Las 7 maneras más raras de llegar a director de cine

¿Quieres ser director de cine, pero tu trabajo no tiene nada que ver con la cámara? Tranquilo: a estos señores les pasaba lo mismo.

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01 de julio de 2014

Montadores (Hal Ashby), jefes de fotografía, regidores de segunda unidad (Martin Scorsese), actores con ambiciones detrás de la cámara e incluso guionistas como Alexander Payne: esas son las profesiones más recomendables para acabar trabajando como director de cine. Un gremio cuya principal cantera se nutre, claro está, de cortometrajistas con talento y de profesionales (como Spike Jonze y J. A. Bayona) que se curten en campos como la publicidad y los videoclips antes de pasar al largometraje. Pero, si los azares de la vida no te han dado aún la ocasión de pisar uno de esos departamentos, no desesperes: la vida en el celuloide da muchas vueltas, y es posible que acabes siguiendo los pasos de estos cineastas, que acabaron ocupando el puesto más importante de una película pese a trabajar en campos que, en principio, no tenían nada que ver. Y, como comprobarás a continuación, no estamos hablando de mindundis precisamente. Y no busques a críticos metidos a cineastas, porque hay tantos que se merecen un artículo aparte……

Reemplazando a un director en pleno rodaje

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Culpable: James Cameron

¿Cómo fue? Aunque ahora parezca raro, el canadiense más megalómano no irrumpió en Hollywood a los mandos de una escuadra de guerreros Na’vi, bichos xenomorfos y cyborgs asesinos exigiendo una silla de tijera. En realidad, el joven Jim Cameron se inició en las cosas del cine currando de chico para todo en las producciones de Roger Corman como Rock’n’Roll High School, La galaxia del terror y Los 7 magníficos del espacio. Nuestro hombre destacaba en el departamento de efectos especiales, donde obtenía grandes resultados a coste mínimo, con lo cual Corman le encomendó ese departamento en Piraña 2: Los vampiros del mar. Y cuando Ovidio Assonitis, director previsto para dicho ‘anticlásico’, se subió a la parra, el viejo pirata Roger le despidió por las bravas encomendándole el puesto a nuestro hombre. Hoy, Cameron reniega de Piraña 2, pero lo cierto es que sin ese accidente su carrera tras la cámara tal vez nunca hubiera empezado…

Vistiendo de robot a Woody Allen

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Culpable: Joel Schumacher

¿Cómo fue? Hijo de un sastre, Schumacher ingresó en las huestes del cine a través de dos frentes muy dispares: la escritura de guiones, con un ojo puesto en el público afroamericano (la comedia Car Wash y los musicales Sparkle, con Aretha Franklin, y El mago, con Diana Ross y Michael Jackson) y el diseño de vestuario, campo que le dio la ocasión de tomarle las medidas a Woody Allen en El dormilón. El genio de Manhattan debió considerar meritorio el trabajo de Joel, porque en 1978 volvió a contar con sus servicios para la muy bergmaniana Interiores. En 1982, cuando por fin se hizo con el timón de un filme, Schumacher entregó La increíble mujer menguante, revisión feminista (y reivindicable) de El increíble hombre menguante protagonizada por Lily Tomlin. Excusamos los chistes sobre Batman vuelve, las promesas incumplidas y todas esas cosas…

Presentando ‘Humor amarillo’

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Culpable: Takeshi Kitano

¿Cómo fue? Sí, sabemos que el título original de ese programa era Takeshi’s Castle, pero no hemos podido resistirnos. Y es que, antes de destacar como autor de filmes ultraviolentos a la par que poéticos, Kitano era conocido en su Japón natal como ‘Beat’ Takeshi (seudónimo que sigue usando en sus trabajos como actor), anfitrión televisivo y miembro del dúo cómico The Two Beats junto a Kiyoshi Kaneko. A lo largo de los 70 y los 80, el trabajo de Kitano y su colega le dio un giro subversivo al antiquísimo género manzai, caracterizado por la velocidad de sus diálogos y el uso y abuso de estereotipos regionales. En 1989, dotado ya con una enorme popularidad, Takeshi fue reclutado para Sonatine, cinta noir dirigida por el gran Kinji Fukasaku: cuando dicho cineasta cayó enfermo durante el rodaje, nuestro héroe aprovechó para ponerse tras la cámara, reescribiendo de paso el guión. El resto de la historia, con el que te suponemos familiarizado, nos hace preguntarnos qué pasaría en España si uno de los miembros de Faemino y Cansado (o, estirando el chicle, del Dúo Sacapuntas) acabase nominado a una Palma de Oro…

