Los ‘blockbusters’ favoritos de los directores más intelectuales

¿Puede un fan de Indiana Jones llevarse la Palma de Oro? ¿Es verdad que Bergman era fan de Bruce Willis? Lo 'palomitero' y lo 'festivalero' tienen mucho en común.

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19 de febrero de 2014

Sonará a perogrullada, pero es una verdad innegable: por mucho que se ponga a ello (y mira que algunos se ponen), un director jamás será tan pedante como los críticos que estudian su obra. Así, mientras los expertos pontifican sobre las fronteras insalvables entre el arte y el entretenimiento para las masas, muchos grandes cineastas disfrutan sin complejos con películas que harían a dichos expertos salir corriendo en busca del cinefórum más próximo, por comerciales y ‘palomiteras’. Tras investigar un poco sobre el tema, en CINEMANÍA hemos elaborado este informe que, con las inevitables excepciones (miedo nos da pensar en qué pelis se pone Michael Haneke cuando está solo en casa) ofrece descubrimientos de lo más jugosos. Y, si echas de menos los nombres de Martin Scorsese y Quentin Tarantino, la explicación es sencilla: tratándose de estos dos genios, lo difícil es descubrir qué películas no les gustan…

Stanley Kubrick

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El director: Uno de los cineastas más intelectuales y ariscos de la historia de EE UU (tal vez por ello acabara mudándose a Inglaterra). Notable por su minuciosidad (2001: Una odisea del espacio), su amor por la pintura (Barry Lyndon) y su disposición a romper tabúes (Lolita, La naranja mecánica). Stephen King aún sigue arrugando el morro cuando le mencionan El resplandor.

 

Su placer culpable: Pese a su poca sociabilidad, Kubrick gozaba de un gran sentido del humor y era muy aficionado a los deportes. Tal vez por ello resulte natural que, entre sus filmes de cabecera, se encontrase Los blancos no la saben meter: esta comedia, en la que Woody Harrelson y Wesley Snipes interpretaban a dos jugadores de baloncesto amateur, está ya algo olvidadada, pero fue uno de los títulos más taquilleros de 1992 en EE UU y gozó de buenas críticas tras su estreno. Señalemos que Kubrick también contaba entre sus películas favoritas Un loco anda suelto y La matanza de Texas.

Ingmar Bergman

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El director: Entre los cinéfilos más exquisitos, el nombre de Bergman es sinónimo de “depresión profunda”. Y con razón: a lo largo de casi seis décadas de carrera (desde 1949 hasta su muerte en 2007), el maestro sueco derramó existencialismo y severas consideraciones religiosas en títulos como El séptimo sello, Fresas salvajes, Persona y Gritos y susurros. 


 

Su placer culpable: Es bien sabido que Bergman es el director favorito de Woody Allen. Por ello, nos preguntamos cómo reaccionaría el genio de Manhattan al enterarse de que Ingmar cobijaba en su videoteca una copia de La jungla de cristal. De hecho, parece que el sueco tenía una debilidad por el thriller más despendolado: Ingmar se hizo fan de Steven Soderbergh durante sus últimos años, citando Traffic entre sus filmes favoritos y (a decir de su yerno, el escritor Henning Mankell) gozando de lo lindo con el visionado de Ocean’s Eleven.

Robert Bresson

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El director: Intérpretes no profesionales. Movimientos de cámara reducidos al mínimo. Naturalismo extremo en la puesta en escena. Hondas preocupaciones sociales. Está claro que la obra del autor de Mouchette, Al azar de Baltasar y Pickpocket (entre otras) no es de las que invitan al consumo de palomitas.

Su placer culpable: Pese a la austeridad extrema de su cine y el tono admonitorio de sus Notas sobre el cinematógrafo (uno de los libros imprescindibles sobre el oficio de filmar), Bresson parecía ser un cachondo de mucho cuidado. De ahí que no se cortase en reconocer su amor por la saga de James Bond. Según contaba él mismo, Robert entabló una bonita amistad con 007 en 1964, gracias a James Bond contra Goldfinger, y desde entonces no se perdió una sola de sus aventuras, a cuyos estrenos en Francia solía acudir acompañado por sus sobrinas. Dado que el cineasta falleció en 1999, nos quedamos con las ganas de saber su opinón sobre Daniel Craig…

Andrei Tarkovsky

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El director: Más ruso que un samovar, y más serio que Vladimir Putin en un día nublado, Tarkovsky afirmaba que hacer cine es “esculpir en el tiempo”. Es decir, combinar desarrollos de lentitud glacial con guiones que ahondan en lo metafísico: échale un vistazo a Andrei Rublev, Solaris, Stalker o El espejo, y luego nos cuentas.

