Las 12 películas más infravaloradas de los 80

No sólo de cazafantasmas, gremlins y goonies vive el cinéfilo: todos estos filmes ochenteros merecen un vistazo, o más de uno.

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18 de agosto de 2018

Los lugares comunes, es lo que tienen: que todos nos los sabemos. Por ejemplo, si hablamos del cine de los 80, a (casi) todos nos vendrán a la mente las mismas películas: que si Los cazafantasmasque si Blade Runnerque si Gremlins, Los Goonies El club de los cinco… Pero, por supuesto, aquellos diez años de películas fueron mucho más que eso. No hablamos sólo del cine ‘de autor’, que dio frutos memorables, o de los clásicos menores medianamente reconocibles, sino de películas ocultas, que a veces vinieron firmadas por nombres históricos, y que muchas veces se han quedado, bien como joyas para iniciados, bien como eso tan manido que se llama ‘obras de culto’. A continuación te presentamos algunas de ellas, asegurándote que nos hemos quedado muy cortos, y también que todas ellas merecen un vistazo… o más de uno.

Frenos rotos, coches locos (Robert Zemeckis, 1980)

Tras cocinarle a Steven Spielberg uno de los mayores fracasos de su carrera (la incomprendida 1941), Zemeckis y su socio Bob Gale estrenaron una película tan demente, tan desquiciada y tan políticamente incorrecta que cualquiera diría que sus autores son los mismos de Tras el corazón verde Regreso al futuro. Claro que aquí, en lugar de la parejita de Michael Douglas Kathleen Turner, o de un Michael J. Fox automáticamente entrañable, tenemos a Kurt Russell interpretando a un vendedor de coches usados dispuesto a todo (y queremos decir todo) por arrancar su carrera política. Tom Hanks, los efectos digitales y el megabatacazo de Marte necesita madres estaban, afortunadamente, aún muy lejos en el futuro.

Caído del cielo (Dennis Hopper, 1980)

Tras haberse enemistado con todo Hollywood, y habiéndose metido el solo casi toda la droga que circulaba en el plató de Apocalypse Now, Dennis Hopper estaba dispuesto a todo, incluso a firmar una películilla de encargo para el actor Raymond Burr (Perry Mason) tras el abandono de otro director a mitad de rodaje. Había truco, claro: compinchado con su protagonista adolescente Linda Manz (una auténtica pieza, criada en el Nueva York más chungo y descubierta por Terrence Malick), Hopper rodó dos filmes a la vez. Uno de ellos era el dramón sin fuste que figuraba en su contrato, y el otro un relato negrísimo, bestial, sobre el apogeo del punk y el ocaso definitivo del sueño hippie, con canciones de Neil Young y gotas de incesto y psicopatía para dar sabor. ¿Adivinas cuál de esas cintas acabó llegando a los cines? Exacto: la segunda. Y es formidable.

The Loveless (K. Bigelow, M. Montgomery, 1981)

Allá por los primeros 80, una joven artista conceptual decidió abandonar los museos, pasándose al cine con armas y bagajes. Enfrentada a su proyecto de fin de carrera, decidió reclutar a un amiguete (futuro compinche de David Lynch) y marcarse un remake encubierto de Salvaje, aquella película de 1953 que convirtió a Marlon Brando en icono motero, sólo que rodando a toda prisa y contando como protagonista con un Willem Dafoe casi debutante. La chica (¿hace falta decirlo?) acabó convirtiéndose en la primera cineasta ganadora de un Oscar. Y créenos: en su debut ya estaban presentes esa frialdad y ese virtuosismo técnico que acabarían convirtiendo a Le llaman Bodhi, En tierra hostil La noche más oscura en clásicos instantáneos.

