‘Lo que arde con el fuego’: Carey Mulligan y Jake Gyllenhaal brillan en la adaptación de ‘Incendios’, de Richard Ford

Paul Dano debuta como brillante director con la primera adaptación de una novela del estadounidense Richard Ford. Disponible en Movistar Estrenos.

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23 de abril de 2020

Me acuerdo de la visita de Richard Ford a Barcelona, en octubre de 1996, para presentar El día de la Independencia, publicada por Anagrama, como toda su obra en castellano. Protagonizó un par de actos, en la Universidad y el Instituto Americano, y acudí a los dos, acompañado de un amigo. Recuerdo a otra fan, rubia con trenza, más joven que nosotros, que casi tuvo un orgasmo a lo Meg Ryan cuando se levantó para hacerle no sé qué pregunta en un inglés insultantemente perfecto.

Nunca más volví a verla. Tampoco hice ninguna pregunta. Pero, cuando acabó el primer acto, me acerqué para que el escritor al que yo también admiraba me firmara un ejemplar, no ya de El día de la Independencia, que no había leído, sino de Incendios, justamente la novela reescrita para la pantalla a cuatro manos por Paul Dano y Zoe Kazan, que Movistar+ estrena con el extraño título de Lo que arde con el fuego, que recuerda más a la exitosa película de Oliver Laxe que a la novela de Ford.

En número de páginas, Incendios (190) era menor que El día de la Independencia (564), y estaba claro que Ford acababa de dar el salto cuantitativo con aquella Gran Novela Americana, que había merecido el Pulitzer y el PEN/Faulkner, y fue todo un éxito de crítica y de público. Aunque había leído toda su obra anterior, que por entonces no sumaba más que cuatro novelas y un libro de relatos, Incendios era mi pequeña gran favorita (seguida de Rock Springs, el libro de narraciones breves).

Así que, ni corto ni perezoso, casi en un susurro conspiranoico, le dije que me parecía su mejor novela. Para mi sorpresa, también en voz queda, como si nadie más tuviera que enterarse de ello, me contestó que pensaba lo mismo. Al día siguiente, volvimos a vernos en el Instituto Americano, y juro que fue él el que cruzó los diez metros de hall para charlar amigablemente un rato con nosotros. No hagan caso de lo que dicen algunos: no hay caballero (sureño) más amable, y simpático, que Richard Ford.

Sirva la anécdota para ilustrar que, si circuló una efímera corriente de empatía entre nosotros, es porque Incendios toca con extraordinaria sensibilidad un tema cuya universalidad hermana: la disolución de un matrimonio, a través de los ojos de su hijo único, en pleno drama adolescente. Carey Mulligan, en su mejor papel, y Jake Gyllenhaal, más contenido que de costumbre, son la pareja que se desgarra ante la mirada de Ed Oxenbould, el chaval de La visita, que, entre tanto, se ha hecho mayor, o está en el trance de serlo, mientras dura el primer largo de Paul Dano.

Incendios no es una novela autobiográfica, y mis padres tampoco se divorciaron, pero cualquiera puede reconocer el resquebrajamiento del antaño protector techo familiar, mezclado con las más íntimas inseguridades de la adolescencia, que de repente también son económicas. En la novela como en la película, el padre pierde su trabajo como profesor de golf, y para apagar su frustración se alista para luchar contra los incendios del título, que asuelan la región.

La región en cuestión es el estado de Montana, territorio mítico, más allá de la frontera del Missouri, al que grandes escritores como Jim Harrison, Thomas McGuane, o el propio Ford, que ambientó también ahí los relatos de Rock Springs, acudieron para tratar de reencontrarse con la América salvaje del siglo anterior. Hablamos de escritores clásicos y varoniles, que hoy serían calificados de cipotudos, cosa que, de hecho, ya ocurría entonces, aunque con otras palabras.

Ford lo deja claro en una entrevista río (¡de tres horas!), concedida a The Paris Review al año siguiente de nuestro fugaz encuentro: “Aquello que hace interesante a un personaje masculino es lo mismo que hace interesante a un personaje femenino: el acceso a una diversidad de estados de ánimo, la capacidad de enfrentar la incertidumbre moral, la capacidad de sorprenderse, de compadecerse (…). Creo que es necesario sentir simpatía por las personas que uno crea… no sensibilidad de género”. Y añade, un poco más adelante, que un día que estaba con Tobias Wolf, se les acercaron “dos mujeres que dijeron ser lesbianas: querían hacernos saber que ellas no pensaban que fuésemos ‘sexistas’, ni nada de lo que se nos acusaba esa semana”.

