Las 12 películas más infravaloradas de los 90

No todo va a ser 'Pulp Fiction' o 'Terminator 2' en esta vida: te recordamos una docena de grandes filmes estrenados en la década del 'grunge'.

Por - 27 de junio de 2015

Visto con perspectiva, podemos asumir que el cine de los 90 fue un pequeño sindiós: por un lado, las huestes salidas de Sundance pisaban fuerte, con dos señores llamados Soderbergh Tarantino poniendo de moda aquella cosa llamada “cine independiente” tanto en lo artístico como en lo financiero. Por otro, Hollywood rediseñaba sus estrategias a marchas forzadas, a causa de los éxitos de Pretty Woman y del Batman de Tim Burton. ¿Cuál fue el resultado de todo aquel caos? Pues un montón de buenas películas… y un montón equiparable de grandes filmes que se quedaron en el camino, bien por ser considerados productos de temporada, bien por no encajar en los nuevos cánones. Deseando reparar tamaña injusticia, y tras sacar a relucir las joyas ocultas del cine de los 80, nosotros te ofrecemos este informe para recordarte que, en esta vida, no todo va a ser Pulp Fiction, Se7en, Terminator 2 Cadena perpetua.

Rebelión en las ondas (Allan Moyle, 1990)

¿La última comedia adolescente al estilo ochentero, o una película que presagiaba la explosión del grunge? Difícil saberlo: lo único claro acerca de Rebelión en las ondas es que se trata de un peliculón, con Christian Slater derrochando carisma y tupé (hay que ver, con lo que prometía este chico…), una banda sonora de cinco estrellas (el escalofriante Everybody Knows de Leonard Cohen convive en ella con Sonic Youth, los Beaste Boys y otros astros de lo indie) y un argumento que supone un cebo infalible para capturar adolescentes inadaptados: quién no quiso ser como ese Slater que aprovechaba su aparato de radioaficionado para convertirse en DJ subversivo y fantasmagórico. Ahora que la cosa radiofónica no triunfa como antes, ¿rodarán un remake con el héroe llevando un podcast? Esperemos que no…

Muerte entre las flores (Joel y Ethan Coen, 1990)

Mientras preparaban Barton Fink, aquel drama absurdista que les daría la Palma de Oro, los Coen concibieron un plan genial: tenían un buen guión (una adaptación encubierta de Cosecha roja, la obra maestra de Dashiell Hammett), tenían los actores (Gabriel Byrne, Marcia Gay Harden, el amiguete John Turturro y un Albert Finney superlativo), tenían un diseño de producción fabuloso, y en general lo tenían todo para resucitar a lo grande, y a lo indie, el cine noir de gángsters existencialistas, mujeres fatales y mafiosos irlandeses que masacran a sus enemigos en zapatillas. ¿Qué ocurrió? Pues que el par de espabilaos de Minnesota estrenó su filme en el mismo año que El Padrino III Uno de los nuestros, con lo que el público se mostró poco receptivo a su visión particular de la cosa nostra. Triste coincidencia: Muerte entre las flores es una película que impacta con igual fuerza en tu cabeza y en tu corazón (“¿Qué corazón?”).

El rey pescador (Terry Gilliam, 1991)

No fue un desastre económico como Las aventuras del Barón Munchausen, pero tampoco partió la pana en taquilla. Tampoco suscitó una batalla épica entre bambalinas como Brazil, pero su director nunca terminó de sentirse a gusto con una producción tan hollywoodiense. En cuanto a Robin Williams Jeff Bridges, digamos que no encontrarás esta cinta en las listas con lo mejor de sus filmografías. Craso error, porque El rey pescador es una delicia de principio a fin, con Gilliam inoculando sotto voce sus obsesiones (la leyenda artúrica, la injusticia social) en un trabajo de encargo, mientras le saca partido a los puntos fuertes de su reparto (exceso demencial versus contención gélida) y halla una mina de imágenes grotescas, sus favoritas, en los lugares más putrefactos y miserables de Nueva York. Si esta película no ha sido aclamada como el enorme trabajo que es se debe, nos tememos, a que Terry Gilliam es un gafe.

