias por ser el protagonista de una película que no era la suya le llevaron no sólo a pensar que debía dimitir. ¡Sino a anunciarlo! Y lo hizo a través de un artículo en el periódico El País en el que no quedaba nada claro por qué dimitía. El subtexto parecía ser: yo quería arreglar el mundo y como no me habéis dejado, me voy. A una semana de los Goya, cuando lo importante era quién ganaba, si la gala iba a ser tan divertida como la del año anterior, si las películas nominadas llevaban a la gente a las salas y aumentaban su recaudación, el discurso se desvió. ¿No hubiera sido mejor no anunciarlo y dimitir al día siguiente? ¡Si sólo faltaba una semana!

    La vicepresidente de la Academia, y al parecer amiga, Icíar Bollaín, directora también nominada por También la lluvia, pensó que De la Iglesia había creado una polémica innecesaria. ¡Pero no sólo lo pensó! Sino que se lo dijo a la Agencia EFE en una entrevista, con lo que al día siguiente todos los periódicos titularon: “Álex ha creado una polémica innecesaria”. Y llegaron los Goya. Álex de la Iglesia, en su discurso, además de recordar que había gente que decía que “había provocado una crisis” (cuchillos van, cuchillos vienen), lanzó otra perla: “Internet no es nuestro enemigo. Internet es la salvación de nuestro cine”. En días posteriores, unos se alinearon a favor y otros en contra, pero una cosa quedó clara: muchos datos para lanzar semejante afirmación, que puede ser más o menos acertada, no dio.


           Discursos de Álex de la Iglesia como presidente de la Academia en los Goya 2010 y Goya 2011.

    ¿Qué respuesta dar, por tanto, a semejante envite? ¡Internet es la salvación de nuestro cine! Evidentemente una respuesta muy española: coger un dvd de Balada triste de trompeta de los que reparten a los académicos para que puedan verla y votar sin moverse del sofá, ripearlo, meterlo en Internet, y ponerlo a disposición de esa entelequia llamado internauta para que se la bajara cuando quisiera. ¿Quién lo hizo? No se sabe. Pero la intención, sí. “Y ahora, Álex, ¿sigues diciendo que Internet es la salvación de nuestro cine?”, parecía lanzar al viento el ripeador de la película.

    En estos meses ha habido aportaciones de gente muy dispar a la polémica en forma de artículo de periódico. Isabel Coixet, por ejemplo, clamaba por seguir trabajando, creando, arriesgando y por quejarnos menos. Según la mayoría de las webs consultadas, Javier Bardem se metió en un jardín con su defensa de los derechos de autor en otro artículo de prensa. Mientras, un director de la nueva generación, Borja Cobeaga, prefería el puro victimismo.

    Lean si les apetece y saquen conclusiones. Mientras, dos importantes personalidades del cine español se han atrevido a intentar coger el testigo de De la Iglesia en la Academia: el director Bigas Luna, y el distribuidor, exhibidor y productor Enrique González Macho. Aunque lo que más llama la atención son las pocas ganas de triunfar que tiene cada uno para ocupar un cargo trabajoso y no remunerado: “Si tengo suerte, igual gana otro”, palabra de Bigas Luna. “Presidir la Academia es un embolao”, palabra de González Macho. Y ante esto sólo cabe una pregunta: ¿y si es un marrón por qué se presentan entonces? ¿Ha habido alguien en la historia de este país que se haya presentado voluntario para ser presidente de su comunidad de vecinos?  

    4. Internet como futuro del cine (compatibilizado con las salas).

    ¿A qué se podría estar refiriendo De la Iglesia cuando afirmó en los Goya que Internet podría ser la salvación del cine español? Pensemos una posibilidad: a decenas de miles de cinéfilos, llegada una determinada edad, y sobre todo una determinada situación familiar, les resulta demasiado costoso ir al cine… y dejan de ir con la frecuencia que les gustaría. Un padre y una madre adictos al cine con hijos pequeños deben pagar al menos tres horas de canguro, más las entradas del cine, para cumplir su afición. Total: alrededor de 50 euros. ¿Estarían dispuestas las productoras y distribuidoras españolas a, por ejemplo, poner a disposición del internauta su película de estreno en streaming, por un módico precio de alrededor de 12-15 euros? Es decir, un poco más cara que en el cine (aunque con la posibilidad de verla más de una persona). Habría aficionados a la pantalla grande que, con tiempo y sin cortapisas familiares, seguirían yendo a las salas. Y también habría gente que en modo alguno habría podido ir a las salas pero la podría ver en la soledad del hogar en pantalla más pequeña, y a la hora que quisiera.

