Los políticos más corruptos del cine y las series

Mamandurrias, comisiones, sobres llenos de billetes... Una colección de personajes que haría las delicias del juez Eloy Velasco.

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30 de octubre de 2014

En el fondo, la cosa no suele ser para tanto: que si yo te regalo unos trajes y tu me recalificas el terreno, que si tú haces la vista gorda con esos sobrecostes y yo correspondo con un discreto donativo a tu partido… Favores entre colegas, vaya, ante los cuales no objetaría ninguna persona de bien. Pero, como reza aquel refrán del cántaro y la fuente, hay ocasiones en las que la corrupción política se sale de madre, acumulando un hedor ante el cual los jueces se ven obligados a emprender razzias.

Sin ánimo de meternos en jardines, que ahí están internet y las hemerotecas, nosotros hemos de admitir que esto de las mamandurrias, las comisiones dudosas y las puertas giratorias entre el foro y la libre empresa no se limita al mundo real: el cine y la televisión tienen su propia recua de individuos cuya integridad resulta, cuanto menos, sobrecogedora. Es decir, que depende de si cogen o no el sobre de rigor (preferiblemente de papel manila y sin marcas). Por esa razón, aquí hemos reunido un primoroso ramillete de gestores públicos ante cuyas actividades la Fiscalía Anticorrupción mostraría algo más que un interés pasajero. Si te los encuentras alguna vez, diles que vas que nuestra parte y ya verás lo bien que te tratan… siempre que les dejes llevarse sus partes del pastel, claro.

Rufus T. Firefly (Groucho Marx)

Mangoneó en… Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933)

Puestos a empezar nuestra redada anticorrupción, el primer objetivo tiene que ser por narices (o por bigotes pintados, más bien) el presidente de la nación soberana de Freedonia. Dotado con una lengua tan veloz como contraria a todas las reglas del protocolo, Firefly llegó al poder mediante una estratagema totalmente antidemocrática, cuando una millonaria algo chiflada (Margaret Dumont, cómo no) le aupó al cargo por cosas de la deuda pública y la balanza de pagos. Tras dicha maniobra, propia de una Angela Merkel hasta arriba de esteroides, la gestión de Firefly ha resultado tan incompetente como hilarante, ateniéndose siempre a un lema descorazonador a la par que totalmente sincero: “Si crees que este país está mal ahora, espérate a que yo haya terminado con él”. Su gestión del conflicto bélico que enfrentó a su país con la vecina Sylvania (un trasunto, en realidad, de la Italia de Mussolini) debería pasar a los libros de historia como el mayor disparate bélico jamás realizado.

Willie ‘Boss’ Stark (Sean Penn)

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Mangoneó en… Todos los hombres del rey (Steven Zaillian, 2006)

Tras llegar por primera vez a la pantalla con el rostro de Broderick Crawford (en la aclamadísima El político -Robert Rossen, 1949-), este tribuno del Sur profundo creado por el novelista Robert Penn Warren tuvo una segunda encarnación, de facciones más angulosas, mediante la cual recordarnos que la senda de la mamandurria y el cohecho es tan tentadora como traicionera. Porque, cuando uno quiere hacer justicia en unos EE UU arruinados por la Gran Depresión, es fácil cometer ciertos excesos en nombre del bien común: ¿que hay que reventar la campaña electoral, imponiéndose al cabeza de lista mediante mítines populacheros? Pues se revienta. ¿Que tus planes hacen necesario arruinar la reputación de ese anciano juez -Anthony Hopkins- que te crió como a su propio hijo? Pues se lleva al pobre hombre al borde de la locura. Y si, para colmo, el subsiguiente éxito institucional te permite triunfar con churris de todo el mundo (y con Kate Winslet, por añadidura) pues no vas a quejarte: tanto esfuerzo en pro del ciudadano de a pie debe tener una recompensa.