Su placer culpable: Además de un sujeto hondamente místico, el amigo Andrei también era aficionado a la ciencia-ficción. Por eso, y pese a deplorar “su violencia y sus malas interpretaciones”, no pudo sino deshacerse en elogios hacia la mismísima Terminator, una película que, según él, “había ampliado las fronteras artísticas del cine”. Es más: Tarkovsky también padecía de un inconfeso amor hacia la serie B más tirada y ochentera, acudiendo puntualmente a ver filmes como El día de los muertos o El exterminador, para después calificarlos de “basura repulsiva sin valor artístico” en las entrevistas. Ya, claro…

Terrence Malick

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El director: Cachondearse de El árbol de la vida, sus dinosaurios y sus proyecciones al revés es fácil. Pero dichos incidentes, así como las malas críticas de To The Wonder, no deberían hacernos olvidar que este texano (ahora más prolífico que nunca) ha firmado maravillas como Malas tierras, Días del cielo, El nuevo mundo y La delgada línea roja. 


 

Su placer culpable: Cuando nos enteramos, allá por 2011, pensamos que era una broma, pero al final lo ha confirmado el propio Ben Stiller: tan serio y tan ascético como parece, resulta que Malick es un fan irredento de Zoolander. De hecho, a petición de unos amigos comunes, Stiller grabó un vídeo en el que, interpretando al modelo que no sabe girar a la derecha, felicitaba al maestro por su cumpleaños. Eso sí: Ben reconoce que Terrence y él nunca se han encontrado en persona. “Todavía estoy esperando que me llame para una de sus películas”, sentencia el comediante.

Apichatpong Weerasethakul

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El director: Además de uno de los cineastas más impronunciables del mundo (él prefiere que le llamen ‘Joe’), este tailandés es el autor de títulos tales que Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Palma de Oro en Cannes 2010) y Tropical Malady, en los que la narrativa palidece ante un énfasis en lo sensual y un subtexto gay muy acusado. Señalemos que a Tarantino le encantan.

Su placer culpable: Como tantos otros directores, Apichatpong sintió la llamada del séptimo arte al visionar una película que, según confiesa, cambió su vida y le convirtió en un alevín de cineasta. ¿De cuál se trata? Pues de En busca del Arca perdida, nada menos: “Me encantó la escena en la que abren el Arca y los nazis empiezan a derretirse”, reconoce el director, quien también incluye E.T. el extraterrestre en su lista de filmes de cabecera junto a obras de Pasolini, Warhol y Béla Tarr. Visto lo cual, osotros pagaríamos por ver un encuentro de ‘Joe’ con Steven Spielberg: seguro que tienen mucho que aprender el uno del otro.

David Lynch

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El director: A estas alturas, ¿queda algún cinemaníaco que no sepa quién es Lynch? Bueno, resumiendo: es un señor estadounidense que hace películas muy raras (Terciopelo azul, Cabeza borradora, Carretera perdida, Mulholland Drive) y series de difícil clasificación (Twin Peaks, On The Air) mientras practica la meditación trascendental y consume café por litros. Ahora le ha dado por grabar discos, y tiene un pelo que es una obra de arte en sí mismo.

Su placer culpable: Tratándose de un señor tan zumbado como Lynch, esto no será una sorpresa total, y menos aún para quienes hayan visto Corazón salvaje. Pero vamos, que al genio de Montana le gusta muchísimo El mago de Oz (1939). Claro que una cosa es dejar constancia de ello, y otra muy distinta especular sobre qué calenturientas impresiones extrae David de las andanzas de Judy Garland por el camino de baldosas amarillas…

Michael Mann

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El director: ¿Puede uno dirigir un thriller cual si de un filme de arte y ensayo se tratara? Sí, puede, y la filmografía de Michael Mann lo demuestra: véanse Ladrón, Hunter (la primera aparición de Hannibal Lecter en pantalla grande), El dilema y Collateral para probarlo.

Su placer culpable: Por mucho que su filmografía se caracterice por una seriedad minuciosa, recordemos que Mann también fue el creador de la serie Corrupción en Miami. Lo cual nos permite intuir que en sus gustos también entran los trabajos muy coloristas y con un puntillo hortera. Así pues, ¿resulta extraño que el cineasta escogiera Avatar como una de sus películas favoritas de todos los tiempos? Pues va a ser que no…

Wes Anderson

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El director: Flamante ganador del Premio del Jurado en Berlín 2014 (gracias a El gran hotel Budapest), Anderson ha convertido los travellings laterales, las cámaras lentas y las bandas sonoras con clásicos del pop en fetiches para los cinéfilos más à la page. Ah, y a Bill Murray, también.

Su placer culpable: Una vez más, nos hallamos ante un gusto cultivado durante la infancia que ha sobrevivido a los años. Porque, cuando era sólo un tímido hijo de multimillonarios en su Texas natal, el joven Wes se pirraba por Star Wars, algo que sigue admitiendo, pero de lo que no le gusta hablar demasiado hoy en día. Señalemos también que Roman Coppola, colaborador habitual de Anderson, fue el miembro número 1 del club de fans de la saga galáctica (el hecho de que su papá Francis Ford Coppola y George Lucas sean amigos del alma debió influir, claro). ¿Hablarán de sables de luz y armaduras mandalorianas durante las pausas de rodaje?

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