Los inmortales del cine: 8 métodos de película para la eterna juventud

Aquí tienes unos cuantos sistemas cinéfilos para no envejecer por nunca jamás.

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30 de julio de 2015

Hay que aceptarlo: el tiempo pasa. Los músculos no responden como antes, la piel se afloja, las ganas de fiesta finisemanales se ven reemplazadas por el amor incondicional al sofá y la batamanta, y en general todo nos indica que el envejecimiento (horreur!) no respeta a nadie, ni siquiera a los cinéfilos más empedernidos.

Repasamos los métodos que el cine nos ha enseñado para esquivar el destino común a los mortales. Aunque en ellos nos hemos saltado algunos casos de origen más bien mitológico (lo sentimos: nada de dioses ni de elfos por aquí), te garantizamos que todos salen más baratos que pasarse la vida en el spa.

Volverse vampiro

Seguramente la más antigua (el maestro Murnau nos la mostró por primera vez en su Nosferatu, allá por 1922), y también una de las más molonas. Basta con un mordisquito en la yugular, que dependiendo de quién lo dé se recibe incluso con agrado, para que uno pueda andar por ahí luciendo chorreras (ellos) o vestidazos vaporosos (ellas) sin que le salga jamás una pata de gallo. Para colmo, décadas de celuloide han aportado diversas variedades a esta forma de inmortalidad, desde la más clásica (aquella que tan bien se le daba a Christopher Lee) hasta otras caracterizadas por el gatillo fácil (Underworld), el romanticismo (Drácula de Bram Stoker) o la más rabiosa modernidad ochentera con David Bowie (El ansia).

Contraindicaciones: Si bien el cine nos ha ilustrado a fondo sobre las ventajas del vampirismo, también enseña que lucir colmillos y cruzar océanos de tiempo para llegar hasta la reencarnación de tu amada tiene su precio. Por si lo de pasarte la no-vida buscando tu próxima dosis de sangre fuese poco, también debes tener en cuenta la posibilidad de que te dé por el existencialismo (véase al pobre Brad Pitt de Entrevista con el vampiro), que recibir el don a corta edad te expone a acabar más amargado que la niña de Déjame entrar y, sobre todo, que te arriesgas a acabar luciendo pechopalomo, caídas de párpados y destellitos como Robert Pattinson en Crepúsculo. Lo que es a nosotros, esta última opción nos parece peor que la muerte.

Nacer inmortal

¿Suena a perogrullada? Eso díselo a Christopher Lambert y a Sean Connery. Por un capricho del destino (lo de los alienígenas y las reencarnaciones, como que preferimos no tenerlo en cuenta), es perfectamente probable que hayas venido a este mundo condenado a no morir ni envejecer jamás, siendo tu destino el batirte en duelo con otros de tu misma especie mientras Queen cantan lo de Who Wants to Live Forever y tus rivales exclaman “¡Sólo puede quedar uno!” a la menor ocasión. Decididamente, la forma de eterna juventud que nos propone Los inmortales (1986) es la más épica, y también la más desaforada: no en vano su director Russell Mulcahy se había curtido rodando videoclips para Duran Duran…

Contraindicaciones: Si no se te da bien la esgrima, eso de ir por ahí decapitando a otros inmortales con tu espada puede ser una gaita, especialmente cuando te toque enfrentarte al Kurgan (Clancy Brown) y a su encantadora sonrisa. Pero el peor de sus inconvenientes no viene de los combates incesantes en busca del Premio, sino de la industria de Hollywood: frente a secuelas como Los inmortales II: El desafío (1991) y Los inmortales: Juego final (2000) uno se queda más bizco que Connor McLeod y rogando por una muerte piadosa que le libre de semejantes bodrios. La serie de TV estaba muy apañada, eso sí.

Regeneración

Ser el protagonista de la serie de TV más longeva de la historia tiene sus ventajas: además de ser un Señor del Tiempo nacido en el planeta Gallifrey, con dos corazones, un destornillador sónico y una cabina espaciotemporal más grande por dentro que por fuera, resulta que también puedes escaquearte de la Pálida cambiando de rostro y de personalidad (con una marcada predilección por los señores británicos con carisma, eso sí) cada vez que nazcas de nuevo. Así, desde que Doctor Who comenzó a emitirse en 1963, trece actores han interpretado a su protagonista, desde el primigenio William Hartnell hasta el actual Peter Capaldi, pasando por leyendas del fandom como Tom Baker, Peter Davison, David Tennant Matt Smith.

Contraindicaciones: Para empezar, que quede claro que las regeneraciones del Doctor obedecen a un sencillo principio mercantil: cuando un actor se cansa del papel y los directivos de la BBC están de acuerdo, pues se le busca un nuevo rostro al héroe y a otra cosa con la TARDIS. Por otra parte, el personaje cambia mucho (pero muchísimo) de una encarnación a otra, algo que los guionistas aprovechan a fondo. Si aprovechas este sistema, no te extrañe que en un futuro tengas que pasarlas canutas tratando de arreglar un desaguisado que provocó ese tío que eras tú, pero que también era otra persona distinta. Complicado, ¿no?

