Lo mejor de Caín: las críticas más delirantes de Guillermo Cabrera Infante

Cuando el novelista cubano se ponía a revisar películas, ni el mismísimo Bogart se libraba de recibir estopa. Seleccionamos extractos de sus mejores textos sobre cine. Por CINEMANÍA

27 de mayo de 2012

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  • Hay libros de cine más informados, con opiniones más enjundiosas y más cargamento teórico. Eso, por supuesto. Pero pocos los hay mejor escritos, con más sentido del humor o con una pluma más viperina. Estamos hablando de Arcadia todas las noches, Un oficio del siglo XX y Cine o sardina, los volúmenes de crítica cinematográfica obra de Guillermo Cabrera Infante. El escritor cubano era adicto a la pantalla desde pequeñito: sin ir más lejos, el título de Cine o sardina era la pregunta que su madre, durante su apurada infancia, les hacía a él y a su hermano para saber si preferían ir al cine o a cenar. Y Cabrera Infante, que nunca escogió la sardina, volcó ese aprendizaje precoz al por mayor: primero, en las revistas Carteles y Revolución, en La Habana, firmando como G. Caín y aludiendo a sí mismo como “El cronista”. Después en el medio internacional que se prestara a recoger una prosa ya laureada.

    Guionista ocasional (Punto límite cero) y miembro del jurado en certámenes de prestigio (como recordaba orgullosamente, uno de sus votos ayudó a que Pulp Fiction recibiese la Palma de Oro en Cannes, el autor de Tres tristes tigres falleció en 2005) pero sus textos sobre cine viven y perviven en El cronista de cine (Galaxia Gutenberg), monumental volumen de 1.500 páginas que recoge la totalidad de su producción como crítico y periodista. Dado que este fin de semana estamos muy literarios, en CINEMANÍA rendimos homenaje a Cabrera, y a Caín, seleccionando extractos de sus mejores críticas. Como podréis ver, en ellas no se salvaba de recibir estopa ni el mismísimo Humphrey Bogart. Disfrutadlas, porque lo merecen.

    Casablanca (1942)

    “Hablar de Casablanca es como mirar una vieja fotografía: ahí está uno, pero de alguna manera ese no es uno: por el medio está el recuerdo, el tiempo pasado y la renovada presencia fotográfica, ganada su batalla al tiempo pero perdiéndola, porque el tiempo no pasa: pasa uno por él (…) En fin, que el tiempo es como la banca en la ruleta, siempre gana, aun perdiendo gana. Y ha ganado contra Casablanca. ¿Es esta cinta distante, obsoleta, casi ridícula y seguramente falsa, la que uno recordaba con amor? ¿Es la petulante parte de Claude Rains el rol perfecto de ‘caballero bajo un cínico que guardábamos en la memoria? ¿Y Humphrey Bogart, no es una caricatura de lo que pretende ser, con su labio inmóvil, sus respuestas lacónicas y su absurda valentía existencialista? (…) A las preguntas del cronista, puede preguntar el lector: ‘Y, entonces, los cuatro puntos, la señal de excelencia, ¿a qué se deben?’. Son por el recuerdo”.

    Adán y Eva (1956)

    “Adán y Eva prueba que el único castigo al Pecado Original es el bostezo”.

    Atraco perfecto (1956)

    Stanley Kubrick es el director de Atraco perfecto. Es un nombre nuevo, puesto que este es su tercer filme prodesional (…) Ahora, a los 27 años, acaba de terminar lo que puede considerarse quizás uno de los mejores filmes hechos en Hollywood en una década,y que sin duda es el mejor filme estrenado este año. Kubrick, que según la revista Time parece un Marlon Brando mal alimentado, y que afirma que hará cintas baratas y buenas, porque según dice las dos bés no son incompatibles, no será un genio, un nuevo Orson Welles como le han llamado, pero no hay duda de que es el talento más prometedor que tiene Hollywood hoy en día. Habrá que esperar sus filmes con avidez. Tiene el aspecto de producir más de una pieza maestra”.

    Trapecio (1956)

    “Trapecio es en realidad otra figura geométrica: un triángulo. Es el mito de Ícaro de nuevo en el cine. Un trapecista único [Burt Lancaster, que fue trapecista en la vida real] cae del trapecio una noche y queda inválido (Ícaro caído). Al circo, del que ahora es Ícaro tarugo, llega un joven acróbata ansioso de convertirse en una réplica del viejo trapecista (…) Encerrados en el luminoso laberinto del circo, Dédalo e Ícaro tratan de vencer al Minotauro, que esta vez no es mitad toro y mitad hombre, sino todo mujer. (…) La única sorpresa legítima del filme es que Tony Curtis puede actuar”.

    Las noches de Cabiria (1957)

    “Es la propia Giulietta Masina quien más conspira contra la integridad del filme. Los dibujos que el filme hace antes de la filmación, el cuidado con el que fotografía cada gesto y lo amplifica hasta el absurdo, el amoroso manejo de las situaciones están dedicados a la Masina, que es su esposa. Pero esta vez falla la Masina, y hace fallar todo el filme, y de paso falla Fellini, porque es una prostituta increíble: a veces es un payaso que se prostituye, otras es Gelsomina [de La Strada, otra película de Fellini] en la Via Flaminia, las más es (el cronista lo siente, pero tiene que decirlo: no queda otro remedio) Harpo Marx haciendo la calle”.

