¿Cuál es el contexto histórico de ‘Lo que el viento se llevó’?

Del retrato edulcorado del esclavismo a la segregación y los linchamientos en el año de estreno de una de las películas más grandes de Hollywood.

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10 de junio de 2020

La noticia de que HBO Max ha retirado temporalmente Lo que el viento se llevó de su catálogo de streaming, con vistas a recuperar la película en breve junto a una “explicación de su contexto histórico” ha generado toda clase de reacciones alteradas.

Ha habido acusaciones de censura, comparaciones por redes sociales y tertulias con el mundo de Fahrenheit 451 donde se quemaban los libros y, por lo general, se ha tomado la decisión como una claudicación a la corrección política en plena oleada de sensibilización antirracista con las nuevas manifestaciones de Black Lives Matter desatadas en EE UU y el resto del mundo tras la muerte de George Floyd a manos de un policía.

Es cierto que la actuación de HBO viene motivada por el clima de protestas, y por un artículo muy agresivo de John Ridley (guionista de 12 años de esclavitud) en Los Angeles Times pidiendo exactamente eso: que Lo que el viento se llevó fuera retirada de la plataforma por la idea romantizada que ofrece del esclavismo, con el fin de volver a ofrecerla acompañada de un marco crítico sobre su contenido.

No obstante, es el mismo método que se ha seguido al editar algunos dibujos animados de contenido ofensivo desde los parámetros actuales, dejando claro que cada obra es testimonio de su tiempo. O, más concretamente, de la visión del mundo que tenían sus responsables en aquel tiempo.

Porque Ridley no es ni mucho menos la primera persona en denunciar el componente racista de Lo que el viento se llevó, una de las películas más prestigiosas de la historia de Hollywood (empezando por sus 8 premios Oscar de un total de 13 nominaciones; ambas cifras récord en su momento). En 2017, y con las manifestaciones de supremacistas blancos en Charlottesville (Virginia) aún resonando, un cine de Memphis (Tennessee) decidió acabar con su tradicional reposición anual del filme por su retrato de las relaciones raciales en la época de la Guerra de Secesión.

Se refieren, por supuesto, a los esclavos negros de la plantación y el servicio doméstico de la protagonista, esa muchacha sureña llamada Scarlett O’Hara a quien interpretó con todo su arrojo Vivien Leigh. Con sus interpretaciones, ella y Hattie McDaniel (en el papel de la esclava doméstica Mammy) ganaron los dos únicos Oscar de actuación del filme.

McDaniel, que de ese modo fue la primera actriz afroestadounidense en ser nominada y ganadora de un Oscar, sin embargo no pudo acudir con el resto del equipo a la fastuosa premiere de Lo que el viento se llevó en Atlanta; las leyes vigentes en el estado de Georgia impedían que ella y el resto del elenco negro se sentara junto a sus compañeros blancos.

Entonces, ¿cuál es el contexto histórico de Lo que el viento se llevó al que hará alusión el marco que está preparando HBO? Tienen varios para elegir: el del desarrollo del argumento (1861-1873), el de publicación de la novela original y producción de la película (1936-1939) y uno no menos importante, el de su recepción e interpretación a lo largo de los años desde su estreno.

 

La novela de Mitchell

Lo que el viento se llevó, de la periodista Margaret Mitchell, acabaría ganando el premio Pulitzer y se convirtió en un bestseller prácticamente en el momento de su publicación en 1936, en plena recuperación de la Gran Depresión.

Nacida en 1900 en una familia acomodada de Atlanta, criada entre las historias de la Guerra de Secesión que le contaba su abuela y la lucha sufragista de su madre, Mitchell tardó varias desgracias personales en escribir (en orden cronológico inverso) la historia de iniciación de una muchacha llamada Scarlett O’Hara.