El dragón del lago de fuego (M. Robbins, 1981)

Menuda paradoja: la década en la que Dungeons & Dragons consagró a los juegos de rol como fuente de esparcimiento para nerds (y, en EE UU, de pánicos morales para mamás obsesionadas con el satanismo) no estuvo marcada por la fantasía tolkieniana, sino por los bíceps de la ‘espada y brujería’. Menos mal que en todo hay anomalías, y esta película presenta unas cuantas: estrenada un año antes de Conan el bárbaro, y resplaldada por una Disney que no sabía lo que estaba haciendo, El dragón del lago de fuego subvierte tópicos, se permite gamberradas y nos presenta a Vermithrax Pejorative, un reptil volador y animatrónico que, aún hoy, podría medirse de igual a igual con el Benedict Cumberbatch digitalizado de El Hobbit. Tal vez por todo ello se pegó un morrón en taquilla.

El último americano virgen (Boaz Davidson, 1982)

Algunos la adoran, por lo poco convencional, y a otros les deja fríos precisamente por eso mismo. Pero un informe sobre cine ochentero valdría bien poco sin una comedia adolescente,El último americano virgen no es sólo una pionera del género (se estrenó dos años antes de Dieciséis velas), sino también uno de sus ejemplos más atípicos. Para empezar, su productora no es otra que la inefable Cannony se trata de un remake de Polo de limón, la película gracias a la cual Menahem Golan y Yoran Globus se forraron el riñón en su nativo Israel. Para seguir, su guión está lleno de unos chistes tan guarros que el pudoroso John Hughes no se atrevería ni a soñarlos, pero también de un realismo muy negro y muy pesimista que puede dejar al espectador con la boca torcida. A cambio de semejante joya, bien valían unas cuantas secuelas de Desaparecido en combate.

Un tipo genial (Bill Forsyth, 1983)

Un cineasta cuya carrera se parece mucho al Guadiana (nueve largometrajes en veinte años), Bill Forsyth parecía destinado al fracaso con esta propuesta tan poco clasificable: a instancias de su iracundo jefe (Burt Lancaster, ejerciendo de secundario en estado de gracia), el ejecutivo Peter Riegert se desplaza a un pueblecito escocés para construir una refinería petrolera. ¿Suena aburrido? Pues no lo es en absoluto: a base de humor sutil, ironía y pinceladas fantásticas, Un tipo genial acaba resultando lo más parecido al Calabuch de Luis García Berlanga que puede ofrecer el cine anglosajón. Además, aunque detestes a los Dire Straits, la banda sonora de Mark Knopfler seguirá rondando tu cabeza hasta mucho tiempo después de haberla visto.

Las aventuras de Buckaroo Banzai (W. D. Richter, 1984)

“¡Ondia, si es Robocop!”, será la reacción de muchos espectadores cuando vean a Peter Weller protagonizando esta película. Pero mucho ojo, porque el debut de W. D. Richter (el guionista de La invasión de los ultracuerpos Golpe en la pequeña China, entre otras) no sólo nos presenta al actor de Wisconsin antes de que Paul Verhoeven le envolviese en hojalata: hablamos de un filme cuyo protagonista es es, a la vez, estrella del rock (su grupo se llama Los Caballeros de Hong Kong), neurocirujano y superhéroe. Y entre cuyos villanos se encuentra Christopher Lloyd haciendo de alienígena. Y cuya producción, iniciada cuando Richter y el guionista Earl Marc Rauch se conocieron en la universidad, duró décadas. Y que, para colmo, se toma completamente en serio sus mil y un disparates. Lo que se dice una película adelantada a su tiempo.

Vivir y morir en Los Ángeles (William Friedkin, 1985)

¿Creías que todo el cine ochentero de acción policíaca cabía en Arma letal, Límite 48 horas La jungla de cristal? Piénsatelo mejor: el director de El exorcista entregó con este filme una de las mejores obras de una carrera llena de bandazos, con un detective protagonista (William Petersen) tan antipático como el Gene Hackman de Contra el imperio de la droga, pero con pelazo, un villano (otra vez Willem Dafoe) que impone mucho respeto y un guión de esos que no perdonan ni las sorpresas, ni los tiroteos, ni las venganzas asesinas. Además, la banda sonora tecnopop de los Wang Chung enamora, aunque suene más caducada que un yogur con el Naranjito en la tapa.