Joe ‘Diamante’ Quimby

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Mangoneó (y mangonea) en… Los Simpson (serie, 1989-…)

Orgulloso miembro del Partido Demócrata, y algo más que inspirado en los vástagos del clan Kennedy (de ahí su incansable actividad de cansadamas, entre otras cosas), el alcalde de Springfield tiene un historial de irregularidades casi tan largo como el del jefe Wiggum, que ya es decir. Siempre fiel al lema de su consistorio (el cual, por si alguien no lo recuerda, reza “Corruptus In Extremis”), Quimby dedica su tiempo a actividades propias de un munícipe consciente de sus deberes: la seducción de ‘sobrinitas’ menores de edad, la atención a las numerosas demandas de paternidad resultantes de dichos escarceos y el cobro de sobornos amablemente facilitados por Tony el Gordo y el señor Burns. Así mismo, esta luminaria del foro procura pasar el menor tiempo posible en su despacho, y por extensión en esa ciudad a la que detesta casi tanto como a sus habitantes.  Y, pese a todo ello y con una única excepción (que llevó al Actor Secundario Bob a reemplazarle brevemente en el cargo), sale reelegido una y otra vez gracias a su legendaria frase “He sido un chico muy, muy malo”. 

Vilos Cohaagen (Ronny Cox)

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Mangoneó en… Desafío total (Paul Verhoeven, 1990)

Tras la sanidad, la educación, las telecomunicaciones, el agua corriente, la electricidad… ¿que más puede quedarle por privatizar a un político neocon deseoso de llenarse el bolsillo? Con una ayudita de su amigo Arnold Schwarzenegger, el cachondo de Paul Verhoeven nos ofreció la respuesta en este filme: el aire. Dispuesto a cualquier cosa para seguir trincando a manos llenas, el gobernador de las colonias humanas en Marte dispone de un recurso extremadamente eficaz para mantener a raya a un populacho harto de sus mamandurrias: si sus súbditos se niegan a obedecerle, él les corta el suministro de oxígeno condenándoles a la muerte por asfixia. Por si todo ello fuese poco, la única oposición a su nefasta autoridad es Kuato (Marshall Bell), un mutante que (como varias generaciones de humoristas patrios se han obstinado en recordarnos) luce un asombroso parecido con Jordi Pujol. Vistas las últimas noticias sobre el ‘Molt Honorable’, sus herencias y su clan familiar, no nos negaréis que este dato resulta, cuanto menos, inquietante.

Thomas J. Johnson (Eddie Murphy)

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Mangoneó en… Su distinguida señoría (Jonathan Lynn, 1992)

Si es cierto que no hay pan para tanto chorizo, que el poder corrompe y que las administraciones públicas son un imán para sinvergüenzas de toda índole, la solución planteada en esta película por el incombustible Murphy presenta cierto interés: en lugar de colocar a un ciudadano responsable en el Congreso, para que acto seguido sus privilegios y las tentaciones de los lobbies le hagan caer en la corruptela, adjudiquemos el escaño de turno a un avispado timador, y eso que nos ahorramos. Así, cuando un congresista con su mismo nombre fallece en pleno coito con su secretaria, el distinguido Jefferson Johnson aprovecha la homonimia para mudarse a Washington, donde no tardan en lloverle los sobres de papel manila. Por desgracia, las normas de la comedia hollywoodiense no tardan en hacer efecto, con lo que el antihéroe acaba volviéndose honesto de golpe. Metamorfosis ésta que, afortunadamente (para ellos), no han llevado a cabo ninguno de sus colegas del mundo real.

Frank J. Underwood (Kevin Spacey)

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Mangoneó (y mangonea) en… House of Cards (serie, 2013-…)

¿Has sentido un viento helado rozándote la nuca, cinemaníaco? No nos extraña, porque lo de este politicastro washingtoniano va más allá de la simple corruptela: estamos hablando de un auténtico Satán con oficina en el Capitolio. Digno sucesor de su homólogo británico Francis Urqhart (Ian Richardson, protagonista de la miniserie El castillo de naipes y sus secuelas), Underwood puede parecer inofensivo al principio, dados su talante campechano y la baja posición que ocupa en las filas de su partido. Pero en cuanto le da por romper la cuarta pared y dirigirnos sus agudos comentarios, descubrimos que tras ese gesto de medusa con avitaminosis acecha un genio del mal dotado con una misantropía digna de David Fincher y cuyas malas artes podrían sembrar el caos incluso entre el reparto de Juego de tronos. Y, para colmo, su encantadora esposa (Robin Wright) es igual de mala que él, si no peor.