Joe Brinson, que así se llama el adolescente interpretado por Oxenbould, pasa la mayor parte de la novela, y de su fiel adaptación, a solas con su madre, ama de casa desilusionada en vías de emanciparse sin entusiasmo, que es, indudablemente, un gran personaje femenino. Aunque Incendios no es una novela directamente autobiográfica, el siempre itinerante Ford, que creció en Mississippi y no en Montana, quiso que Joe hubiera nacido el mismo año que él, y que tuviera la misma edad que cuando murió su padre, un viajante de negocios con el que no convivió demasiado: “Un hombre agradable, corpulento, cariñoso que nos visitaba los fines de semana. Feliz de volver a casa. Feliz de marcharse”. Así lo describe en el texto, ya directamente autobiográfico, Mi madre, que publicó en los 80, tras la muerte de su progenitora. En la citada entrevista, Ford reconoce que hay algo de su propia madre en la de Joe: “Esa capacidad de sobreponerse”.

Aunque tampoco soy un experto en el tema, no se me ocurre mejor novela que describa la metamorfosis de una madre ante la mirada fascinada, entre curiosa y angustiada, del que se está deshaciendo de la infancia. La fiel adaptación de Kazan y Dano, para más señas pareja desde 2007, mantiene el punto de vista de Joe, aunque obviamente no conserva el económico estilo característico de Ford que, ya en la primera frase, tumba a cualquier lector de tramas y paranoides del spoiler: “En el otoño de 1960, cuando yo tenía 17 años y mi padre llevaba sin trabajo algún tiempo, mi madre conoció a un hombre llamado Warren Miller y se enamoró de él”.

30 años después de leer la novela, con lágrimas en los ojos, las frases subrayadas aguantan perfectamente el tipo. Las mejores, por supuesto, son las de la madre: “Eres feliz si tus deseos naturales hacen feliz a otra persona. Si no es así, no sé qué te pasa. Supongo que estás en el limbo”. O “Los hombres no entienden gran cosa (…). Entender no es su fuerte. Ya tampoco se despiertan llorando. De eso se encargan las mujeres”. O “La vida no es más que un asunto insignificante (…). Hay que esforzarse por hacerla interesante”. O “Es mi vestido de la desesperación / Debería verme con él tu padre / Lo aprobaría. Puesto que lo ha pagado él”.

 

¿Cómo es la adaptación?

Algunas de estas perlas están en la película, la mayoría no, y es lógico. No es el mismo lenguaje. Dano empezó por rebajarle la edad a Joe, para hacerlo coincidir con unos 14 años en los que el futuro actor también vivió cambios trascendentales, y poner así un poquito de sí mismo en su película. Lo que arde con el fuego –Wildlife, en su título original– puede ser confundida como la mera traslación en imágenes de una novela de culto, una serie de postales de finales de los 50, un telefilme, como se decía antes, al servicio de los actores, que realmente están muy bien. Pero en realidad creo que revela un sincero amor por la novela y la incipiente sabiduría de un buen cineasta.

En primer lugar hay que destacar la modestia y la humildad de la propuesta, que no pretende ser la gran adaptación oscarizable, cosa que traicionaría el espíritu intimista, aquí captado con emoción verdadera, del original. En segundo, si bien Dano, impregnado del clasicismo del original, no se desvía de la historia, opta por trasladar la economía formal de Ford con una suerte de parsimonia oriental.

La cámara se mueve poco, abundan los planos fijos, y no es extraño que Dano confiese la influencia de Hirokazu Koreeda, el más directo heredero de Ozu, cineastas eminentemente familiares, o que, para la fotografía, haya recurrido al mexicano Diego García, que trabajó con Apichatpong Weeresathekul en la hipnótica Cemetery of Splendour.

Si Incendios, la novela, es una obra maestra de concisión formal y emocional, Lo que arde con el fuego, la película, también apuesta por la orfebrería del plano y del alma, y por mantener viva la llama del imborrable recuerdo que nos ha dejado la obra de Ford. Y no deja de ser curioso que la primera novela de Ford llevada al cine no haya sido una de las grandes.

Si bien la calidad de una obra no tiene nada que ver con el número de páginas, o con el presupuesto, redundamos en nuestro agradecimiento de que un material tan sensible como Incendios haya acabado viendo la luz con una película que también se quiere pequeña. A riesgo de que pase injustamente desapercibida, lo contrario hubiera sido un gran error.

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