Masacre en Texas 2 (Tobe Hooper, 1986)

Pese a la traducción ‘creativa’ de su título, basta con ver el nombre del director para saber de lo que estamos hablando, ¿verdad? Pues sí: se trata de la segunda parte de La matanza de Texas, con Tobe Hooper dispuesto a jugarse el todo por el todo y con un Dennis Hopper (sí, otra vez él) tan desaforado que le da repelús hasta el mismísimo Caracuero. La primera entrega del serial ha pasado a la historia justamente, pero, pese a unas críticas que rayaron lo abismal, esta secuela riza su rizo y le da revoluciones a la motosierra dejándose de paisajismos, explicitando sus chistes macabros a costa de los EE UU fachas y palurdos (esos que, por entonces, votaban en masa a Ronald Reagan) y dándole matices a la familia de matarifes caníbales. Cuando inauguren por fin Vietnamlandia, nosotros seremos los primeros en la cola.

Critters (Stephen Herek, 1986)

Sí: es una exploitation cutre de Gremlins. ¿Pasa algo? Con todos los respetos, esta película se las apañó para convertirse en una joyita de lo chungo destilando los aspectos más cafres del original: aquí no hay ningún Gizmo que se gane nuestro corazón, ni tampoco detalles de costumbrismo agridulce para hacernos reflexionar. Sólo una piara de bichos peludos (y extraterrestres) más malos que la quina, decididos a roerle las partes nobles al género humano y a hacer aullar de solidaridad al público más quinceañero, gamberro y hambriento de palomitas. Critters 2, su secuela de 1988, refinó y aumentó la jugada, contando como guionista con David Twohy (Riddick).

Amazonas en la luna (VV AA, 1987)

¿Qué ocurre cuando Joe Dante, John Landis y unos cuantos amigotes se encuentran con tiempo libre, dinero para gastar y ganas de echarse unas risas? Pues que fichan a actores de solvencia probada y cierto tronío (Michelle Pfeiffer, Griffin Dunne, Joe Pantoliano) y le ponen las peras al cuarto a la televisión, aquel medio que (según decían) estaba a dos pasos de acabar con el cine gracias al vídeo doméstico y el apogeo de los canales por cable. Llena de momentos memorables (el hijo visible del hombre invisible, la verdad sobre Jack el Destripador, la playmate que pasa el día en pelota picada, B. B. King hablándonos de los “negros desalmados”)Amazonas en la luna es una delirante experiencia de zapping que te dejará la cabeza como un bombo. Pero para bien.

Alien Nación (Graham Baker, 1988)

Entre otras muchas cosas, los 80 son la década de las buddy movies con policías irreconciliables. Y eso mismo, irreconciliables, los maderos que interpretan aquí James Caan Mandy Patinkin lo son un rato, aunque sólo sea porque el primero es el clásico antihéroe inspirado por Harry, el sucio, y el segundo es un alienígena. Sabrosa mezcla de thriller y ciencia-ficción, esta película no está exenta de fallos, pero además de resultar muy original inspiró una serie (desgraciadamente efímera) que recogía sus logros y los amplificaba a base de detallismo. Si pensabas que todos los aliens de esta década eran, o bien ángeles spielbergianos o bien bichos xenomorfos, aquí tendrás un poderoso argumento en contra.

No matarás… al vecino (Joe Dante, 1989)

Efectivamente: esta es la segunda película de Joe Dante que se asoma a nuestro repaso. Y, créenos, se lo merece: si te gustó el sarcasmo con el que Gremlins abordaba la vida en una ciudad de provincias, entonces adorarás esta comedia destrozona con hechuras de terror, en la que un Tom Hanks pre-revalorización crítica (Philadelphia, recordemos, estaba a cuatro años vista) lo da todo como sufrido currante enfrentado a unos vecinos infernales con el siempre pirado Bruce Dern a la cabeza. Aunque no fuera un peliculón, que lo es, No matarás al vecino valdría su peso en palomitas por la manera en la que subvierte tópicos buenistas y facilones: a veces, los hijos de perra son, sencillamente, hijos de perra.

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