    Parece claro que el cine está dejando de ser un acto colectivo y pasando a ser una experiencia individual. Pues apliquémonos el cuento. Pensemos soluciones. Pero soluciones concretas, no entelequias lanzadas al viento.

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                                   Imagen de ‘Balada triste de trompeta’, de Álex de la Iglesia.

    5. Artistas con capacidad para alabar el trabajo de sus colegas.

    Quizá sea algo histórico, incluso genético, pero el caso es que la envidia es un pecado muy español. Y tampoco es que seamos un país demasiado generoso. Pero, ¿tan difícil es que de vez en cuando alguien grande alabe el saber hacer de alguien, de momento, pequeño? ¿Por qué, por ejemplo, cuando llegan los Goya la mayoría de directores se escuda en que no han visto las películas de sus contrincantes para evitar las habituales preguntas sobre qué les parecen las demás cintas nominadas? Y no estamos hablando de que larguen esos elogios falsos, ejemplificados en unos cuantos lugares comunes. Porque, si la respuesta es mentira, en realidad han visto las películas, les gustan y están evitando un maravilloso elogio que los dignifique, es absolutamente rastrero. Pero, si es verdad que no han visto las cuatro o cinco (supuestamente) mejores películas españolas del año, porque, como casi siempre afirman, han estado “liadísimos” con la promoción de la suya, o con el rodaje de una nueva, o con un nuevo guión, es casi peor. Porque entonces los espectadores podríamos replicar: “¿Y si tú no has tenido tiempo porque estabas trabajando, por qué voy a tenerlo yo para ver tu película? ¿Acaso los ajenos al cine no trabajamos y se nos pide constantemente que vayamos a ver cine español?”.

    6. Un mayor gusto por el detalle y por el cuidado del producto, además de la recuperación de clásicos.

    Por supuesto que se ha mejorado en los últimos años, que hay excelentes campañas de promoción, pero por desgracia éstas son la excepción. Lo más habitual, por desgracia, es reservar una exigua partida para gastos de márketing y publicidad, o directamente no guardar ni un duro para la promoción. Lo más normal es no pensar en el póster de la película hasta el último momento, coger las imágenes de foto-fija, y encargar a alguien a toda prisa un cartel por una ínfima cantidad de dinero. Sin la menor capacidad para el concepto artístico.

    Asimismo, hay gente que suele echar en cara a los que se bajan películas por Internet en versión original subtitulada la mala calidad de los subtítulos y de las traducciones. Quizá sea cierto, pero precisamente por ello los subtítulos y las traducciones de las versiones oficiales tengan que ser perfectos. ¿Cuántas veces a la semana vemos escrito “sobretodo”, así, junto, la falta de ortografía más repetida de los últimos años, en los subtítulos de las películas en cartel? ¿Por qué no se cuidan más las ediciones en dvd de ciertas películas y series de televisión? Determinadas actuaciones incitan directamente al pirateo por la red. Piensen en la reciente edición española de la extraordinaria serie de la BBC State of Play (que dio lugar más tarde a la película La sombra del poder): sin posibilidad de subtítulos, con un doblaje infame y con la relación de aspecto cambiada desde los 16:9 originales a los falseados 4:3. En la Red, en cambio, se puede encontrar una copia bastante más cuidada que la puesta a la venta en España por una empresa de aquí al precio de 30 euros.

    Asunto distinto, pero paralelo, pues al final es la Red quien da mejores respuestas, es el de la desgracia que viven ciertas cimas del cine español. Desde luego, no parece soportable que no se puedan comprar en España películas cumbre de nuestra cinematografía como La torre de los siete jorobados o El último caballo, de Edgar Neville, buena parte de la obra de Luis García Berlanga, Nunca pasa nada, de Juan Antonio Bardem, La niña de luto, de Manuel Summers, Young Sánchez y Los farsantes, de Mario Camus, y tantas otras… Y, sin embargo, si uno busca por la Red, se pueden bajar gracias a que algún alma caritativa la ha grabado en algún pase televisivo y las ha colgado en una web. ¿Quién tiene los derechos de estas y otras películas semejantes? ¿No puede hacer algo el Ministerio de Cultura? ¿O no resulta un contrasentido que los especialistas y profesores de Historia del Cine, cuando recomendamos las películas anteriores a nuestros alumnos, terminemos dando, en lugar del dato de una distribuidora que ha puesto a la venta tal o cual película, la dirección de una página web de la que se la pueden bajar?  

     

    Como decía el insigne William Goldman, guionista histórico de Hollywood, creador de Todos los hombres del presidente y Dos hombres y un destino, entre muchas otras: “NADIE SABE NADA”. Sabia frase que todos debemos aplicarnos. Desde luego, nosotros no acabamos de tener las respuestas, pero quizá lo importante sea seguir haciéndose preguntas. Constantemente.

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