Las mujeres fuertes de Luc Besson

Luc Besson causa polémica allá por donde pasa, pero no se puede negar de lo que venimos a hablar: de lo fuerte de sus personajes femeninos protagonistas.

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30 de agosto de 2019

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  • En la era del #MeToo no puede seguir ignorándose el papel de la mujer en el cine. El público reclama personajes femeninos fuertes. Independientes. Capaces de hacer lo mismo que un hombre. No más, no menos; no algo diferente, sino lo mismo. Que igual que puede haber hombres que sean héroes de acción, puedan serlo también mujeres. Y si ha habido un director que siempre ha tenido una especial querencia por esta clase de personajes femeninos, con sus aciertos y sus errores, ese fue Luc Besson.

    Si bien su carrera empezaría siete años antes con Kamikaze 1999, no sería hasta 1990 que estrenaría Nikita, dura de matar. Una película que nos narra la historia de una yonki adolescente interpretada por Anne Parillaud. Después de dar con sus huesos en la cárcel tras fracasar al intentar robar en una farmacia, falsifican su muerte para poder convertirla en algo más útil para la sociedad: una asesina gubernamental.

    Despertando las pasiones del público, consiguiendo la aprobación de la prensa especializada y el horror de los medios generalistas, que abominaron de la cinta, su influencia llegó mucho más allá de la década que la vio nacer. Algo fácilmente comprobable con el remake hollywoodiense protagonizado por Bridget Fonda (La asesina, 1993), la serie canadiense La femme Nikita (1997) y otra serie en EE UU, Nikita (2010). Un reconocimiento dudoso en un tiempo en que las series aún no eran prestigiosas, incluso si les faltaban poco para serlas.

    En cualquier caso, aunque Nikita es su protagonista femenina más famosa, no es, ni mucho menos, la única en la carrera de Besson. Y es que, nueve años después de su asesina, se atrevió con uno de los personajes más famosos de Francia: Juana de Arco.

    En 1999 estreno la homónima Juana de Arco, una epopeya de casi tres horas quetras el éxito de El quinto elemento volvió a juntarlo con su pareja por entonces, Milla Jovovich. Por desgracia, ni crítica ni público gritaron con entusiasmo tras el reencuentro. De recaudación tímida y críticas más bien tibias, la película era una reescritura de la historia de la mártir que podría definir toda la carrera de Besson: buenos intentos de malas ideas.

    En el caso de Juana de Arco fue la motivación del personaje. Su historia es la que sabemos todos: de niña dialogaba con Dios de vez en cuando y, cuando estalló la guerra entre ingleses y franceses, Dios le ordenó que comandara los ejércitos franceses en su nombre. Pero en la historia de Besson hay un pequeño giro. Justo después de su revelación, la buena e inocente Juana vuelve a casa sólo para descubrir que su hermana ha sido violada y asesinada por los soldados ingleses. Algo que se convierte, automáticamente, en su motivación para liderar a Francia contra los ingleses.

    Este fue el elemento divisivo que arrastró a la película. Su mala decisión. Algunas personas quisieron ver en la violación un giro feminista que hacía a Juana una feminista en liza contra el heteropatriarcado, otros el uso de un tropo barato que utiliza a las mujeres como objetos dispensables para el drama del protagonista. Es decir, al final la película se redujo al problema que lleva arrastrando el cine de Besson desde, al menos, El quinto elemento: ¿es esto empoderante o meramente explotativo?

    Tal vez la única excepción a esta pregunta fue una película que tendría una protagonista femenina que resultó, en esencia, intachable. Adèle y el misterio de la momia, estrenada en 2010, era la adaptación de una serie de cómics francobelgas del afamado dibujante y guionista Jacques Tardi. Algo que le dejaba en la situación perfecta para reconquistar el corazón, al menos, de Francia y Bélgica.

    Pero, ¿de qué trata el cómic original? En esencia, de las aventuras de la periodista Adèle Blanc-Sec durante los primeros años del siglo XX en París enfrentándose a numerosos misterios sobrenaturales. ¿Y cuál fue el resultado? Una película rodada en Super 35 para mostrarnos a Adèle luchando contra seres sobrenaturales, además de contra su rival, el profesor Dieuleveult, para lograr resucitar al médico personal de Ramses II, la única persona conocida que conoce la cura para la extraña enfermedad que aflige a su hermana. Algo que consiguió movilizar favorablemente a crítica y público en una de sus películas más injustamente olvidadas.

    Por desgracia, esa ausencia de polémica no duraría. Al año siguiente, en 2011, estrenaría La fuerza del amor, un biopic sobre la birmana Aung San Suu Kyi, que si bien no es una heroína de acción, fue la ganadora del premio Nobel de la Paz por su defensa de los derechos humanos en su país. Siendo un clarísima candidata para los Oscar, no funcionó exactamente como cabía esperar. El público no respondió ni remotamente y los críticos la vapulearon, solo destacando el buen papel de sus actores en una trama excesivamente edulcorada. Si además tenemos en cuenta que la propia Suu Kyi acabaría cayendo en desgracia pocos años después al justificar una limpieza étnica en Birmania por parte de los budistas bamar hacia la etnia rohingya, es fácil entender por qué Besson no ha vuelto a hacer otra película que roce siquiera la idea de un biopic. O que se aleje de sus dos pasiones: la acción estilizada y la ciencia ficción.

    Estas dos cosas son precisamente a las que volvería para su siguiente película. Las películas de acción con personajes femeninos de poder prácticamente incomensurable. Y de ese modo, en 2014, estrenó Lucy.

    Con Scarlett Johansson de protagonista, Lucy nos narra la historia de una chica que, tras consumir por accidente y de forma involuntaria una extraña droga de diseño, adquiere unas habilidades sobrehumanas que le permiten controlar el espacio y el tiempo. Algo que dará lugar a una intensa cinta de acción que funcionó excepcionalmente bien con el público, pero volvería a chocar con la crítica. De nuevo, por un detalle que ensombreció el conjunto: todo el guion se basa en la falsa concepción de que el ser humano sólo utiliza el 10% del cerebro. Un detalle que, en tiempos de redes sociales y la lucha contra las pseudo-ciencias, no sentó bien por su aire claramente camp. Incluso si, en los años 60, hubiera funcionado sin ningún problema.

    Por eso, con el estreno de Anna, parece que quiere pulir las aristas en su plan. No chocar contra ninguna idea problemática. Limitarse a un thriller de acción con protagonista femenina, solo que esta vez con un evidente regusto a la estimada saga de John Wick. Pero dado que últimamente ha sido uno de los últimos acusados por el movimiento #MeToo, nos preguntamos si eso no será el pequeño detalle que ensombrezca al conjunto.

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