Laurence Olivier: 7 películas imprescindibles sin nada que ver con Shakespeare

En el 30 aniversario de su muerte, recordamos al gran actor y director inglés con trabajos 100% libres de pentámetros yámbicos y

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11 de julio de 2019

Al hablar de Laurence Olivier, el primer nombre que suele salir a colación es el de William Shakespeare. Y es verdad que el actor y director inglés, que murió un 11 de julio hace 30 años, se ganó un nombre gracias a esas adaptaciones del dramaturgo inglés que tan solemnes le quedaban. Pero, aunque Olivier triunfara por todo lo alto con las mismas (su Hamlet, sin ir más lejos, se llevó cuatro Oscar, incluyendo director y película), hoy queremos recordar otra faceta de su carrera, muy alejada del clasicismo y el “ser o no ser”.

Batiéndose en duelo con actores más jóvenes, guionistas que no usaban el pentámetro yámbico ni aunque sus vidas dependieran de ello e incluso directores de Hollywood (¡horror!), Olivier también se desempeñaba divinamente. Algunos de sus papeles alejados de Shakespeare estaban motivados por causas alimenticias (“Dinero, querido amigo”, respondió cuando le preguntaron sus razones para actuar en la calamitosa Inchon), pero otros le incitaron a llevar sus capacidades (y su ego, que siempre fue monumental) al límite.

Cumbres borrascosas (William Wyler, 1939)

Aclamado ya como actor de teatro y cine, pero lejos aún de la reputación de autor total que cultivaría durante el resto de su carrera, Olivier se llevó su primera nominación al Oscar con esta adaptación de la novela de Emily Bronté. Ahora bien: al actor le costó pillarle la gracia al asunto. Poco acostumbrado al séptimo arte, el perfeccionismo de William Wyler le puso de los nervios durante el rodaje. Y, con el filme ya estrenado, tuvo que aguantar que su pareja Vivien Leigh le devorase vivo en crítica y taquilla con cierta peliculilla titulada Lo que el viento se llevó. 

Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940)

El thriller psicológico para acabar con todos los thrillers psicológicos, la primera obra maestra indiscutible de ‘Hitch’ tras mudarse a EE UU y el filme que bautizó para los restos a las chaquetillas de punto en España. Un peliculón, en suma, que no sería lo mismo sin la interpretación de Olivier (nominado al Oscar) como el turbio Maxim De Winter… y, seguramente, tampoco sin sus desprecios entre bambalinas a la pobre Joan Fontaine. Resulta que ‘Sir Larry’ había intentado sin éxito que el papel protagonista fuese para Vivien Leigh,con lo que desahogó su frustración tratando a la actriz como un pingo: recuérdalo la próxima vez que te fijes en el gesto de agobio que ella luce durante toda la película.

Espartaco (Stanley Kubrick, 1960)

Por cosas de la censura, uno de los mejores momentos de Olivier en el péplum de Stanley Kubrick no llegó al montaje estrenado. Nos referimos, claro, a ese diálogo tan sugerente con Tony Curtis sobre las ostras y los caracoles. Pero, en la práctica, eso da bastante igual: enfrentado a rivales de tanta altura como Charles Laughton, Kirk Douglas Jean Simmons, el actor inglés lo bordó encarnando a Marco Licinio Craso, maestro de corruptelas, terror del Senado romano y metáfora (por cosas del guionista Dalton Trumbo y su rojerío) de los sectores autoritarios de la política de EE UU. Aunque este sea uno de los personajes más despreciables de toda la carrera de Olivier, resulta inevitable que le admiremos como al magnífico bastardo que es.

El animador (Tony Richardson, 1960)

Al constatar que el público de Reino Unido empezaba a verle como una reliquia, Olivier encargó al dramaturgo John Osborne (Mirando hacia atrás con ira) que le escribiese una obra en las antípodas del teatro clásico por el que era conocido. Y, cuando llegó el momento de llevar dicha obra al cine, rechazó las ofertas millonarias de Hollywood y puso al frente del proyecto a Tony Richardson, insigne hijo del Free Cinema. Estos esfuerzos (y el reducido salario que cobró por su trabajo) le salieron a cuenta, porque su papel del patético comediante Archie Rice le granjeó su séptima candidatura a un Oscar.

La huella (J. L. Mankiewicz, 1970)

Convertido ya en una institución viviente, Laurence Olivier pasó los últimos años de su carrera en un tira y afloja constante con actores más jóvenes y trendy que él. Algo que se nota como nunca en esta película, basada en la obra de Anthony Shaffer, en la que se bate con Michael Caine en un tremendo duelo de puñaladas traperas. Eso, frente a la pantalla: en la vida real, Caine llegó al rodaje hecho un flan por tener que compartir encuadres con semejante monstruo sagrado, y fue Olivier quien (no sin cierto regodeo) tuvo que quitarle los miedos tratándole con campechanía. Al final, ambos actores fueron nominados al Oscar.

Marathon Man (John Schlesinger, 1976)

¿Te dan miedo los dentistas? Entonces piénsatelo dos veces antes de ver esta película (escrita por William Goldman) en la que Olivier convierte el taladrado de muelas en una de las bellas artes. Más allá del argumento, una enredada trama sobre nazis fugitivos y tráfico de diamantes, Marathon Man dio ocasión a otro encontronazo de altura, con el inglés pasmado ante Dustin Hoffman y sus manías de actor ‘del Método’. Un buen día, cuando Hoffman llegó a plató hecho un escombro tras haberse preparado para una estrena de tortura, el inglés no pudo más y le preguntó: “Querido amigo, ¿no sabe usted que existe una cosa llamada ‘actuar’?”.

Retorno a Brideshead (serie, 1981)

Vale, aquí hacemos trampa: esto no es una película. Pero, créenos, merece la pena. El serial televisivo más pijo y exquisito de la Gran Bretaña thatcherista no destaca solo por lo elegantes y ambiguos que salen Jeremy Irons Anthony Andrews como lechuguinos de entreguerras, sino también por lo mucho que se luce Olivier haciendo de aristócrata adúltero, decadente y moribundo exiliado en Venecia. Pon el champán a enfriar y prepárate para una experiencia tan estética como ochentera.

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