La muerte os sienta tan bien (R. Zemeckis, 1992)

El rodaje fue infernal, los críticos la odiaron (y, en su mayoría, siguen odiándola), sus resultados en taquilla se quedaron en la franja media-alta y, lo que es ahora, está bastante olvidada. Cosas que nunca nos explicaremos, porque, antes de Forrest Gump y de lo que vino después, Robert Zemeckis disparó aquí su último cañonazo de humor irreverente y grotesco: frente a un Bruce Willis demostrando (¿por última vez?) sus cualidades como grandísimo comediante, Meryl Streep Goldie Hawn compiten por ver cuál de las dos es más mala, más petarda y más no-muerta. Si a eso sumamos los efectos especiales de Industrial Light & Magic (que pusieron de los nervios a Meryl, pero que se llevaron un Oscar) y lo vigente que está su argumento hoy en día, esta fábula negra sobre el miedo a envejecer se merece un rescate ipso facto.

La familia Addams: La tradición continúa (Barry Sonnenfeld, 1993)

Que no te engañe su condición de secuela, y que no te espante la canción de MC Hammer: la segunda parte de La familia Addams expande y aumenta los méritos de la entrega anterior (1991) quitándole los frenos al coche fúnebre y dándole alas (de murciélago) a la siempre maravillosa Miércoles de Christina Ricci: mientras los mayores de la familia (el matrimonio infernal de Raúl Juliá Anjelica Huston, más ese Christopher Lloyd tan calvo y tan mucilaginoso) se enfrentan a una Joan Cusack cazafortunas, la pequeña y su hermano Pugsley acuden a un campamento de verano que les dará ocasiones para demoler los cimientos de la normalidad burguesa, en general, y de los mitos fundacionales de EE UU, en particular: tras semejante carnicería con plumas, no nos explicamos cómo Disney tuvo los redaños para estrenar su Pocahontas dos años más tarde.

Un día de furia (Joel Schumacher, 1993)

Exacto: es la película en la que a un Michael Douglas con corbata se le va mucho la olla. Y también es mucho más que eso: poniendo de relieve las virtudes que ya había lucido (St. Elmo’s punto de encuentro, Jóvenes ocultos) y volvería a lucir (Tiempo de matar, Última llamada) después de que sus tropiezos con Batman arruinasen su reputación, Schumacher llevó a cabo una proeza política como pocas se habían visto desde los buenos tiempos de Clint Eastwood Don Siegel: entregar una radiografía social que uno no sabe si definir como muy roja, muy facha o, directamente, muy antitodo. Con una premisa no tan distinta a la de El nadador (el clásico de 1968 con Burt Lancaster como protagonista), Un día de furia da en la diana de los miedos de cierta clase media, por entonces muy tocada tras 16 años de gobierno republicano. Y, además, resulta una película muy adecuada para veranos calurosos…

En la boca del miedo (John Carpenter, 1994)

Tras los injustos fiascos taquilleros que le habían alejado de la primera división (La Cosa, Golpe en la pequeña China…), el maestro Carpenter tuvo tiempo de filmar dos o tres peliculones durante los 90. El último de ellos, Vampiros de John Carpenter, llegaría en 1998, pero a nosotros nos apetece más reivindicar este tesoro, en el que el cineasta rinde tributo a dos de los mejores escritores de terror de todos los tiempos: H. P. Lovecraft y su amigo Stephen King. El poder maléfico de los best sellers, una película aberrante y primigenia haciendo las veces de Necronomicón, ese Sam Neill cuyo rostro se desencaja más y más conforme va perdiendo la chaveta, son algunos de los ingredientes de un auténtico diamante negro, agraciado además con uno de los finales más bonitos, sencillos y eficaces del género. No olvides traer las palomitas…

Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto (G. Fleder, 1995)

Ah, los thillers de los 90: menudo filón. Tanto, de hecho, que nos ha costado elegir un solo representante, aunque creemos que merece su puesto: prescindiendo de las tarantinadas tan en boga por la época, el director Greg Fleder le entrega a Andy García el mejor papel de su carrera: Jimmy ‘El Santo’ Tosnia, un mafiosete de provincias con más corazón del que le conviene. Por si fuera poco con un antihéroe que se hace de querer, la película también cuenta con una colección de secundarios muy lujosa: jamás pensamos que Christopher Lloyd pudiese dar tan mal rollo, Steve Buscemi nos sorprende (y nos asusta), Christopher Walken hace sus walkenadas a gusto como ‘El Hombre del Plan’ Fairuza Balk enamora como nunca. En suma, un cuento inolvidable: copas de yate, amigos.

