Los 10 mejores planos de la historia

'E. T.', 'Vértigo', 'Aliens'... La historia del cine no sólo se ha escrito con grandes películas, sino también con imágenes memorables. Aquí tienes unos ejemplos. Por CINEMANÍA

05 de junio de 2011

Que Darren Aronofsky, Christopher Nolan y David Fincher son tres de los directores más importantes de la actualidad (y, seguramente, los tres más atrevidos de Hollywood) es algo que admite poca discusión. Y, si analizamos sus estilos, descubriremos que esto no se debe sólo a las neuras bailarinas de Natalie Portman, los argumentos enrevesados o la música de Trent Reznor. Estos directores, y muchos más, deben su fama a la capacidad de extraer todo su potencial de una sola imagen, devolviendo su valor a la unidad básica de la narrativa en el cine: el plano.

Aun con todo nuestro respeto a estos tres titanes, afirmamos que lo suyo no es nada nuevo. La historia del celuloide no sólo se ha escrito con grandes películas, sino también con planos memorables que se las apañana para resumir un filme (y, a veces, mucho más que eso) en una sola instantánea. Aquí te presentamos diez ejemplos que todos los aspirantes a cineasta deberían estudiar de cerca.

* La bicicleta voladora (E. T. el extraterrestre, 1981)


Resumir en un plano todo lo que un niño de los 80 jamás podría desear (básicamente, un amigo alienígena y una bici que surca los aires) sólo está al alcance de Steven Spielberg. Tan mágica como inverosímil, esta imagen se convirtió en el emblema por excelencia de E. T., y de toda una era de blockbusters por añadidura.

* El final de Mucho ruido y pocas nueces (1993)


Aunque cualquiera lo diría viendo los momentos más flojos de Thor, hubo una época en la que Kenneth Branagh sabía hechizar a su público con medios mínimos y mucha imaginación. Reuniendo en este glorioso travelling a todo el reparto de su mejor película shakespeariana (Denzel Washington, Emma Thompson y él mismo, entre muchos otros), el irlandés se las apañó para conciliar el lenguaje del teatro y el del celuloide con un saludo final antes de bajar el telón.

* La lluvia de pétalos de rosa (American Beauty, 1999)


La imagen de un cuarentón en crisis haciendo guarreridas consigo mismo puede ser filmada de muchas maneras, pero (tras presentarnos su lado más sórdido en cierta ducha) Sam Mendes se las apañó para extraer poesía de una situación tan poco romántica. La sonrisa de Mena Suvari y la delicadeza general, bordeando agilmente la frontera del mal gusto, obraron el milagro.

* El periódico espía (La Dalia Negra, 2006)


En su película más enrevesada (que ya es decir), Brian De Palma recicló uno de los estereotipos más tontos del cine de intriga: el detective (en este caso, Josh Hartnett) que usa un periódico para no ser detectado por la persona a la que sigue (Jemima Rooper). La grandeza del momento no consiste sólo en su composición, sino también en que DePalma usa el ardid para que el espectador capte cosas, en principio, difíciles de ver.

* “¡Aléjate de ella, puerca!” (Aliens, el regreso, 1986)


En su encuentro con Sigourney Weaver y las criaturas xenomorfas, James Cameron destapó el tarro de las esencias. Muy clásica y muy sólida en sus formas, la secuela de Alien llega a su punto culminante cuando Sigourney Weaver irrumpe para salvar in extremis a su hija adoptiva: ¿es un ángel bañado en luz blanca? No, es la combinación de un contraluz inspirado, una buena actriz y un diseño de producción tan preciso que, una vez estrenado el filme, el director recibió ofertas para fabricar en serie el exoesqueleto vengador.

* Jean Seberg parpadea (Al final de la escapada, 1959)


Oyéndole hablar, uno piensa que Jean-Luc Godard se cree más listo que su público, que los críticos y que todo el mundo, en general. Observando el comienzo de su debut, uno se ve tentado a creer que eso es cierto. Cuando se vio obligado a recortar la película por razones de duración, el director suizo rompió una norma hasta entonces ineludible (la continuidad del montaje), dando primacía a la técnica sobre la narrativa y poniendo las entrañas del lenguaje cinematográfico al descubierto. Muchos años después, un tal Quentin Tarantino tomó buena nota.

* La escalera de Odessa (El acorazado Potemkin, 1925)


Tan comunista él, Sergei M. Eisenstein es el principal culpable de que directores como Michael Bay agredan nuestras retinas con desfiles de fotogramas a velocidad absurda. Pero perdonarle este pecadillo es fácil, porque en estos minutos escasos de su obra maestra el cineasta ruso logró una proeza difícil de repetir: inventar el montaje tal y como hoy lo conocemos. Observa como la conjunción de imágenes se las apaña para contar una historia sin palabras, y lo entenderás.

* La mansión del Diablo (El exorcista, 1973)


Bañada en luz, una figura enjuta y algo siniestra observa una ventana. ¿Quién es, y por qué está allí? Contestando a estas preguntas, William Friedkin hizo sudar en frío a un público aún virgen de excesos sangrientos en el cine de terror. Puede que la imagen de Linda Blair vomitando puré de guisantes fuese el punto álgido de este maratón de sustos, pero si esta sencilla composición no nos hubiera predispuesto antes, su impacto no sería tan enorme.

* La mirada carnívora (Tiburón, 1975)


Como sabrás si has visto Scream 4 (o, mejor aún, El fotógrafo del pánico), Michael Powell fue el primer director de la historia en poner la cámara en el punto de vista del asesino. Sin embargo, el mérito de hacernos ver el mundo a través de los ojos de un escualo  devorador de chicas en bikini corresponde a un joven Steven Spielberg: cuando descubrió que no había manera de que su tiburón mecánico quedase convincente en la pantalla, el director hizo caso a la montadora Verna Fields renunciando a los artilugios en pro de la sutileza.

* La caída interminable (Vértigo, 1958)


Si haces zoom sobre una imagen y, a la vez, mueves la cámara hacia atrás, consigues un efecto óptico conocido como contrazoom, que deforma la imagen de manera mareante. Si combinas esto con la historia de un detective (James Stewart) enamorado de una mujer muerta (Kim Novak), consigues una de los mejores planos -por no decir el mejor- de la carrera de Alfred Hitchcock. Es decir, de la historia del cine en general. Si padeces de vértigo, es probable que esta imagen te haga palidecer: justo lo que ‘Hitch’ buscaba.

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