[Las Palmas 2019] ‘An Elephant Sitting Still’: el mejor debut del cine reciente es una nota de suicidio

El autor de la gran obra maestra generacional del cine chino se suicidó apenas a tiempo de completar el montaje de un subyugante fresco social de casi cuatro horas de duración.

Por - 29 de marzo de 2019

Si miramos con detenimiento al último cuarto de siglo de las principales filmografías asiáticas, podremos identificar al menos una gran obra maestra generacional en cada una de ellas; esa película emblema, caudalosa e identitaria como un río, que define a toda una cultura, una forma de ser en una sociedad concreta en un momento determinado. En el cine taiwanés está A Brighter Summer Day de Edward Yang (1991), en el cine coreano Peppermint Candy de Lee Chang-dong (1999), en el cine japonés Happy Hour de Ryûsuke Hamaguchi (2015) y en el cine chino ha llegado An Elephant Sitting Still de Hu Bo.

La monumental ópera prima de Hu Bo, de casi cuatro horas de metraje dedicado a contar las crudas desventuras de cuatro personajes principales en una ciudad industrial de la China actual, no solo es un debut significativo para el cine mundial, sino una trágica despedida. Su autor, de 29 años, se suicidó poco antes de terminar el montaje definitivo del filme, convirtiendo An Elephant Sitting Still en uno de los mejores debuts del cine reciente y, al mismo tiempo, en una isla de imposible prolongación en lo que habría sido una prometedora filmografía.

Al menos nos quedan sus imágenes, que no es poco. Reminiscente de la primera trilogía de Shanxi de Jia Zhangke, la compuesta por las nerviosas y urbanas Xiao Wu (1997), Platform (2000) y Unknown Pleasures (2002), An Elephant Sitting Still presenta una historia coral con relatos paralelos levemente conectados que compone un fresco social de la juventud, el desamparo, la criminalidad y la ancianidad en la China contemporánea.

Dotado de un innegable manejo del tempo fílmico, Hu Bo diseña largas escenas dialogadas en planos secuencia y una estructura narrativa que acaba llevando las tres historias a confluir en un clímax alucinante donde la interacción con el paisaje industrial desvela el virtuosismo de un cineasta que hasta ese momento se ha mantenido agazapado, dando todo el espacio emocional a sus personajes.

La verdad es que lo necesitan. Cada uno de ellos pasa por diversos dramas vitales –un chico huye del hermano criminal del compañero de clase que le hace bullying en la escuela, su compañera de clase está liada con un profesor, su abuelo teme ser abandonado por su familia en un geriátrico– que oprimen su existencia casi tanto como los cielos de perenne color gris contaminación. La única ilusoria solución que ven para un cambio de vida es viajar al norte del país, a la ciudad de Manzhoul, donde la leyenda dice que hay un elefante tan sereno que nunca se mueve de su sitio.

No, ya sin tener en cuenta el trágico final de su autor, An Elephant Sitting Still no era combustible para el optimismo precisamente. Lo que sigue siendo es un estímulo poderoso para creer en el cine como lenguaje universal de la experiencia; esta vez no tocan las zonas de luz, sino las de desesperanza existencial aguda, que también es algo muy humano.

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