Siguiendo la pauta de las novelas de aprendizaje, la protagonista madura de la adolescencia a la edad adulta en el contexto de la Guerra de Secesión y la Reconstrucción estadounidense que vino después. Scarlett O’Hara es la hija de una rica familia sureña cuyo corazón se debate entre un rico heredero ya casado y un galán de Carolina del Sur (Rhett Butler) que la pretende y atrae irremediablemente.

Mientras ese drama romántico envuelve la evolución de la protagonista, de niña ingenua y malcriada a mujer fuerte y luchadora, de fondo están las atrocidades de la guerra y el sistema de esclavismo imperante en la época. La familia de Scarlett posee una plantación donde trabajan esclavos negros y en casa está atendida por un equipo de esclavos domésticos que destacan por su docilidad y servidumbre.

Este último aspecto, una característica fundamental de la literatura proesclavista del siglo XIX, que siempre está escrita desde el punto de vista de los amos y cuyo último baluarte tardío podría ser Lo que el viento se llevó. El sistema de esclavitud en el que están sustentadas la riqueza y posición social de la protagonista no pasa de ser un escenario pintoresco que, recreado por Mitchell unos 70 años después de la época, ya aparece teñido de melancolía romántica. Una idealización ejercida desde la postura dominante, claro.

 

La película de O. Selznick

Lo que el viento se llevó es una adaptación literaria, pero, antes de que Mitchell publicara la novela en 1936 y rápidamente se convirtiera en un bestseller, los superproductores más avispados de Hollywood (Jack L. Warner, Darryl F. Zanuck, Louis B. Mayer) ya estaban detrás de los derechos. Fue el despierto David O. Selznick quien se hizo con ellos, sediento de un éxito seguro para su relativamente recién creada Selznick International Pictures.

Si bien Selznick estaba convencido del bombazo que tenía entre manos (las cifras de ventas de la novela no paraban de darle la razón), la realización del proyecto se atragantó de forma tan fastuosa como solo la mayor superproducción del Hollywood dorado a pleno rendimiento podía conseguir.

El casting de Vivien Leigh Clark Gable para los papeles protagonistas fue de por sí un quebradero de cabeza que retrasó dos años la producción, pero en cuanto las cámaras empezaron a filmar hubo reescrituras de guion (de la adaptación sintética de Sidney Howard a una revisión espídica de Ben Hecht sobre la marcha) y cambios de director. Legendario es el despido a las pocas semanas de rodaje de George Cukor, quien se había comido toda la preproducción, y su sustitución por un Victor Fleming que llegaba exhausto de El mago de Oz y tuvo que ser reemplazado un tiempo por Sam Wood.

Los casi 4 millones de dólares que costó el filme, una cantidad tan grandiosa para la época (solo la Ben-Hur de Fred Niblo, en la década anterior, había costado más) como cada nota de la partitura compuesta por Max Steiner, se dedicaron a recargar de barroquismo exorbitante la visión del Sur transmitida por la novela y a construir set pieces de apasionada épica.

Si hubiera alguna duda sobre la naturaleza fabulosa del relato, solo hay que remitirse al texto que sirve de prólogo a la acción:

“Hubo una tierra de caballeros y campos de algodón llamada el Viejo Sur. Aquí, en este precioso mundo, la galantería hizo su última reverencia. Aquí se vio por última vez a los caballeros y a sus bellas damas, al amo y al esclavo. Búsquenlos en los libros, porque ahora no son sino el recuerdo de un sueño, una civilización que el viento se llevó”.

Una experiencia tan idealizada y subjetiva como la iluminación para convertir el color de los ojos grises de Vivian Leigh en el verde esmeralda de Scarlett O’Hara.

 

El contexto de estreno

Lo que el viento se llevó se estrenó en las navidades de 1939. Después de sus premieres en Atlanta (esa a la que McDaniel no pudo acudir y el futuro presidente Jimmy Carter consideraría el mayor evento que había vivido el Sur durante su vida), Los Ángeles y Nueva York, se extendió al resto del país.

Un país en el que no solo seguía implementada la segregación racial, sino que con frecuencia se producían linchamientos de personas negras. Lo que el viento se llevó se estrenó el mismo año en que Billie Holliday cantaba Strange Fruit. 

