Los 21 mejores ‘westerns’ del siglo XXI

Espacios abiertos, personajes fuertes, lealtades que chocan: el género más longevo e influyente del cine sigue vivo y bien, y estas películas lo demuestran.

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14 de noviembre de 2015

Por mucho que se diga, hacer uno es sencillo: basta con personajes fuertes, espacios abiertos y lealtades en conflicto. Pero mucho ojo, porque “sencillo” no quiere decir “fácil”. Por eso, circunstancias históricas aparte, el western es el género más longevo e influyente de la historia del cine, con una trascendencia tal que sus historias ni siquiera necesitan estar ambientadas en el Lejano Oeste de EE UU para merecer ese nombre. Y, como su importancia no se desvanece con los años, nosotros le dedicamos este informe en el que aparecen nada menos que los 21 mejores westerns del siglo XXI. Nuestra lista es subjetiva, así como el orden de las películas que la forman, pero estamos dispuestos a defenderla hasta la última bala de nuestro ‘seis tiros’.

Deadwood (serie, 2004-2006)

El infierno existe… y es un poblacho  minero de Dakota del Norte, lleno de proxenetas carismáticos (Ian McShane), sheriffs con un punto psicópata (Timothy Olyphant), médicos majaras (Brad Dourif) y demás especímenes sin escrúpulos que le hubieran dado reparos hasta a John Ford. Posiblemente, el mejor western de esta centuria sea una serie de HBO cuya conclusión (prometida desde hace muchos años, en forma de película o telefilme) nunca acaba de llegar. Serán cocksuckers…

Appaloosa (Ed Harris, 2008)

Despacito y sin alardes, Ed Harris se agenció a Viggo Mortensen, Jeremy Irons y una Renée Zellweger extremadamente adúltera para su segundo trabajo como director, en el que interpreta a un sheriff tan duro como calzonazos. El resultado es una joya que no apabulla, sino que conmueve.

Valor de ley (Hermanos Coen, 2010)

¿La mejor película de los Coen? Apuestas así de altas se pagan muy caras en este saloon, pero podemos arriesgarnos: si decimos que, poniéndole a Jeff Bridges el parche de John Wayne (protagonista de la película original, estrenada en 1969) y juntando al viejo pistolero con Matt Damon Shailene Woodley, los señores serios de Minnesota obtuvieron una jugada para la historia, no nos estamos marcando un farol.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (A. Dominik, 2007)

El asesinado es Brad Pitt, y el asesino (ese “cobarde Robert Ford” que completa el título) es Casey Affleck. Aunque, pensándolo mejor, podríamos decir que la víctima aquí es la mitología del Far West, con esos forajidos de leyenda que resultan ser asesinos melancólicos y cansados de la vida.

Meek’s Cutoff (Kelly Reichardt, 2010)

En los westerns tradicionales, seguir al cowboy y huir del indio es una garantía de supervivencia. En esta revisión feminista y existencialista del género, es todo lo contrario… o no. La directora de Wendy y Lucy y su inseparable Michelle Williams renuncian cual ascetas al Cinemascope para empujarnos a una travesía del desierto.

La propuesta (John Hillcoat, 2005)

¿Matarías a tu -psicópata- hermano mayor a cambio de la vida de tu hermano pequeño? La premisa de esta historia resulta cruel, pero con un director como el de La carretera y con un guionista como su amiguete Nick Cave, uno puede estar seguro de dos cosas: que le espera una historia de pecado, desesperación y (tal vez) redención, y que esa historia estará ambientada en los páramos más salvajes de Australia.

El tren de las 3.10 (James Mangold, 2007)

El director James Mangold (Noche y día, Lobezno inmortal) no tiene visos de pasar a la historia como un gran maestro, y la interacción entre Russell Crowe y Christian Bale se preveía tan difícil como la del agua y el aceite. Por suerte, cuando rodaron este remake del clásico de Delmer Daves, los tres tenían el día bueno. O buenísimo.

Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012)

Spike Lee podrá rabiar todo lo que quiera, pero, cuando a Quentin le da por irse al Oeste, le da de verdad. Con su usual batidora de géneros, y sacando chispas de la difícil relación entre Jamie Foxx, Christoph Waltz y un Leonardo DiCaprio adecuadamente odioso, el genio de la gran mandíbula pone al descubierto las miserias de un tema apenas abordado por el género: la esclavitud.

Pozos de ambición (P. T. Anderson, 2007)

Si el ferrocarril hirió de muerte al Lejano Oeste, el petróleo y el motor de explosión lo remataron. En esta deconstrucción brutal de las leyendas sobre pioneros intrépidos, Daniel Day-Lewis está más que dispuesto a darle la puntilla. Ya lo decía el título original: aquí habrá sangre.