Ángeles y demonios (Gregory Widen, 1995)

Advertencia: no confundas esta película con la segunda parte de El código Da Vinci, o la ira de Satán caerá sobre ti. Y eso debería preocuparte, porque dicho Satán es nada menos que un Viggo Mortensen rebosante de morbo infernal. Ahora bien, la estrella de esta película entre el thriller gótico y el terror sobrenatural es ese Christopher Walken en estado de gracia, que interpreta al mismísimo arcángel Gabriel, sin alitas ni halo pero con un pelazo y una furia homicida que ponen en muchos aprietos a Virginia Madsen. En sus propias palabras: “Soy un ángel. Mato primogénitos mientras sus mamás miran. Convierto ciudades en sal. Y, cuando me apetece, les arranco las almas a las chicas. Y, desde ahora hasta el Apocalipsis, lo único que puedes dar por seguro es que nunca sabrás por qué lo hago”. Eso sí: ignora sus dos secuelas, porque decepcionan bastante.

¡Vaya par de idiotas! (Hermanos Farrelly, 1996)

Después de la inmarcesible Dos tontos muy tontos, y antes de ese huracán titulado Algo pasa con Mary, los Farrelly ya habían dado una buena prueba de su talento para la comedia destrozona. En lugar de Ben Stiller o de Jim Carrey adueñándose ellos solos de la función, en Vaya par de idiotas nos regalamos con las ocurrencias de dos seres despreciables llamados Woody Harrelson Bill Murra, en una trama bastante inspirada en El buscavidas que cambia el billar por los bolos y las angustias existenciales de Paul Newman por las humillaciones de un Harrelson mutilado y machacado por la vida. Además de un atracón de carcajadas, esta película os proveerá a ti y a tus amigos con esos diálogos (“¿Cómo va la vida?” “No se acaba nunca”) y frases (“¡Hablo del anillo, no de la mano!”) que se convierten en todo un código para iniciados. Y, si no es así, es que sois unos Munson.

Pequeños guerreros (Joe Dante, 1998)

No hay parto sin dolor, ni hortera sin transistor, ni lista de películas infravaloradas en la que Joe Dante no tenga reservado un lugar. Tras haber iniciado la década con las deliciosas Gremlins 2 Matinée (películas que también habrían podido aparecer aquí), el director volvió a su trabajo favorito: subvertir los tópicos del cine ‘para toda la familia’. Y, además, dio pruebas de su poder visionario poniendo en solfa tanto al cine bélico como al creciente poder de las franquicias en Hollywood, con una fábula llena de momentos cumbre (¡esas barbies!) y con un poso de lo más amargo. ¿Qué ocurrió? Pues que Toy Story ya se había estrenado, y tanto el público como buena parte de la crítica creyeron hallarse ante más de lo mismo. Desde entonces, Dante ha dosificado su obra con cuentagotas, y todos nos sentimos un poco más gorgonitas por ello.

10 razones para odiarte (Gil Junger, 1999)

A Gil Junger, director de talento más bien cuestionable (échale un vistazo a El caballero negro, y luego hablamos) se le apareció la proverbial Virgen cuando preparaba esta adaptación teen de La fierecilla domada. De no ser así, no nos explicamos cómo la revisión de un género por entonces en horas bastante bajas le dio resultados tan óptimos: Heath Ledger es el chulazo que siempre hubieras querido tener a tu lado en el instituto (eso, si no te iban más los nerds entrañables como Joseph Gordon Levitt), Julia Styles podría haberle dado unas muy necesarias lecciones de feminismo a Liz Taylor y, en general, el conjunto acaba resultando dulce (sin empalagar) y paradójicamente fiel a su original literario (sin ser pedante ni justificar sus aires machirulos). Una película de esas que te arreglan la adolescencia.

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