Petyr ‘Meñique’ Baelish (Aidan Gillen)

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Mangoneó (y mangonea) en… Juego de tronos (serie, 2011-…)

Encarnar a una sabandija de la talla de Tommy Carcetti (primero concejal y después alcalde de Baltimore, cuya ascensión contemplamos en The Wire) sirvió para que el irlandés Gillen adquiriera un auténtico máster en mamandurrias. Y, ¿qué mejor lugar para aplicar los conocimientos allí obtenidos que los Siete Reinos de Poniente? Gracias a sus maniobras sutiles a la par que drásticas, este servidor público y exitoso empresario, que amasó su fortuna merced al honrado negocio del proxenetismo, reúne en su escueta persona una destreza contable digna de Luis Bárcenas, un talento para arrimarse al poder fáctico a la altura de Alejandro Agag Iñaki Urdangarín y, sobre todo, la habilidad para aprovechar las guerras civiles y otros desastres como medios para medrar sin descanso. En comparación con él, esos señores feudales armados hasta los dientes parecen indefensos corderitos (menos Tywin Lannister, tal vez).

El alcalde de Robledillo (Ricardo Merino)

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Mangoneó en… Los energéticos (Mariano Ozores, 1979)

Tras tanta eminencia gris con acceso a los círculos más elevados del poder, entendemos la sorpresa del lector al llegar a este epígrafe. Pero no te dejes engañar: como bien saben esos Andrés Pajares Fernando Esteso con gayata y boina, el regidor robledillense (quien, para colmo, desempeña su arduo cometido en plena Transición) se gana a pulso un puesto en nuestro informe. Y es que, ante la disyuntiva sobre si subirle el sueldo a su corporación un ochenta o un noventa por ciento, él tiene una respuesta infalible: “Se sube un cien por cien, y en paz”. Eso sin contar ese coche oficial que acepta “porque los concejales se han empeñado”, más ese piquito para los desahogos carnales en el puticlub de Florinda Chico. Huelga decir que, cuando se anuncia el plan para construir una central nuclear en territorios municipales, sus decisiones serán tan enérgicas como esperables, pese a la oposición de los protagonistas y de un jeque petrolero con el rostro (y la labia) de Antonio Ozores. Muy reconocible todo, ¿verdad?

Allen Richmond (Gene Hackman)

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Mangoneó en… Poder absoluto (Clint Eastwood, 1997)

Las mentiras descaradas, el vestido pringoso, la anécdota del cigarro puro… Efectivamente: a finales de los 90, con el affaire de Bill Clinton Monica Lewinsky  en plena ebullición, un republicano de la vieja guardia como Eastwood lo tenía facilísimo para arremeter contra el Partido Demócrata. Pero admitamos que, en este thriller de trazas algo alimenticias, Clint y el guionista William Goldman (sí, el de Todos los hombres del presidente La princesa prometida) se fueron un poco de madre: los desmanes del presidente Richmond van más allá de lo esperable en un inquilino del Despacho Oval, puesto que se trata de un sátiro violador y degenerado. Cuando el actor y director, transmutado aquí en ladrón de guante blanco, presencia cómo uno de los desmanes del presi se convierte en asesinato con todas las letras, no tarda en verse en el punto de mira de policías demasiado honestos (Ed Harris), servicios secretos y asesinos a sueldo. Y luego nos extraña que le soltase aquel sermón a la silla…

Senador Palpatine (Ian McDiarmid)

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Mangoneó en… La saga Star Wars (1977-2005… por ahora)

Por lo general, y salvo alguna excepción que otra, los políticos que han protagonizado este reportaje se dan a la corruptela para engrosar sus arcas personales. Pero el caso de Palpatine es bien distinto: este senador no aspira a una cuenta anónima en las Islas Caimán (o en su equivalente de la Galaxia Muy, Muy Lejana) ni a colgar obras de arte en su cuarto de baño, y tampoco a vivir un tórrido romance con una tonadillera. Sus miras, mucho más elevadas, acabarán convirtiéndole en emperador, tras haber corrompido al joven Anakin Skywalker y exterminado a la Orden Jedi (casi) por completo. Por ello, aunque su carrera terminase (que sepamos) con un descenso en caída libre por un conducto de ventilación, hemos de aclamar a Palpatine como el político corrupto con más éxito de la historia del cine. Y no sólo eso: según aprendimos en El ataque de los clones, su ascenso definitivo al poder se debió nada menos que a un discurso de Jar Jar Binks. Confiésalo: ¿a que te dan ganas de aplaudirle?

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