Rango (Gore Verbinski, 2011)

Sí, es una película animada. Y, para colmo, protagonizada por un camaleón vestido de Hunter S. Thompson y con la voz (en inglés) de Johnny Depp. Gracias a todo ello, también es uno de los westerns más imprevisibles y divertidos de la historia reciente. Como diría el Espíritu del Oeste, ese que se parece tanto a Clint Eastwood, aquí no hay piratas, ni falta que hacen.

No es país para viejos (Ethan y Joel Coen, 2007)

¿Otra vez los Coen por aquí? Pues sí, y esta vez en modo neowestern: adaptando la novela de Cormac McCarthy, Ethan y Joel narran un cuento cruel en el que el sheriff (Tommy Lee Jones) no consigue nada, y en el que el intrépido forajido (Josh Brolin) se ve perseguido por la Muerte. Es decir, por un Javier Bardem psicópata, pero con pelazo.

Serenity (Joss Whedon, 2005)

Antes de venderle el alma a Marvel, Joss Whedon hizo historia con una serie llamada Firefly, que cumplía rigurosamente con los preceptos del western… sólo que en el espacio exterior, y con unos cuantos préstamos a Star Wars. Tres años después de su primera y única temporada, el director pudo concluir su historia (más o menos) con una película que hacía justicia al original.

El perdón (Michael Winterbottom, 2000)

Winterbottom goest West. Y, como suele pasar con el director de Wonderland, 24 Hour Party People Nine Songs, el resultado es sociológico, cerebral y también impactante, con Milla Jovovich, Nastajsa Kinski Sarah Polley como mujeres vendidas, explotadas y vengadoras.

Los tres entierros de Melquiades Estrada (Tommy Lee Jones, 2005)

Si llega a salir más texano, Tommy Lee Jones tendría un antojo con forma de estrella (solitaria, claro) en la frente. Para comprobarlo basta con ver su debut como director, una conmovedora historia de amistad post mortem a ambos lados de Río Grande, con guion de Guillermo Arriaga (Amores perros).

800 balas (Álex de la Iglesia, 2002)

No es sólo el mejor homenaje posible a esos ‘paella westerns’ que Sergio Leone y otros titanes, grandes y pequeños, rodaron en el desierto de Almería. Ni tampoco es un duelo (a distancia) entre unos Sancho Gracia Carmen Maura superlativos. También es una de las poquísimas películas en las que el hombre de El día de la Bestia ha logrado ofrecernos un final a la altura de su historia.

El bueno, el malo y el raro (Kim Jee-won, 2008)

Si los españoles hacemos ‘paella westerns’ y los italianos ‘spaghetti westerns’, ¿por qué no puede un director coreano fabricar su propio ‘kimchi western’ en el desierto de Manchuria? El director de Dos hermanas se atrevió a macerar ese encurtido, con un resultado que le habría sabido a gloria hasta a Sergio Leone.

Slow West (John MacLean, 2015)

De los videoclips de The Beta Band a una película del Oeste reposada, filosófica, con Michael Fassbender y rodada en Nueva Zelanda. Las deconstrucciones de género no tienen por qué ser asuntos oscuros y sórdidos, y este filme lo demuestra.

Frozen River (Courtney Hunt, 2008)

También conocido como “la película que hizo famosa a Melissa Leo”, este largometraje se atiene a los cánones del western presentando a dos forajidos (uno blanco, y el otro indio) que juegan al ratón y al gato con un agente de la ley en la mismísima frontera. Las salvedades: los forajidos son mujeres, la frontera es la de Canadá, no la de México, y las protagonistas trafican con inmigrantes en lugar de con whisky o rifles Winchester. La contemporaneidad tiene estas cosas.

Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005)

En esta película no se dispara ni un solo tiro, pero su estreno provocó una polémica que ríete tú de la de Grupo salvaje en 1969. Porque, claro, una cosa es tener a William Holden soltando aquello de “si se mueven, mátalos”, y otra a Jake Gyllenhaal Heath Ledger viviendo una historia de amor trágico en Wyoming. Primero, porque son dos hombres. Y, segundo, porque no son cowboys, sino pastores de ovejas. ¡Habrase visto!

Ned Kelly (Gregor Jordan, 2003)

De nuevo nos vamos a las Antípodas, y de nuevo acompañados por Heath Ledger, para presenciar la historia del forajido australiano más famoso de todos los tiempos. Es decir, de un desgraciado cuya mala pata y gatillo fácil no tenían nada que envidiar a los de Billy ‘el Niño’ y otros coyotes. Inciso: la anécdota de la armadura es real.

Deuda de honor (T. L. Jones, 2014)

Se nota que Tommy Lee Jones cae muy bien por aquí, ¿verdad? Pues sí, y si sigue dirigiendo películas como esta, mejor que nos va a caer: sacando partido a su registro de viejo pistolero (o “cómo resultar entrañable sin mover un músculo de la cara”) y dándole por fin una ocasión de lucirse a la siempre desaprovechada Hilary Swank, el actor y director se ha marcado un trabajo digno de figurar en esta lista por méritos propios.

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