    Dinero caído del cielo (1981)

    “Uno se pregunta, en efecto, cómo el adocenado Herbert Ross, coreógrafo de ese arca de sí es Noé que se llama Dr. Doolittle [la primera versión de 1967], es el balletómano mediocre dePaso decisivo, el fanático cursi, inepto y vacío de Nijinski, cómo Herbert Ross, ¡por Dios!, ha logrado esta obra maestra buscada de pop art, esta emotiva crónica musical, esta tragedia de Racinema de un condenado por fracasado [Steve Martin] (…). En todo caso, ahí está la respuesta única, porque el público ha rechazado a Dinero caído del cielo con una fuerza feroz que debería emplearse sólo en casos extremos. Cine dia como con esos que hacen películaspane lucrando, o los estetas de siempre: Bergman, Godard, Antonioni: aquellos que cometen crímenes contra el cine en nombre de la angustia”.

    Indiana Jones y el Templo maldito (1984)

    “La aventura comienza con un coro de orquídeas orientales danzando a la luz de la luna pálida y amarilla. (Es en realidad un reflector de un cabaret, y las flores figurantas chinas.) La corista central -alta, rubia (¿rubia? sí, rubia) y con piernas tan largas que bajan del techo- entona atonal pero pícara subsana el tono para hacerlo venturoso, aventurero. ‘Anything Goes!’, dice el estribillo que se sabe al dedillo, pero el resto de la canción está doblado, dobladillo, al estilo más mandarín: idioma chino, dialecto de Shanghai, acento de chop suey (…) La película transcurre en una India más sobrada que vista en los años treinta, y ya desde el verdadero principio (cuando el héroe, la heroína y el heroíto se ven obligados a salvarse como puedan de un avión abandonado ¡usando una balsa de goma como salvavidas!) hay que aplicar lo que el poeta Coleridge llamó la suspensión del descreimiento y apretarse el cinturón del asiento de platea. Aquí, como lo anunció la deliciosa Kate [Capshaw] domada, ¡Todo vale! O no todo vale: a Indiana Jones no le interesa el sexo nada. Ni siquiera el amor amorfo, o la cópula. La única escena vagamente sexual de la cinta comienza con una tortura alimenticia. (…) La entrada controlada en los cines americanos que han estrenado Indiana Jones muestra una afluencia récord, para todos los tiempos, de niños que lo saben todo del sexo pero ignoran la aventura de cruzar una calle solitaria. Como dijo hace poco uno de esos padres permisivos: ‘Yo no llevo a mis hijos a ver ese bodrio, pero no puedo impedir que se escapen furtivos”.

    Blade Runner (1982)

    “Deckard, el protagonista, se llama Rick, pero no es el dueño del Rick’s Café Americain durante una ocupación nazi futura de Casablanca (…) sino que es un detective privado del futuro –es decir- del pasado. Rick Deckard es, en una frase brillante, un Blade Runner o rastreador matrero: un sabueso sofisticado y solitario que sabe más por animal que por hombre. (…) Blade Runner, la más excitante de las películas de fantaciencia, de Fanta y ciencia, desde 2001, muestra no un futuro promisorio, sino empeorando lo presente un mañana peor: polvo eres, y terminarás comiendo polvo. O fideos con sabor a plástico. Lo que encuentres primero. En medio del entretenimiento más sofisticado, pocas películas han mostrado una realidad más penosa que la muerte”.

    Le llaman Bodhi (1991)

    “La cámara nos deja ver que el agente secreto (Keanu Reeves, una suerte de Gregory Peck de las islas) viaja sobre las olas tan mal como sobre una tabla de planchar y el anarquista que se vuelve, se insuelve (llamado Bodhi, en sánscrito ‘iluminación’) asesino, Patrick Swayze (el revenant de Ghost), especialista en metamorfosis baratas, es su doble en el mar y en el aire. Lo es todavía cuando recuerda sus inicios como bailarín al dar unos alegres pasos de baile mientras roba un banco: cabeza de Reagan, pies de Astaire”.

    Pulp Fiction (1994)

    “Tarantino ha aprendido con Hemingway a contar su segunda película, y aunque acude a la etiqueta de pulp fiction esta Pulp Fiction es ficción, pero no es pulpa. Es, en cambio, una película de acción elemental como Reservoir Dogs, pero contada con la sofisticación que tenían las viejas películas de Warner Brothers, esas que antes hacían al público pagar por el crimen. Sólo que ahora el crimen no paga, sino que gana premios por encima de las pretendidas películas de arte, esas que han tomado el rábano del cine por las hojas pretenciosas del séptimo arte. Dice Tarantino, que es tan generoso con su aprecio como fue Orson Welles, de otra película: ‘Es una película que reinventa el cine’. Esto podría decirse de Reservoir Dogs, pero sobre todo de Pulp Fiction: es el cine que reinventa el cine”.

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