Convirtiéndote en ídolo ‘teen’

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Culpable: Ron Howard

¿Cómo fue? Dos añitos, nada menos, eran los que contaba Ron Howard cuando debutó ante la cámara en Frontier Woman, y cinco al tener su primer rol acreditado en Rojo atardecer. Miembro de una familia dedicada al espectáculo, y con una carita angelical, el futuro ganador del Oscar por Una mente maravillosa creció prácticamente en un plató, mientras su popularidad entre el público juvenil se incrementaba proporcionalmente. A finales de los 70, gracias al espaldarazo de George Lucas en American Graffiti y a la serie Días felices, Ron era ya un rostro conocido para todo el público estadounidense… Pero resulta que él había tenido la ocurrencia de arrimarse a nuestro viejo conocido Roger Corman, quien le dio su primera oportunidad como director en Loca escapada a Las Vegas (título original: Grand Theft Auto). Según la leyenda, el rácano mayor de Hollywood le advirtió entonces: “Como esta película no dé beneficios, te quedas en la segunda unidad para los restos”. Huelga decir que sí los dio…

Haciéndonos viajar al hiperespacio

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Culpable: Douglas Trumbull

¿Cómo fue? Cuando el arte de los efectos especiales apenas balbuceaba, los primeros trabajos de Trumbull llamaron la atención de un tal Stanley Kubrick, que le encomendó las secuencias más desaforadas de 2001: Una odisea del espacio. El joven diseñador obtuvo tales resultados usando medios exclusivamente mecánicos que, entre la fama acumulada, el Oscar de rigor y su deseo de no volver a trabajar para otro director (menos aún si dicho director era como Kubrick) sólo tardó tres años en presentar el primer largometraje con su firma, Naves misteriosas (1972). Muy original y visualmente apabullante, la película fue un fracaso, con lo que Trumbull tuvo que volver a las labores por cuenta ajena (Star Trek, Encuentros en la tercera fase, Blade Runner), mientra que su siguiente trabajo (Proyecto Brainstorm, 1983) quedó lastrado irremediablemente por la muerte de su protagonista Natalie Wood. Todo lo cual nos demuestra que, además de un visionario, Douglas Trumbull es un señor profundamente gafe.

Diseñando el Halcón Milenario

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Culpable: Joe Johnston

¿Cómo fue? No hablamos sólo del carguero corelliano más famoso de la Galaxia, inspirado para colmo en una hamburguesa con una aceituna pinchada: de la imaginación de Johnston, en comandita con la de Ralph McQuarrie, salieron también los aspectos finales de la Estrella de la Muerte, la práctica totalidad de los vehículos del Imperio y la Alianza Rebelde y el traje de Boba Fett, entre otras imágenes míticas de Star Wars. No es extraño, pues, que este señor se convirtiese en el director de arte preferido tanto de George Lucas como de Steven Spielberg, que contaron con él en En busca del Arca perdida e Indiana Jones y el Templo Maldito. Su carrera como director ha sido titubeante con ganas, alternando blockbusters (Cariño, he encogido a los niños, Jumanji) con proyectos personales que se iban al garete (Rocketeer) y despropósitos de última hora (El hombre lobo). Irónicamente, fue un trabajo de encargo como Capitán América: El primer vengador el que le permitió lucirse mediante esa pasión suya por la estética vintage y su sentido de la maravilla.

Traduciendo subtítulos (y produciendo)

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Culpable: Joseph L. Mankiewicz

¿Cómo fue? Generalmente, productores y directores son enemigos naturales, siempre peleándose a cuenta de unos minutos de más (en el metraje) o unos millones de menos (en el presupuesto). Lo cual hace aún más fascinante el caso del autor de La huella: en 1946, cuando debutó tras la cámara con El castillo de Dragonwyck, Mankiewicz se había pasado una década justa como ejecutivo de la MGM, estampando su nombre en clásicos como Historias de Filadelfia. Pero su historia es todavía más peculiar, porque el futuro cineasta se había iniciado en el negocio traduciendo al alemán los intertítulos de películas mudas, aprovechando su puesto como periodista en Berlín. A la altura de Carta a tres esposas y Eva al desnudo (gracias a las cuales ganó un total de cuatro Oscar) pocas dudas quedaban de que había hecho bien cambiando de departamento… Pero, irónicamente, fue su exceso de prodigalidad como presupuesto en Cleopatra lo que asestó el mayor golpe a su carrera.

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