Poción mágica

Dado lo mucho que Hollywood presiona a sus actrices para que se mantengan jóvenes y guapas (y para que trabajen con actores mucho mayores que ellas) no nos extraña que Meryl Streep Goldie Hawn se lanzaran a por el remedio que les ofrecía Isabella Rosellini en La muerte os sienta tan bien: tras un traguito de ese elixir púrpura con tan buena pinta, las dos divas quedan a salvo para siempre del envejecimiento, dispuestas a seguir odiándose y zancadilleándose por toda la eternidad. Y, si ocurre un desgraciado accidente y esos cuerpos se les estropean, siempre está el cirujano plástico Bruce Willis (especialista en reconstrucción de cadáveres) para echarles una mano…

Contraindicaciones: El mayor problema que presenta este sistema es que, efectivamente, sus usuarios están muertos. Es decir, que si se te rompe un hueso o sufres el más mínimo daño corporal, te quedarás así para siempre. Y, como también eres incapaz de sentir dolor, no te darás cuenta de la situación hasta que oigas los gritos de pánico de la concurrencia. Por otra parte, los términos de la compra del elixir te obligan a desaparecer pasados unos años, para no levantar sospechas. Algo inaceptable cuando eres una estrella de cine hambrienta de fama…

Factor curativo mutante

En muchos aspectos, ser un muti en el universo de los X-Men es una desgracia enorme. Pero, en el de Logan, alias Lobezno, alias Hugh Jackman, también conlleva una serie de ventajas muy considerables: por si esas garras, esos músculos del tamaño de asteroides y ese pecholobo no fueran suficientes, resulta que el mutante canadiense se recupera inmediatamente de cualquier daño corporal. Lo cual no sólo le permite ser tiroteado sin inmutarse, sino que también le ha dota con una vida larguísima en la que fumar puros y trasegar copazos sin el menor riesgo para su salud. Al fin y al cabo, el título de Lobezno Inmortal ya lo decía todo.

Contraindicaciones: ¿Has nacido con el factor curativo de Lobezno? Pues agárrate, que vienen curvas: para empezar, eres un mutante, así que lo de “temido y odiado por un mundo al que has jurado proteger” no tardará en resultarte familiar. Para seguir, hordas de militares psicópatas no tardarán en perseguirte para aprovechar tu furia homicida convirtiéndote en la máquina de matar definitiva con esqueleto de adamántium. Y, para terminar, tendrás que luchar toda tu vida contra un insaciable instinto asesino, y contra ese hermano aún más psicópata que atiende por el seudónimo de Dientes de Sable. Una bicoca, vamos.

El Santo Grial

Ahora nos toca hablar de una puerta a la inmortalidad con sabor vintage, apropiada sólo para arqueólogos aventureros y caballeros del siglo XII. Porque, además de espabilar a aquel Arturo desustanciao de Nigel Terry en Excalibur, resulta que el cáliz que contuvo la sangre de Jesucristo también sirve para sanar heridas milagrosamente… y para garantizar la vida eterna a quienes beben de él. Aunque la cosa tenga (como veremos a continuación) algún inconveniente que otro, los hay que han montado una cruzada por menos.

Contraindicaciones: Como aquí todos hemos visto Indiana Jones y la última cruzada, sabemos que el Grial no mola tanto como parece. Si uno ha conseguido elegir bien entre todo ese muestrario de artesanía, librándose así de una muerte horrible, tiene que aceptar eso de que el copón sagrado en sí “nunca puede pasar más allá del gran sello”. Es decir, que debe resignarse a pasar la eternidad en las catacumbas de la antigua ciudad de Alejandreta, con la Biblia como última lectura (tras el primer par de siglos, te acabas aprendiendo los salmos de memoria) y esperando a que llegue otro caballero para relevarle, so pena de armar un cataclismo de padre y muy Sean Connery mío. En esas circunstancias, es como para pensárselo.

Bucle temporal

Tal vez portarse como un auténtico bastardo egoísta sea reprochable por un montón de cosas, pero si eres un hombre del tiempo, te pareces a Bill Murray y vas a cubrir las fiestas del Día de la Marmota en Pensilvania, puede tener una ventaja: un buen día, escucharás el I Got You Babe de Sonny & Cher en la radio, saldrás a la calle… y descubrirás que te has quedado Atrapado en el tiempo, ajeno al fluir cotidiano de las cosas. Algo que puede parecer feo en un principio, pero que conlleva sustanciales ventajas en cuanto aplicas un poco de pensamiento lateral. Por lo pronto, piensa en lo mucho que aprovecharás esas clases de piano…

Contraindicaciones: De todas las formas de inmortalidad que nos propone el cine, esta es la menos interesante. O, por lo menos, la más dañina para la salud mental, porque ver como la rutina diaria del pueblo de Punxsutawney (Pensilvania) se repite en torno tuyo una y otra vez sin que puedas hacer nada para cambiarla acaba desesperando al más pintado. Así las cosas, mejor aprovecha esas habilidades que has ido adquiriendo para ganarte el amor de Andie McDowell, porque, si no, vemos tu futuro de lo más soso.

La Fuente de la Juventud

Desde el siglo XVI, cuando a Ponce de León le dio por irse de picos pardos a la recién descubierta Florida, esta es la forma más clásica de adquirir la inmortalidad, tanto en la pantalla como fuera de ella. Nosotros, por razones de brevedad (al fin y al cabo, no tenemos todo el tiempo del mundo…) lo dejamos en que sus formas más populares en la pantalla son la empanada místico-existencial de Darren Aronofsky en La fuente de la vida y, sobre todo, la versión gótica, bucanera y cachonda de Piratas del Caribe: En mareas misteriosas, con ese Jack Sparrow (Johnny Depp) rodeado de sirenas y requebrando a Penélope Cruz…

Contraindicaciones: La variante aronofskiana presenta un serio inconveniente: tras haberla experimentado, es muy probable que uno no pille un ardite acerca de todo aquello de Hugh Jackman, Rachel Weisz, las líneas temporales paralelas y qué leches pinta ahí ese árbol. Más sencilla en sus mecánicas, la fuente de la juventud en Piratas del Caribe tiene su propia puñeta: para gozar de la inmortalidad, hace falta que otra persona dé su vida a cambio. Y, como por aquí Pe nos cae muy bien, preferimos dejar correr las aguas…

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