No fueron pocas las voces que desde la comunidad afroamericana criticaron el contenido de la película desde el momento de su estreno.

El cineasta Carlton Moss escribió en el periódico Daily Worker una carta abierta a David O. Selznick donde equiparaba Lo que el viento se llevó con El nacimiento de una nación (1915) como un ataque contra la población negra. No habría que aventurar que a Selznick le pillara por sorpresa esa reacción. Ya en el trasvase de la novela a la película se difuminó una aparición heroica del Ku Klux Klan.

Además de criticar la visión estereotipada de los personajes afroamericanos de la película, con su indolencia y aceptación de la esclavitud, Moss consideraba Lo que el viento se llevó una “súplica de simpatía por una causa reaccionaria que pervive en el Sur”. En Nueva York y otras zonas del país hubo manifestaciones de protesta ante los cines que proyectaban la película.

Cuando McDaniel ganó el Oscar, es conocida su respuesta al activista Walter Francis White, que la acusó de colaboracionismo y sumisión de Tío Tom [término peyorativo con el que se designa a afroamericanos sumisos con la opresión blanca]. “Prefiero ganar 700 dólares en una semana interpretando a una criada que ganar siete dólares siendo una de verdad”, contestó la actriz.

Por su parte, Butterfly McQueen, que había interpretado a la criada Prissy, pasó el resto de su carrera luchando contra el encasillamiento en dichos papeles por su color de piel. Por cierto, ella no estuvo presente en la ceremonia de los Oscar donde ganó McDaniel.

El Ambassador Hotel de Los Ángeles donde se celebró la gala tenía una estricta política segregacionista y O. Selznick solo logró permiso para que permitieran entrar a la actriz nominada (cuyo triunfo se había filtrado a la prensa); McDaniel se sentó pegada a una pared al fondo, en una mesa distinta a la de sus compañeros.

 

El impacto popular

Lo que el viento se llevó no tardó en convertirse en un aplastante éxito de taquilla en todo el mundo. Se considera que ha vendido más de 200 millones de entradas, tan solo en EE UU y Canadá. Ajustando el precio de las entradas de su estreno (y sucesivos reestrenos) a la inflación, el Libro Guinness de los Récords la sitúa como la película más taquillera de todos los tiempos: habría recaudado el equivalente a unos 3.440 millones de dólares de 2014.

Su descomunal impacto popular ha hecho que se considere más espinosa todavía la visión que ofrece sobre la realidad de una época, así como su transmisión de mitos de la Guerra de Secesión y ciertos estereotipos raciales.

En America, Empire of Liberty: A New History (Penguin, 2009), el historiador británico David Reynolds considera que la película colabora en una visión revisionista de la segregación, que “libera a los espectadores de la carga del auténtico pasado del Sur, brindando una escapatoria de nostalgia romántica”.

Así, los sureños aparecen como defensores de los valores tradicionales mientras se perpetúa un mundo compuesto por “mujeres blancas elegantes, cuyos hombres son nobles o, al menos, apuestos. Y, de fondo, los esclavos negros son diligentes y felices, claramente incapaces de existir por sí mismos”, concluye.

Como conclusión a la persistencia de Lo que el viento se llevó como símbolo de cierta(s) época(s) podemos citar dos ejemplos que nos ayudan a trasladar su contexto al nuestro de maneras bien distintas.

Por un lado, la labor del Museo de la Historia de Atlanta que, a lo largo de varias exposiciones, se ha dedicado a yuxtaponer la ficción de la película con diversas fuentes y testimonios reales de la experiencia de esclavos de la época.

Por otro, las palabras del presidente Donald Trump cuando la película coreana Parásitos ganó el Oscar el pasado mes de febrero: “¿Podemos volver a recuperar Lo que el viento se llevó, por favor? (…) La película ganadora es de Corea del Sur, creía que era la mejor película extranjera”.

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